El público del Colón que no miramos – Notio

Notio | Cultura
El público del Colón que no miramos
por Hernán Cortés desde | 21.06.12
En su libro “El fanático de la ópera. Etnografía de una pasión”, el sociólogo Claudio Benzecry investiga a aquellos amantes del género que no se visten de frac.
Que es para gente fina. Que es cara. Que a los jóvenes no les interesa. Como pocas disciplinas artísticas, la ópera ofrece una serie de preconceptos que quedan grabados a fuego en el imaginario social. Y el teatro Colón, con sus lujos y ostentaciones, es el epicentro de aquellas creencias en Argentina. Pero, si bien es cierto que hay un público de abonados cercano a una elite, existe también una audiencia que profesa un incondicional amor por la ópera, ajena a las veladas de gala. Se trata de gente que paga las ubicaciones más baratas y soporta estoicamente de pie las tres o cuatro horas que dure la función, actividad que pueden llegar a repetir mas de una vez por semana. Al sector que ocupan se lo denomina oficialmente paraíso porque es el mas alto de todos, pero no hay quien no lo llame “gallinero”. Son mayormente de clase media, solitarios muchos de ellos, y con vastos conocimientos encima.

Proveniente de una familia de músicos y doctor en Sociología por la Universidad de Nueva York, Claudio Benzecry echa luz sobre estos personajes anónimos e intenta explicar ese amor genuino más allá de las clases sociales en su libro “El fanático de la ópera. Etnografía de una pasión”, editado recientemente por Siglo XXI Editores. A mitad de camino entre el ensayo sociológico y la crónica periodística, Benzecry detalla el apogeo y la decadencia del teatro Colón, con sus tiempos de esplendor y la desidia de las últimas administraciones, alternando con historias de vida de estos fundamentalistas del género. Notio dialogó con el autor, que derribó más de un mito sobre la ópera y su público.

– Tu primer contacto con la ópera fue a través de tu padre, que fue músico. Ahí, según contás, no veías un público acaudalado. Luego, cuando estudiaste a Bourdieu, te influyó la idea de que la alta cultura está relacionada con las elites. Pero, finalmente, cuando hiciste la investigación volviste a ver que había un público que distaba de ser lujoso. ¿Cómo fue ese proceso?

– Uno puede constatar que hay tres Colones. Obviamente, existe una elite, un público de buena familia. Existe también otro publico, una clase media en ascenso que quiere imitar las conductas de la elite, que a su vez aprende nuevas conductas para no sean imitadas. Y hay también una tercera pata, que es particular del público de Buenos Aires, que son más plebeyos y tienen una idea más propia de lo que encuentra ahí. Esos tres espacios están geográficamente aislados entre sí, cada uno con sus propios códigos. Lo de la clase reaparece de otra manera, porque no importa qué hacés vos o que aprendés con la opera, pero sí importa una que sea una experiencia no conseguible en el resto de la sociedad. De trascendencia, de estar cuatro horas aislado en un espacio particular, y está atado a un tipo de fantasía de lujo. La clase aparece ahí, pero como relacionada con vivir una experiencia única en un lugar único, no por convertirse en alguien de clase alta.

– Da la sensación que ese público, quizás por estar ubicado arriba de todo, es invisible.

– También en términos de investigación son invisibles. No hay registro escrito de quienes fueron al paraíso, a la tertulia de pie o a la galería. El Colón tiene un registro de sus abonados históricos, no de la gente que va de vez en cuando. Como investigador, me pregunté: ¿Cómo sigo a esta gente? Capaz que alguno te muestra una entrada vieja, pero si iba a ver los registros de abonados de ese año, esa persona no aparece. Además, casi todos los testimonios que tenés son indirectos. Si vas a la literatura de principio del 20, tenés testimonios de Cambaceres o Del Campo, o de revistas culturales de esa época, donde siempre hay una especie de insulto a los de arriba: que son los que no saben, que son la masa, que son lo oscuro. Pero no encontrás los testimonios de qué pensaba esa gente sobre la opera. No hay escondido un diario de un operómano analfabeto italiano escribiendo qué le pasaba con la ópera. Entonces, el desafío como investigador es compartir una sociabilidad en tiempo presente con esta gente y así poderlos seguir.

– De esos tres públicos que distinguís, ¿hiciste hincapié en el que ocupa el paraíso porque te resulto más interesante que los otros?

– Además de interesante, se dio también la posibilidad de desarrollar un trabajo más intensivo. Si yo hubiese querido hacer una comparación, primero que tendría que haber conseguido plata para la investigación, ya que siempre pagaba las entradas. Al circuito off me dejaban entrar gratis, pero al Colón no. Al haber tantos cambios en la administración de la Ciudad, las autoridades del teatro también cambiaban, y si hacía un contacto, al año siguiente esa persona no trabajaba más. Y se dio también que cuando fui arriba se impuso con peso propio el tema del amor por la ópera y qué significa. La gente que entrevisté también tenía su abono, pero no podés tener cuatro o cinco abonos, entonces si querés repetir, no te queda otra que ir arriba. Lo gracioso es que estando arriba hablan mal de la gente que está abajo (risas).

– ¿Pasa como en el fútbol, donde se supone que el que va a la tribuna es mas apasionado y el que va a la platea es mas “amargo”?

