Mundoclasico.com :: Cuando los directores deciden tomar la palabra, acto segundo

Cuando los directores deciden tomar la palabra, acto segundo

Buenos Aires, 03.07.2008. Auditorio de Belgrano. Richard Strauss, Sinfonía Doméstica, opus 53, Cuatro Ultimas Canciones y Suite de ‘El Caballero de la Rosa’. Virginia Correa Dupuy, mezzosoprano. Orquesta Estable del Teatro Colón. Director: Franz-Paul Decker. Temporada 2008 del Teatro Colón. Concierto Homenaje a Franz-Paul Decker en su 85 cumpleaños

Carlos Singer

Una vieja y conocida frase, muy habitual entre los músicos, dice que “no hay buenas o malas orquestas, sino buenos o malos directores”. Escuchar en dos programas bien exigentes a la misma persona al frente de dos agrupaciones argentinas distintas en el plazo de pocos días me permite confirmar que ese dicho no es de aplicación universal. Quizás se puede emplear en el “primer mundo”, donde casi todas las orquestas profesionales ostentan un nivel de excelencia equiparable, pero no sucede por estos lares, en el que los conjuntos pueden llegar a tener notorias diferencias de calidad.
Los resultados que consiguió el veterano Franz-Paul Decker al frente de la Estable del Colón superaron holgadamente lo que una quincena atrás había obtenido en su concierto con la Filarmónica, al que me referí oportunamente en esta publicación (ver crítica). Debo consignar desde ya que fallas también existieron en esta velada -parece que, lamentablemente, lograr una ejecución impoluta es algo de momento fuera del alcance de las orquestas locales- pero fueron mínimas y no alcanzaron a empañar intervenciones pujantes y certeras.
Parece que el hablar desde el podio se está convirtiendo en una epidemia aquí en Buenos Aires. Barenboim, con su severo reproche “a responsables e irresponsables” de que el Colón aún estuviese en obras, abrió el fuego durante su concierto popular al frente de la Staatskapelle Berlin. Luego Carlos Vieu, el actual titular de la Estable del Colón, lo apoyó, a la vez que detallaba las malas condiciones de trabajo de los cuerpos del Teatro, en un concierto por mí comentado tiempo atrás (ver reseña). Ahora Decker los acaba de imitar, aunque en un tono simpático y divertido (se autodefinió como “loco”) para anunciar, utilizando el micrófono que le alcanzó un solista de viola, que había decidido alterar el orden del programa -el anunciado era exactamente inverso- y terminar con la brillante Suite, para “irnos a casa con el Vals. Alegros (sic)”
Así que el concierto se inició con lo que ciertamente era la obra de fondo, la imponente Sinfonía Doméstica, ese curioso hurgar de Richard Strauss en su propia vida hogareña y el discurrir de un día en compañía de su esposa e hijo. Proyecto para el que emplea una orquesta de enormes dimensiones (que incluye una rareza como el oboe d’amore) y con tremendos requerimientos: dos de las ocho trompas deben ascender a agudos inusitados y todas deben demostrar enorme agilidad, pero no le va en zaga lo que se les demanda a las restantes secciones, todas comprometidas.
La Estable hizo un buen trabajo, basado primordialmente en la excelencia con que fueron resueltos los abundantes solos, mientras en conjunto se pudo apreciar una sonoridad plena, densa y pastosa, que alcanzó gran brillo y poderío en el climax del ‘Finale’. Hubo cierto desajuste en la parte conclusiva de la enrevesada doble fuga así como algún accidente aislado y -sinceramente- no alcancé a oír las notas sobreagudas de las trompas de las que antes hablé, pero fueron detalles muy nimios dentro de una labor positiva y enjundiosa.

Franz-Paul Decker durante el concierto
Fotografía © 2008 by Arnaldo Colombaroli

Decker condujo la extensa partitura demostrando un total dominio de la misma, resaltando sus detalles más significativos, cuidando con gran esmero el balance entre grupos y permitiendo que se escucharan en forma clara los diversos temas y su evolución. Dosificó con mano segura el pulso rítmico así como los cambios de tiempo, logrando dar ilación lógica a una obra bastante compleja.
La segunda parte del programa se abrió con las Cuatro últimas canciones, para las que se contaba como solista a la mezzo Virginia Correa Dupuy. Debo aclarar que tenia ciertos reparos a que una voz media enfrentara estos lieder, compuestos específicamente por el músico muniqués para “voz aguda y orquesta”, pero este preconcepto desapareció de inmediato ante la calidez, saber decir y propiedad con el que la cantante tucumana encaró el crepuscular y tan particular clima de estas piezas. Fué la suya una labor muy meritoria, en la que exhibió excelente y segura afinación, alto grado de afinidad con el espíritu de las canciones a la vez que un color vocal sumamente interesante, sobre todo en los registros medio y grave. Sus agudos pierden algo de cuerpo, pero sorprendió la aparente facilidad con la que los resolvió. No es la de Correa Dupuy una voz de especial volumen, pero se la escuchó sin problemas, sobre todo porque Decker, con excelente criterio, evitó siempre sobrepasarla con la orquesta, cuya cuerda estaba convenientemente reducida.
Dentro de un resultado bastante parejo, me atrajo menos la labor de la cantante en ‘September’, que me pareció algo pálida, mientras el punto más alto fue ‘Im Abendrot’ (En el atardecer) resuelta con gran efusividad, en la que colaboraron firmemente Decker y sus subordinados, que mostraron una variada paleta sonora. Mención aparte para el buen trabajo de las violas, a cuyo cargo estuvo exponer -hacia el final de la última canción- la cita del tema de Muerte y Transfiguración.
Como cierre del concierto se pudo apreciar una vibrante y expansiva lectura de la Suite de la ópera El Caballero de la Rosa, donde el conjunto orquestal volvió a lucir su buen estado actual en todas sus filas. Decker la interpretó con gran libertad rítmica y abundante empleo del rubato, sobre todo en las secciones valseadas. Hubo intensidad y hondura en su parte media (donde se suceden el bellísimo ‘Trio’ y el subsecuente ‘Dúo’ del acto final) así como una estentórea explosión sonora en el algo burdo -aunque muy efectivo- trozo conclusivo, con el gran vals llevado a su máxima expresión.
El público, escaso por cierto al punto de no alcanzar a cubrir un tercio de la amplia sala- ovacionó fuerte y largamente al maestro Decker, presumiblemente no sólo por lo realizado en esta velada sino también por las numerosas oportunidades en que su arte dio lustre a las temporadas musicales porteñas. Luego de reiteradas salidas del director a escena y de hacer partícipe del aplauso a los instrumentistas, tanto por separado como en su totalidad, Decker decidió bisar el ya citado trozo conclusivo, cosa que hizo tras algunos jocosos cabildeos acerca del sitio de la partitura desde el que se debía retomar la ejecución.
A su finalización, volvieron a surgir las ovaciones, los bravos y el aplauso -por parte del público pero también, justo es señalarlo, por miembros de la propia orquesta- premiando la dilatada trayectoria del prestigioso director, de edad avanzada pero al que se ve absolutamente entero y en buena forma física sobre el podio.

Este texto fue publicado el 18.07.2008

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