Los adoradores de la voz | Diario La Prensa

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LA LIRICA Y SUS DIFERENTES SEGUIDORES EN UN ENSAYO DE CLAUDIO E. BENZECRY
Los adoradores de la voz
24.06.2012 | "El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión", enfoca la pasión por el drama musical de distintos sectores sociales. El libro, editado por Siglo XXI, obtuvo recién el premio Mary Douglas de la Asociación Americana de Sociología.
El mundo fascinante de los amantes de la ópera es develado en un ensayo escrito por Claudio E. Benzecry, especialista en sociología de la cultura, que irrumpe en ese universo cerrado para neófitos y logra acceder a un grupo diverso pero unido por una pasión incondicional y absoluta por este género.
El libro "El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión", recién publicado por Siglo XXI, ofrece un detallado relato de quienes abrazan con fervor una pasión experimentada por el público que ocupa los pisos altos del teatro Colón (la tertulia y el paraíso).

Claudio E. Benzecry es graduado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Sociología por la Universidad de Nueva York. Actualmente es profesor de Sociología en la Universidad de Connecticut (Estados Unidos).

TEATROS PARALELOS

En esta entrevista el investigador menciona algunos datos clave para entender esa búsqueda de lo trascendente fuera de lo cotidiano que emprenden los fanáticos de la ópera.

– ¿Se trata de un fenómeno difícil de encuadrar?

– Las formas de comportarse como fanático en la búsqueda de trascendencia uno lo puede encontrar en otras prácticas. Lo que es muy particular en el Colón es que la historia constituye una especie de contexto muy especial para fomentar este tipo de apego, inexistente en otros lugares.

– En el libro se habla de públicos diferentes…

– Hay como tres teatros paralelos en el Colón: el de élite, excluyente, ese de Mujica Lainez, digamos, y las historias de las grandes familias; está el civilizatorio -la gente que quería imitar los comportamiento de la élite-, pero también el espacio para un público plebeyo debido a la cantidad de entradas de parado. El Colón tiene tres entradas -cuyas fotografías figuran en el libro- una para cada público que comparten un espacio dividido en el que la gente no se mezcla. Y se da una relación de asociación y oposición a los otros públicos.

– La investigación habrá requerido un trabajo de campo.

– Sí, una sumersión en el mundo de los fanáticos que implicó la visita reiterada no sólo del Colón, sino de otros escenarios menores, que crecieron en visibilidad en la medida que el teatro fue perdiendo su carácter insular y único.

En el momento de crisis del Colón, mucha de la gente que conocí que ahora tiene entre treinta y cinco y cuarenta y cinco empezó a ir con la idea de que el Colón era bellísimo, un refugio, donde a partir del 2001 entró el afuera con varios conflictos -algo rechazado por los fanáticos- y que ya no ofrecía las figuras internacionales de antaño.

IMPACTO DE SORPRESA

De la mano del circuito paralelo se creó un público y una demanda sostenida por medio de programas sobre el género. Desde la transmisión de lo que pasaba hacía tres horas en el Roma de Avellaneda a cuando la soprano santafesina Virginia Tola cantó en Dresde y todo un archivo de reproducción del pasado que siempre tuvo y tiene mucha incidencia en el enganche de la gente.

– ¿Cómo explica el amor del fanático de la ópera?

– No tiene una explicación racional, son experiencias retrospectivas que viví a partir de preguntarles a los entrevistados cuál era la primera memoria que tenían de la ópera.

Lo que es una constante, es la idea de un primer impacto de sorpresa, marcado por los entrevistados. Había un salto cualitativo la primera vez que iban al teatro, algunos escuchaban ópera en sus casas, pero nada era igual a la sorpresa de ir y escucharla de manera directa. Una experiencia fuertísima de inmersión, con casi cuatro horas en un lugar parados. Ahí empieza el enamoramiento y surge una movilización para formar parte del grupo, cómo hacer para degustar más y mejor de la ópera.

Hay un sistema interno jerárquico, en el cual la gente no se permite hablar hasta tener una voz autorizada para decir algo. Y en este proceso formativo para ingresar a ese círculo hay cursos, diálogos con los fanáticos, compras de discos, DVD, viajes.

La sociología aparece en un punto porque toda esa red de sociabilidad sirve para darle formato a esa sorpresa, apego y movilización inicial.

En las tres horas y media que dura una ópera no todas las partes son conducentes al tipo de placer que ellos buscan, también está eso de pasar todo un tiempo para tres o cuatro momentos de movilización física, emocional, intelectual. No es decir "me voy a poner un disco en mi casa con las tres arias que me gustan y a otra cosa". Hay esa cosa de espera de degustación, de ir aguantando para el clímax, un trabajo de disciplina y autocontrol.

– ¿Qué puntos en común encontró entre los fanáticos?

– La mayoría proviene de la pampa gringa, muchas personas, hijas de pequeños comerciantes del primer cordón industrial, familias de Avellaneda, de Lanús y también del oeste de la Capital (Flores, Floresta, Devoto). De Bahía Blanca hasta Tres Arroyos pasando por Arrecifes o los pueblos judíos de Entre Ríos.

– Al referirse a los fanáticos, menciona al heroico, el adicto, el peregrino y el nostalgioso.

– El peregrino es el fanático menos demandante, porque la palabra presupone ir a un lugar, a otro, y genera una especie de horizontalidad con los que están alrededor de uno. Todo lo que pasa afuera se disuelve. El héroe tiene un apego de más de cuarenta años de historia en la ópera. Quiere demostrar que sobresale pero necesita una audiencia que le reconozca determinado tipo de valor.

El adicto está en serie con el peregrino porque como éste busca una especie de disolución un poco mas cortoplacista, individual y tiene que ver con cuáles son los fragmentos precisos que a ellos los conducen a esos estados de trascendencia. Y el nostálgico no va unido a la melancolía, trabaja por revivir el primer amor. Se trata de un sujeto que cambia en la permanencia.

PASADO MUSICAL

– El mundo de la ópera ¿mira siempre hacia el pasado?

– Sí, los años setenta se perciben como un período de oro de la música clásica y de la ópera en particular, pero en la fantasía hay dos o tres períodos relacionados con lo cosmopolita e internacional y qué significa esto para la Argentina moderna y civilizada.

La última gestión que cubrí en el libro, la de Marcelo Lombardero -entre 2005 y 2007-, había elegido privilegiar un muy buen teatro con una muy buena compañía nacional y de vez en cuando tener buenos solistas; el modelo de ahora apunta más a hacer un Colón más internacional, pero como la plata no está es una versión más despareja. Se ha reducido muchísimo la brecha entre las entradas más caras y las más baratas, lo que restringe el acceso a mucha gente.

– La ópera, dice, es una actividad cultural que incide sobre el fanático, lo transforma. ¿Cómo es esto?

– Es un apego que tiene que ver con la formación de un sentido de sí mismo y con la existencia de un espacio particular para poder serlo. Hay un paso inicial del que llega a la puerta del Colón pero luego viene de qué manera se hacen cargo de eso, algo que se convierte en central en la definición de quiénes son.

UNA DISTINCION

"El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión" de Claudio Benzecry fue distinguido con el premio Mary Douglas como el mejor libro en la disciplina "Sociología de la Cultura", que entrega la Asociación Americana de Sociología (ASA).

El Jurado de ASA destacó la "calidad de investigación, análisis y escritura, y la importancia de su contribución a la sociología de la cultura" del trabajo.

Asimismo el dictamen resaltó "la calidad humana, la belleza de la escritura, y lo brillante, complejo y sostenido del argumento".

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