Clarín | Una magistral realización

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Una magistral realización
Crítica. Edipo La ópera de George Enescu por la Fura dels Baus, en impecable estreno local.
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30.05.2012 | Por Federico Monjeau fmonjeau@clarin.com
La ópera Edipo del rumano George Enescu se estrenó en París en 1936, y luego desapareció del repertorio. Su suerte no es del todo comprensible; lo cierto es que a la obra le pasó lo mismo que al autor: quedó en un limbo.
Esta oportuna co-producción del Colón con las Operas de Bruselas, París y Barcelona, acerca al público local una obra maestra, de belleza musical e intensidad teatral poco comunes. El libreto de Edmond Fleg se basa en las dos tragedias de Sófocles: Edipo rey y Edipo en Colono ; esta última proporciona a la ópera un epílogo piadoso, como también una postulación más general en pro del individuo (que incluso lo lleva a Fleg a reformular estratégicamente la pregunta de la Esfinge).

Desde su irrupción en los ‘90 con La Atlántida de Falla y La condenación de Fausto de Berlioz, la Fura dels Baus se ha convertido en una atractiva alternativa en el universo de la representación operística. Ya se había tenido aquí una muestra de eso el año pasado, con el El gran macabro de Ligeti (musicalmente fallida por la huelga de la orquesta). Lo de la Fura fue bastante impresionante, pero una vez más dio la sensación de que se trataba sobre todo de una puesta en escena de sí misma, de una gran exhibición de destrezas.

Aquí no ocurre nada de eso; tal vez el cambio obedezca a la evolución teatral del grupo, o bien a la naturaleza de la ópera de Enescu y de una tragedia sin mayores aderezos. No hay dispositivos espectaculares. La única máquina es un vetusto avión de la Luftwaffe, que representa a la Esfinge en verdadero hallazgo plástico. El foco está puesto sobre el coro, que al comienzo de la ópera aparece dispuesto en una estructura frontal de cuatro gradas. En cierta forma es un coro duplicado, ya que detrás de los cantantes hay otro centenar de estatuas de terracota, a la manera de cuatro grandes frisos. Hay una sobreimpresión nonócroma, de inquietante ambigüedad y profundo dramatismo. Y vaciadas de coreutas esas mismas gradas no resultan menos inquietantes, como cuando Layos y Yocasta deciden en estremecedora soledad el destino del recién nacido. Pero nada de la escena sería lo que es sin la magistral iluminación de Peter van Praet.

La parte musical no se queda atrás. El barítono Andrew Schroeder (Edipo) no tiene una voz muy poderosa, pero es musical y expresivamente impecable. Completan el sólido reparto Esa Ruuttunen (Tiresias), Robert Bork (Creonte), Enrique Folger (Layo), Natasha Petrinsky (Yocasta), Gustavo López Manzitti (Pastor), Fabián Veloz (Gran Sacerdote), Lucas Debevec (Centinela) y Guadapule Barrientos (Esfinge), entre otros. El trabajo de los Coros (Estable y de Niños) es musicalmente impecable y teatralmente riguroso. El director Ira Levin se mueve a sus anchas en el oscuro impresionismo de Enescu y obtiene un alto rendimiento de la Orquesta Estable.

Duplicado El coro, gran protagonista, delante de un centenar de estatuas.
Duplicado El coro, gran protagonista, delante de un centenar de estatuas.
Una magistral realización

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