lanacion.cl: Teatro Colón: una ópera fuera del escenario

La Nación (Chile) | Viernes 18 de junio de 2010
Teatro Colón: una ópera fuera del escenario
Por Robert Turnbull
Macri tomó el cierre del teatro como una oportunidad para limpiar la casa.
Como el mayor establecimiento cultural del país, el Colón era un ganso notoriamente excedido de peso.
Un poema argentino cuenta de un gaucho no sofisticado llamado “El Pollo” que cae en una opulenta producción de la ópera “Fausto” de Gounod en el Teatro Colón de Buenos Aires, pero a medida que su historia avanza va quedando en claro que ha confundido lo que ha visto en el escenario con la vida real. “El Fausto Criollo”, de Estanislao del Campo, es usado a menudo por los argentinos para ilustrar el orgullo que sus conciudadanos sienten por su sala de ópera nacional. Sin embargo, cuando el Colón ha vuelto a abrir con una temporada limitada después de ocho años de trastornos aparentemente interminables, incluyendo tres años de cierre completo, el sentimiento de muchos es más de ultraje que de afecto. Si “El Pollo” anduviera hoy por aquí, podría quedar desconcertado por la facilidad con que grandes sumas de su dinero en impuestos se han dilapidado o saqueado.

 Teatro Colón: una ópera fuera del escenario
Foto: EFE

El Colón por cierto merece atención. El teatro Belle Epoque de 2 mil 478 butacas ha sido comparado en esplendor al Palais Garnier de París. Aparte de su acústica excepcional, las áreas de escala y foyer son colosales, con pisos de mosaico, exquisitos herrajes y una cúpula octogonal de cristal. Entre sus rasgos únicos están diez palcos “escondidos” reservados para familias en duelo. El registro artístico del teatro no tiene rival en América del Sur. Toscanini, Strauss, Stravinsky, Nijinsky y Pavlova se presentaron en él. Allí María Callas cantó “Norma”, y décadas más tarde vinieron Pavarotti y Domingo, que por una sola velada cobraban hasta 30 mil dólares de la época.

CRISIS TRAS CRISIS
Por entonces, el dinero abundaba y Buenos Aires era la única capital sudamericana que gastaba cerca de 5% de su presupuesto en cultura. Pero con el crash económico de Argentina de 2001-2002, el presupuesto del Colón disminuyó en más de la mitad. El teatro decidió, sin embargo, seguir adelante con el equivalente de 25 millones de dólares en renovación, desde los asientos a la electricidad y los sistemas de aire acondicionado.

En 2009, estaba programada la reapertura de una temporada con la “Aída” de Verdi, la ópera con que el teatro fue inaugurado en 1908. Pero, como muchas otras cosas en la volátil Argentina, el proyecto deambuló de crisis en crisis, plagado de grandilocuencias, compadrazgo y mala administración económica. A medida que cambiaron los políticos que dirigen la ciudad, también cambiaron los altos administradores que nombran y las glamorosas temporadas que planificaban fueron desechadas.

El alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, elegido en 2007, culpó por las demoras a problemas no especificados de financiamiento y contratación (gran parte del trabajo de renovación se ha hecho sin contratos legítimos). Pero en lugar de investigar las irregularidades, Macri entregó el proyecto a la oficina de planificación urbana de la ciudad. Los suntuosos gastos se reiniciaron. Es probable que la cuenta final haya sido de al menos 60 millones de dólares. Un intento por mantener abiertas las puertas del Colón mediante la renovación por parte del teatro se hizo rápidamente imposible y las presentaciones programadas fueron trasladadas al inferior Teatro Coliseo.

Eso fue antes de que el nuevo director general nombrado por Macri, Horacio Sanguinetti, cancelara la temporada completa en 2008, sin ofrecer otro escenario alternativo. Sanguinetti, el locuaz compositor que había calificado a las administraciones previas de la ciudad como estalinistas, renunció poco después sin dar explicaciones públicas.

