Adiós a los espejitos de colores – 16.11.2012 – lanacion.com

La Nación | Viernes 16 de noviembre de 2012 | Publicado en edición impresa
Crónicas de la selva
Adiós a los espejitos de colores
Una leyenda del teatro francés hipnotizó, casi en secreto, a un auditorio en Buenos Aires y una gran diva del canto volvió al teatro donde, sin saberlo, se predijo su fama
Por Hugo Beccacece | Para LA NACION
Las falsas razones. La actuación del actor y director francés Patrice Chéreau en el monólogo El gran inquisidor, de Fedor Dostoievski, demostró que el miedo de los dramaturgos y los intérpretes argentinos a que el público se aburra o se distraiga en las obras de teatro que privilegian la palabra sobre la expresión corporal y los múltiples estímulos audiovisuales tiene sólo dos motivos válidos: el público se distrae o se aburre cuando los textos no se saben decir o no son buenos.

Chéreau se presentó en el Centro Cultural San Martín, más precisamente en la incómoda Sala AB del subsuelo. Él y Dostoievski pudieron contra todos los inconvenientes. La concurrencia se acomodó -es un decir- sobre las gradas, cuya dureza estaba mitigada por un delgado almohadón, casi una lámina. No había respaldo. En el mejor de los casos (si uno se atrevía), el respaldo, pero también el límite, eran las rodillas del espectador de la grada superior. Las propias rodillas se ofrecían como sostén del espectador de la grada inferior. El texto de Dostoievski, tomado de la novela Los hermanos Karamazov , fue leído y actuado, páginas en mano, por Chéreau. Nada de lo que se decía era sencillo ni banal; por el contrario, requería una atención constante porque de continuo se argumentaba sobre Jesús, el poder de la Iglesia aliada con Satanás, el peso de la libertad y el alivio de someterse a la autoridad de turno a cambio de comida.

Extraño milagro: casi no hubo celulares que se abrieran e iluminaran los rostros de los vecinos con su diabólico resplandor plateado. Todos estaban pendientes de la voz de Chéreau y del subtitulado (dificultad agregada, y no menor). En el escenario, no había otra cosa para mirar que una mesa y una silla. El actor se sentaba a veces encima de la mesa, a veces en la silla, y la mayor parte del tiempo se desplazaba de un extremo al otro de la escena. Ese despojamiento absoluto contribuía a resaltar el dramatismo del relato. No hubo necesidad de espejitos de colores porque, a la vista, había un diamante: lo que en joyería se llama un solitario.

Veinte años después . Apenas terminó el recital de la soprano Renée Fleming, a la que el público del Teatro Colón premió con una ovación de las reservadas para las grandes ocasiones, un hombre se apresuró a salir por uno de los pasillos de la sala hacia los camarines: Sergio Renán. La premura estaba justificada. Fleming actuó por primera vez en la Argentina en 1991, en una puesta de Las bodas de Figaro, en la que interpretaba a la Condesa. La mise en scène era de Renán que, en esos años, también era director del Colón. La cantante llegó a Buenos Aires como reemplazo de otra artista. En ese entonces, todavía no había alcanzado el lugar que hoy ocupa en el mundo de la lírica. Cuando se presentó al primer ensayo, su voz resultaba una incógnita, porque las grabaciones disponibles no permitían formarse una idea precisa de lo que podía dar en una sala como la de la calle Libertad; en cambio, se habían visto fotografías de una mujer joven de belleza deslumbrante: ése era su principal punto a favor. Sus colegas argentinos y el puestista esperaban con curiosidad que ella empezara a cantar. Cuando lo hizo, todos los presentes se miraron entre ellos. El "reemplazo" era netamente superior a la primera elección. Se trataba de una artista de primera calidad, pero aún no reconocida. Buenos Aires tuvo la primicia. Fleming debutaría unos meses después de modo consagratorio en el Met de Nueva York.

La noche del pasado sábado, hubo testigos del reencuentro en camarines de la soprano y de su director. Fleming recibió a Renán con una sonrisa y le dijo: "Nunca he tenido un régisseur tan buen mozo". Él le respondió: "El tiempo ha pasado". Y ella agregó: " You are always wonderful ". Lo tomó por la cintura y le dio un abrazo. El director de La tregua se convirtió en el hombre más envidiado del camarín que, a esas alturas, se había llenado de admiradores de Fleming.

El espectáculo Kings of the Dance , que se presentó en el teatro Coliseo, reunió a cinco de las principales estrellas masculinas de la danza internacional. Como aclaró Néstor Tirri en su crítica del martes, forman un grupo que tiene casi el carácter de una compañía. Sus integrantes son Marcelo Gomes, Leonid Sarafanov, Denis Marvienko, Ivan Vasiliev y Guillaume Côté. No se trata de un elenco estable porque los nombres de los bailarines no son siempre los mismos, pero tampoco están unidos por el azar del show business . Bailan solos, en dúos, cuartetos y en un quinteto. Las coreografías no buscan meramente los efectos espectaculares. Quizás el hecho curioso es que esa galaxia de astros se haya formado con un criterio de género: nada más que hombres. En ese sentido, estos reyes del baile tuvieron un antecedente estadounidense curioso y de mucho prestigio: Ted Shawn and His Male Dancers; por cierto, en esa compañía sólo había una estrella: Shawn, el coreógrafo y bailarín (1891-1972).

Shawn se formó junto a quien sería su esposa , Ruth St. Denis. La pareja se casó en 1914 y los dos fundaron la Denishawn School de Los Ángeles, una escuela de danza en la que tuvieron como alumnos, entre otros, a Martha Graham. En 1929, el matrimonio se separó. Ted se retiró a su granja, Jacob’s Pillow, en medio de los bosques de Massachusetts; creó su propia escuela y compañía integrada únicamente por hombres y animada por un espíritu comunitario y casi místico. Shawn quería desterrar de los escenarios la imagen del bailarín afeminado; para eso hizo coreografías atléticas que destacaban los movimientos varoniles y en las que recreaba motivos campesinos. En sus bailes, aparecían cowboys , pieles rojas y granjeros, a veces completamente desnudos. En Internet, se pueden encontrar fotografías de los grupos de hombres en poses estatuarias. Varios de los miembros de la compañía de Shawn eran homosexuales y el mismo Ted tuvo una relación amorosa con el bailarín Barton Mumaw desde 1931 hasta 1948. Entre las creaciones más perdurables de Shawn está la escuela de Jacob’s Pillow, que dio origen a uno de los festivales de danza contemporánea más importantes de Estados Unidos en la actualidad.

Patrice Chéreau

Foto: LA NACION 
El actor-director leyó y representó impecablemente un texto tomado de Los hermanos Karamazov

Renée Fleming

  Foto: LA NACION 
La soprano estadounidense tuvo un emotivo reencuentro en camarines con su primer director porteño

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