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Edipo en el Colón
Por:  José María Poirier
Del poeta trágico ateniense Sófocles (496–406 a.C.) llegaron a nosotros sólo siete de sus numerosas tragedias; entre ellas, las dos que se ocupan de Edipo (rey y en Colono). El compositor rumano George Enescu (1881–1955) compuso una extraordinaria “tragedia lírica” en cuatro actos que fue estrenada en la Ópera de París en la década del ’30, en el período de entreguerras. En estos días se presenta por primera vez en la Argentina, en el Teatro Colón de Buenos Aires. La espectacular puesta está a cargo del grupo vanguardista catalán “La fura dels Baus” y la coproducción es con el Teatro Real La Monnaie de Bruselas, el Gran Teatrre del Liceu de Barcelona y la Ópera Nacional de París.

Se trata de una obra deslumbrante en la serena narración del mito de Edipo: primero el anuncio de las desgracias, luego su nacimiento en Tebas y el posterior abandono en un bosque, la adolescencia en Corinto siempre en una corte, el oráculo de Delfos, el deambular hasta que asesina sin saber a su padre en un camino, la victoria sobre la Esfinge, el reinado en Tebas, el matrimonio con su madre Yocasta, los hijos…  y después el terrible descubrimiento de la verdad, la ceguera y el abandono, el acompañamiento piadosa de la noble hija Antígona, hasta el final en Colono con la lluvia purificadora y el luminoso ingreso en el Hades.
La composición musical le llevó a su autor largos años y puede decirse que fue la obra de toda una vida. La puesta actual es de una deslumbrante osadía que nunca altera, sin embargo, la fidelidad a la obra y, lo que más cuenta, la tensión increíble de las tragedias griegas. Acaso allí resida su impresionante actualidad y la natural posibilidad de adaptarse a circunstancias, épocas y modas tan disímiles. Pueden aparecer aviones, conflictos postindustriales, sesiones de psicoanálisis… y nunca abandonamos el desarrollo del mito.
Las voces, los coros y la orquesta cumplen con conmovedora solvencia sus respectivas tareas. El color ocre de la escenografía y de los personajes, siempre embarrados y entre humo, para transmitir la imagen de la tierra y del polvo de Tebas, lucen como arquitecturas y estampas maravillosas.
Ante el inevitable destino al que los dioses griegos solían condenar arbitrariamente a los hombres, el Edipo de Enescu no sólo acepta con extraordinaria entereza sus desgracias sino que toma las riendas de su vida y se purifica hasta alcanzar el misterio del más allá.

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