Orquesta Filarmónica de Buenos Aires – 15.07.2012 – lanacion.com

La Nación | Domingo 15 de julio de 2012 | Publicado en edición impresa
Clásica / En el Colón
Orquesta Filarmónica de Buenos Aires
El fantástico violinista ruso Ilia Gringolts brilló con un repertorio que fue del siglo XXI al impresionismo de principios del siglo pasado
Por Pablo Kohan | Para LA NACION
Curioso, riesgoso y atractivo, el último concierto de la Filarmónica de Buenos Aires avanzó, cronológicamente y en sentido inverso, desde el siglo XXI hasta el impresionismo de comienzos del siglo pasado. Con todo, el momento más sorprendente y destacado no fue el provisto por cualquiera de las cuatro obras -devenidas en tres, por decisión de Enrique Arturo Diemecke- sino por la presencia del fantástico violinista ruso Ilia Gringolts. Tan sólo por haber tenido la oportunidad de poder verlo y escucharlo, el público debería haber colmado las instalaciones del Colón. La performance de Gringolts fue una de esas experiencias que la memoria reserva para los grandes momentos de la historia musical y que atesora en el desván imaginario de los grandes recuerdos. Pero un estreno de un compositor argentino, siempre rodeado, injustificadamente, de las peores sospechas, y un concierto para violín de un distinguidísimo creador soviético muy poco conocido por nuestras pampas más que un imán lo suficientemente seductor obraron, quizás, en sentido contrario. Y Debussy, aún con sus dos obras orquestales más notables, no convocó a la multitud que hubiera sido de desear.

…de atardeceres, de Claudio Alsuyet, es el final de un tríptico sinfónico concebido, muy poéticamente, por alrededor de diferentes instantes y diferentes luces. La obra es atractiva, sugerente y ofrece una serie de imágenes y colores plasmadas sobre la base de una muy buena orquestación. Con un discurso afín a cualquiera de los múltiples y cada vez más atrapantes caminos del neorromanticismo no vanguardista, ?de atardeceres capturó la atención y proveyó suficientes intereses y encantos como para ser coronado con largos aplausos. Hay que destacar, además, que para ese resultado fue imprescindible la tarea de Diemecke que, según su muy artística costumbre, no se limitó a armar la pieza sino que la dirigió buscando las mejores aristas de la obra.

Miaskovsky podría haber sido el más notable compositor soviético si en su tiempo no hubieran estado Prokofiev y Shostakovich. Así de sencillo. Ajustado a las imposiciones del realismo socialista, compuso un sinfín de sinfonías y música de cámara mayormente muy bien escritas, basadas en las formas tradicionales, con pocos riesgos armónicos y siempre trabajadas dentro de la célebre tonalidad ampliada, a veces, muy poco ampliada. Y entre ellas, habita un único concierto para violín y orquesta, escrito para el muy joven David Oistrach, en 1938. Pero si quien lo toca es Ilia Gringolts pues debería, obligatoriamente, transformarse en una obra de repertorio. Desde la apertura, con una larguísima frase interpretada en la cuarta cuerda, Gringolts, con un sonido denso y oscuro y con una afinación endiablamente perfecta, envolvió al público y lo llevó a la estratósfera, espléndido lugar del cual no hubo necesidad ni posibilidades de descender. Musical y técnicamente admirable, este violinista, que anda por sus treinta, maravilló con toques pasionales, delicados, furiosos y siempre muy expresivos. En lo estrictamente técnico, el rondó final, tradicional por donde se lo mire, le permitió mostrarse de manera esplendorosa. Fuera de programa, en la misma tesitura de lucimiento, tocó el Capricho Nº16 de Paganini. Brillante, impactante, musical, inolvidable.

En la segunda parte, Diemecke decidió fundir en una sola obra de seis movimientos continuados, Nocturnos -con la participación del correcto Coro Femenino de San Justo- y El mar , las dos obras sinfónicas más trascendentes del impresionismo debussyano. La decisión puede ser objetable por no respetar la unicidad de cada una de las creaciones o puede aceptarse porque hay demasiadas confluencias discursivas y estéticas. En última instancia, fue una determinación artística novedosa y que es lícita, sobre todo, si quien la toma es un director que se merece todos los créditos. Sin embargo, y más allá de un armado impecable, Diemecke optó por presentar un Debussy más potente y firme que sutil y simbolista. Con un apego algo rígido a las marcaciones métricas y unos fortissimi un tanto ajenos a las astucias y los destellos inherentes a estas dos composiciones, hubo algunos estruendos que acercaron a Debussy al terreno de Richard Strauss. Con todo, y vale la pena rescatarlo una vez más, la partitura gozó de una lectura precisa, ajustadísima y que contó con la gran colaboración de los diferentes solistas de la Filarmónica.

La conjura de los tres violinistas

Es mentira que lo que abunda no daña. Y si no daña, al menos duele. El jueves, a la misma hora, los amantes de la música y, en particular, del violín, deben haber maldecido a las brujas que, a pura coincidencia, se conjuraron para obligarlos a tener que decidir adónde ir. En el Colón, estaba Ilia Gringolts haciendo el concierto para violín y orquesta de Miaskovsky. A pocas cuadras, en el Coliseo, con Nelson Goerner, Boris Brovtsyn, también ruso, le ponía vida a sonatas de Beethoven, Prokofiev y Franck. Más al Norte, en el Templo Amijai, Shlomo Mintz, israelí pero también nacido en Rusia, interpretaba los veinticuatro caprichos para violín de Paganini. Hace varias décadas, ya ni recordamos referido a qué producto, el célebre "Ratón" Ayala decía que en Europa no se conseguía. Si fuera por tres violinistas de esta envergadura, ni en Europa ni en ninguna ciudad del planeta. Sólo en Buenos Aires.


Orquesta y solista, bajo la dirección de Enrique Arturo Diemecke. Foto: Teatro Colón

Orquesta filarmónica de Buenos Aires / Director: Enrique Arturo Diemecke / Solista: Ilia Gringolts, violÍn. / Programa: Claudio Alsuyet: de atardeceres; Nicolai Miaskovsky: Concierto para violín y orquesta en re menor, Op.44; Debussy: Nocturnos y el mar / Sala: Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno
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