También fue despedido el principal ejecutivo, Martín Boschet, vilipendiado en la prensa por permitir que un miembro del grupo rock Ramones actuara en un teatro dentro de la casa de la ópera en un evento auspiciado por la ropa deportiva Converse. Pero Macri presionó, decidido a reabrir el Colón para la ópera, incluso a expensas de otras instituciones culturales.

REALIDAD LABORAL
Para muchos argentinos, Macri (un hombre de negocios y ex presidente del club de fútbol Boca Juniors, que fundó el derechista partido Compromiso con el Cambio en 2003) representa una clase más limpia de política comparada con los peronistas gobernantes. Sin embargo, sus críticos dicen que tiene pocas credenciales culturales y pocos conocimientos sobre la forma en que operan las salas de ópera. Macri ha llamado con frecuencia al Colón “un recurso invalorable”, pero es bien sabido que lo considera menos como un ecosistema integrado de artífices talentosos que como una guarida de intereses especiales, con algunos empleados que se han atrincherado, tanto ellos como sus familias, de por vida.

Una de sus primeras visitas a una ópera fue a una presentación de “Don Carlo” en La Scala de Milán en 2008. Impresionado por la reestructuración de esa casa operática, que dependía tanto del patrocinio privado como del estatal, Macri ayudó a la aprobación de una ley por la cual la ciudad paga los salarios del Colón, pero su cuenta completa de producción es pagada por los patrocinadores, a los que se dan incentivos tributarios. Al igual que La Scala, quiere que el teatro se convierta en una marca.

Macri tomó el cierre del teatro como una oportunidad para limpiar la casa. Como el mayor establecimiento cultural del país, el Colón era un ganso notoriamente excedido de peso. De 1.242 empleados en abril de 2009, muchos estaban inactivos. “La compañía tiene bailarines de 60 años de edad y miembros encanecidos del coro que viven en Madrid”, según dijo Sanguinetti en una entrevista. Muchos de los 400 empleos eliminados eran técnicos, mientras que los mayores de 65 años de la orquesta han sido obligados a iniciar trámites de jubilación. Diez departamentos del teatro, incluyendo administración, fotografía, audio y prensa, han sido disueltos.

La administración reconoció que un personal de 800 empleados pondrá límites en el repertorio o se traducirá en un regreso de empleados y ejecutantes bajo contratos privados. Enfrentada a la administración hay una contrariada y nerviosa fuerza de trabajo apoyada por un sindicato poderoso, la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). En Argentina, los funcionarios públicos no pueden ser despedidos. Unos 100 han sido transferidos a otros ministerios y los destinos de otros 300 están en el limbo. Un juez declaró ilegales esos traslados, pero el Colón se ha negado hasta ahora a reincorporar a los trabajadores.

DUDAS
Las dudas acerca de la gestión del teatro se acrecentaron con el nombramiento de Pablo Pedro García Caffi como sucesor de Sanguinetti (…) Sus detractores sienten que sus esfuerzos privatizadores son a expensas de una adecuada política artística y social. Pablo Bardin, columnista del The Buenos Aires Herald, dijo que “70% del espacio disponible para producción técnica desaparecerá” para dar espacio “a áreas VIP para patrocinadores corporativos o a cualquiera dispuesto a pagar”. García Caffi insiste en que la idea es alinear la producción: “La idea es realizar una conversión general de las líneas de producción del teatro”. Una magnífica tradición de creación escénica en un estilo único será reemplazada por “unidades que puedan ser descargadas y ensambladas con relativa facilidad y menos trabajo”, según Bardin.

Si “El Pollo” pudiera hoy caer en el Colón, se le podría perdonar por pensar que el melodrama que ha presenciado es real: como lo demuestra la situación del Teatro Colón de Buenos Aires, la ópera suele ser menos retorcida y sorprendente que los dramas que ocurren fuera del escenario.
* HERALD TRIBUNE, DERECHOS EXCLUSIVOS PARA LA NACIÓN
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