– Acá hay una cuestión del refinamiento de la identidad del individuo, que se da en dos niveles: uno en contra del otro y otro con el otro. Lo loco es que también hay gente que viaja a Europa y se gasta una fortuna solo para ir a ver ópera, y comparte costumbres con ese otro público, como ir a conferencias o tomar clases. El amor es el mismo pero las pruebas son distintas. En vez de ir cuatro veces por semana al Colón, pagan cinco mil dólares para ver ópera. Son como pruebas olímpicas que tienen que hacer para demostrar ese amor. Pero, como decís vos, arriba se oponen a ese tipo de público para sentirse en el punto medio entre conocimiento y pasión.

– Por lo que contás en el libro, se trata en su mayoría de personas solitarias y que en algunos casos ocultan esa pasión a otra gente. ¿Por qué creés que se repliegan de esa manera?

– La sociología, en general, piensa en una relación uno a uno. Vos tenés determinado tipo de gente, ciertos productos culturales y cierta etiqueta para el consumo de esos productos. Y acá me pareció que eso se desarmaba, porque en realidad no es la ópera lo que los desacredita, sino el hecho de que vayan tres o cuatro veces por semana. Para otra gente estarían locos. Pero ellos buscan integrar a gente que tenga un tipo de sensibilidad similar. Pueden invitar a alguien o si ven que a uno que no habían visto antes, tratan de asegurarse que de disfrute la ópera como se tenga que disfrutar.

– Hay como una militancia, ¿no?

– Hay proselitismo, claro. Pero es una vez que ven que te picó el bichito, ahí van a tratar de convencerte que es la mejor experiencia que vas a tener en la vida. Claro que también no comen vidrio y saben que hay un montón de gente afuera que no le interesa la ópera y menos ir cuatro veces por semana. Pero si te ven ahí adentro, te van a venir a preguntar qué te pareció tal estreno, por ejemplo. Es lo que les pasa también a ellos: se trata de un amor a primera vista y hacen lo posible por mantenerlo. Vos no te podés sorprender treinta veces en la vida. Te sorprendiste la primera. Entonces, te pueden explicar que es lo importante de lo que viste, que diferencia hay entre una voz y otra, y cosas así, para que vayas cultivando aquello que te sorprendió de entrada.

– ¿Especializarse tanto en algo no los termina aislando de la gente, digamos, común?

– En parte, sí. Ahí se da un proceso doble. Para ellos ser quien mas auténticamente son implica volver a la ópera. Es el lugar donde se pueden pensar a sí mismos como realmente son. Hay un paralelo con la especialización y un corte con otra forma de sociabilidad, y una vuelta al lugar donde podés interactuar con gente que comparte los mismos códigos.

– De las personas que entrevistaste, ¿alguno te sorprendió por su fanatismo?

– No, porque el chiste era comprobar que todos estamos algo locos. Ahí lo que empezás a mirar es, mas allá de la sorpresa inicial, en qué se parece esta gente a mí y a la que se apasiona por otras cosas. Es parte del trabajo de campo. Al principio, vas y pensás que estás en una tribu perdida, y después hay momentos que lo domésticas y lo asumís como otras formas de la pasión y del amor. A mi me parecía muy fuerte que el único camino de salida sea que esto se explica por la clase o que la pasión no se puede explicar. Sí se puede explicar. El desafío era qué podía decir un sociólogo acerca de la pasión: qué supone para la autoidentificación o que supone para lo que uno cree que es. La sociología generalmente denuncia. Pero para mí lo interesante era ver porque una persona iba a la ópera tres o cuatro veces por semana. Había, obvio, un corte fuerte, pero tampoco eran locos o irracionales.

– ¿Este amor se puede dar también con otras disciplinas artísticas?

– Con el jazz se da mucho, con esas formas de conocimiento y porque no está muy extendido en la población. También porque supone esa búsqueda de tesoros perdidos. De todas maneras, la comparación te permite ver lo único en la ópera. Por ejemplo, con la música instrumental se sustrae el cuerpo de la escena, todos los músicos están vestidos de smoking. Con el rock también se diferencia, porque ahí la gracia es disolverte en tu tribu o comunidad. En cambio, en la ópera hay una escucha romántica donde la relación es uno a uno, por más que estés rodeado de gente.

– Volviendo al fútbol, sigue habiendo similitudes.

– En el fútbol te podés comer un partido que es un bodrio insoportable, pero la semana que viene el tipo va a seguir yendo. Me acuerdo de una puesta de Rossini, en la que hubo alguien al que ví tres veces gritar: “¡Devuelvan al verdadero Rossini!” Me hizo acordar a los tipos que van tres veces por semana al entrenamiento de Racing a putear a los jugadores. Hay una forma de apropiación del producto. Los hinchas dicen: “Somos nosotros”. Y una de las primeras cosas que aprendí de ir al paraíso es que, al mismo tiempo que hay una orquesta estable, también hay una audiencia estable. Muchos de los reclamos en tiempos de crisis del teatro o cambios administrativos eran que ellos son los verdaderos dueños de Colón. Los artistas serían los invitados.

– ¿Hay un reconocimiento hacia ese público por parte de los artistas?

– Sí, no solo de los artistas, sino también de los productores del circuito off, que se nutrió de esta gente. Los artistas saben que la gente de arriba es la que te puede aplaudir a rabiar, pero también la que te puede chiflar.

“El fanático de la ópera. Etnografía de una pasión”, de Claudio Benzecry (Siglo XXI Editores).

Fanáticos de la Ópera

En su libro “El fanático de la ópera. Etnografía de una pasión”, el sociólogo Claudio Benzecry investiga a aquellos amantes del género que no se visten de frac.

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