El arte de la reticencia – lanacion.com

ADN Cultura Sábado 21 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa 
Música / András Schiff
El arte de la reticencia
La interpretación sobria y el repertorio clásico y romántico son el sello del pianista húngaro, que se presentará en el Colón el martes y el jueves próximos
Por Pablo Gianera – De la Redacción de LA NACION
La condición habitualmente solitaria de quien toca el piano propicia que surja en los intérpretes de ese instrumento una singularidad que puede ser proporcional a sus méritos. Para poner dos ejemplos: la reclusión de Glenn Gould y las extravagancias de Friedrich Gulda coinciden en su condición excepcional.
Pero hay otros pianistas inclinados más bien a la invisibilidad personal; como si casi todo lo que se vincula con ellos fuera secreto, menos su arte. Probablemente, haya también entre esos extremos dos ideas de la interpretación parejamente legítimas: una en la que el pianista se retrata a sí mismo con la mediación de la obra, y otra que se funda en que lo revelado sea la partitura. El húngaro András Schiff pertenece a esta última especie. Allí podría convivir con Charles Rosen o, mejor, con Alfred Brendel, retirado de los escenarios en 2008. Como él, nació y estudió en Europa Central, y cómo él eligió asimismo Inglaterra como residencia permanente.

Su formación estuvo vinculada tanto a su país natal como al anfitrión: a las clases iniciales con Elisabeth Vadasz, Pál Kadosa, György Kurtág siguieron los cursos con el director y clavecinista George Malcolm, decisivos para su comprensión del barroco. Con Brendel, Schiff comparte, además de un enfoque sobrio, un poco intelectual aunque jamás abstracto, una zona de su repertorio que se mantiene dentro de los límites clásicos y románticos (Mozart, Beethoven, Robert Schumann, Franz Schubert), con alguna escapada a Domenico Scarlatti y varias escapadas hacia Johann Sebastian Bach, incluso como director de La Pasión según San Mateo . El siglo XX, en cambio, se limita para él a Leos Janácek y Béla Bartók; la Segunda Escuela de Viena, y especialmente la obra de Arnold Schönberg, constituyen ya un límite infranqueable.

Schiff es, incluso en algo tan exterior como la gestualidad, todo lo contrario del virtuoso heroico. Su originalidad no reside sólo en la sabia dosificación de erudición y lucidez sino, sencillamente, en que orienta la pasión más a la música que toca que a él mismo tocándola. Sin embargo, la reticencia no impidió que Schiff tuviera acciones públicas contundentes, como esa ocasión, a principios de 2000, en las que se negó a actuar en la embajada de Austria en Washington en rechazo al ascenso al poder del ultraderechista Jörg Haider. Esa mezcla de reserva personal (a Schiff no le gustan las multitudes) y de audacia se proyecta sobre el tratamiento de su restringido, pero a la vez inagotable, repertorio. Nada apocado hay en sus versiones de las sonatas de Franz Schubert ni en sus lecturas rítmicamente apasionantes de El clave bien temperado y de las Partitas de Johann Sebastian Bach. Más allá del minucioso trabajo filológico con los manuscritos de las partituras, sus interpretaciones no se rigen por un simple principio de fidelidad que renuncia, indiferente, al compromiso de realizar algo original con lo escrito.

El pianista recorre el texto con una atención casi obsesiva, y esa cercanía con lo escrito autoriza una lectura personal que explora cada ángulo de la partitura. No hay en Schiff historicismo ni voluntad arqueológica. Ya en 1992, en las notas que escribió para la edición del ciclo completo de las sonatas de Schubert para el sello Decca, el pianista anotaba: "Afortunadamente, las sonatas de Schubert no han sido descubiertas por los especialistas que tocan réplicas de fortepianos Graf". No había provocación (la reticencia excluye la provocación aunque habilita la ironía); por el contrario, Schiff, como suele decirse, predicaba con el ejemplo. Esa integral fue grabada en un piano moderno, y más precisamente en un Bösendorfer Imperial, aun a contrapelo de quienes podrían haber favorecido la elección de rigor del Steinway.

No es muy diferente lo que sucede con Beethoven. Su versión de la Sonata op. 27 n°2 (que el pianista se niega terminantemente a designar con el nombre popular y un poco kitsch de "Claro de luna") no podría ser más respetuosa y a la vez más reveladora de la tensión entre la rigidez de la forma sonata y la libertad de la fantasía. En su próxima presentación en el Teatro Colón, Schiff tocará, además de esa obra, la Sonata op. 53, "Waldstein" , de Beethoven, y dos obras de Schumann: la Sonata n ° 1 op. 11 y la Fantasía en do mayor op. 17 . "Por supuesto -dice en el booklet para la edición integral de las sonatas de Beethoven en el sello ECM-, no alcanza simplemente con respetar el texto: es todavía más importante revelar el carácter, tanto de la obra en su totalidad como de los matices de sus movimientos y secciones". El concierto en el Colón justamente extiende esa idea, más allá de la obra, a todo un repertorio cuyas piezas están separadas por apenas unos pocos años. Pero sólo quienes conocen, como Schiff, la intimidad de cada obra pueden justificar el diseño exterior de un período y, a la vez, insinuar el destino de ese período.
© LA NACION
EN BUENOS AIRES. András Schiff se presentará en el Abono Bicentenario del Teatro Colón el martes 24, a las 20.30. El 26, también a las 20.30, tocará el Concierto para piano n° 5, de Beethoven, con la Filarmónica de Buenos Aires.
El arte de la reticencia
Schiff: profundidad y fidelidad a la obra Foto: DPA/AFP
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