Verdi y la perfección como destino – 12.04.2012 – lanacion.com

La Nación | Jueves 12 de abril de 2012 | Publicado en edición impresa
Opinión clásica
Verdi y la perfección como destino
Por Pola Suárez Urtubey | LA NACION
Desde mañana y hasta el viernes 4 de mayo se respirará en Buenos Aires un "aire" verdiano. Buenos Aires Lírica pondrá, en la escena del Avenida, Rigoletto , mientras que a partir del domingo 22 el Colón iniciará su serie de funciones dedicadas a La forza del destino .
Pero, ¿es que existe un "aire" verdiano? El mundo de Verdi es un firmamento vivo, bien plantado sobre la realidad de los hechos y los sentimientos humanos, sin desviación hacia lo abstracto y lo impersonal. Esto parece ser indiscutible. Es el cosmos de un creador que, habiendo nacido campesino, arribó a los niveles más encumbrados de la intelectualidad, sin titubeos ni retóricas consideraciones. Pero es también el de un músico que buscó penetrar en los pliegues interiores de los conflictos psicológicos de sus personajes, tanto como en el ser de su propio pueblo, con atenta conciencia de artista.

Cuando entre 1850 y 1851 aborda Verdi la realización de Rigoletto , el músico juzgó, en relación con la obra elegida, Le roi s’amuse , que se trataba quizás del más grande drama de los tiempos modernos. La pieza de Hugo que conmovía a París en 1832 por la ferocidad de sus ataques político-sociales a un rey cruel y libertino y por la exaltación de un deforme bufón, era sentida por el músico como una tragedia digna de Shakespeare. Y con esa convicción entregó a la escena lírica una obra trazada con genial economía escénico-musical, pero con tan violentos escorzos dramáticos que surge de allí una creación a menudo demoníaca.

Habría de transcurrir una década para que comenzara a tejerse la historia de La forza del destino que tuvo a San Petersburgo como cuna imperial. Es cierto que, aun viajando desde París en tren, tanto el músico como su mujer y dos personas de servicio, debieron soportar temperaturas de 33 grados bajo cero. Y ello, apenas aliviados por la compañía de 120 botellas de vinos de Burdeos y 20 de champagne, además de arroz, macarrones, queso y salame. Pero todo arribó a buen final a pesar de que el estreno debió postergarse, lo que ocasionó un segundo viaje. Así se llegó al 10 de noviembre de 1862, en que fue recibida en estas playas, mientras cuatro años después el viejo Teatro Colón la daba a conocer en Buenos Aires.

En el nuevo se la representó a partir de 1921, donde conoció instantes de gloria dirigida por Previtali, con régie de Poettgen y escenografía de Walter. Un terceto que la condujo en las temporadas 1960 y 61, para completarse en 1972 con tres grandes en la escena: Domingo, Arroyo y Mastromei. La verdadera "forza" de aquel año había de ser la perfección, la musicalidad llevada a la cima del Himalaya. A partir de la semana próxima, el nombre del gran Verdi volverá a sacudirnos emocionalmente (¡y así lo esperamos!) en esta breve temporada lírica del Colón de 2012..

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