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“Evité el riesgo de que se notara el deterioro”
Por Sissi Ciosescu / Especial para Mujer
Tras 19 años como Primera bailarina del Teatro Colón, en setiembre pasado, Silvina Perillo (45) se despidió de la danza. Una decisión en la Plenitud de su carrera.
25/10/13 En el mundo del ballet, las grandes estrellas dejan el escenario mientras siguen brillando o resisten hasta que una luz interior se prende en señal de alarma. Nada más subjetivo -y a veces doloroso- que decir “Basta, hasta aquí llegué”. Formados en la disciplina y el sacrificio, buscando la perfección técnica y artística, los bailarines se entrenan para poder, poder siempre y cada vez más. Desde el principio, una mosca en la oreja les zumba el imperativo “Tú puedes” y la mayoría se propone metas que alcanza con lágrimas y sudor. En el camino, las vallas se sortean poniendo el cuerpo y el alma. Cada bailarín siente -o presiente- si llegó el momento de la retirada.

Para Silvina Perillo (45) ex primera bailarina del Teatro Colón, el número estaba puesto. Sería a los 45 años: “Desde que entré al Colón supe que sería a esa edad, porque con esta profesión estás muy expuesta; no es lo mismo estar en la fila del cuerpo de baile, donde se zafa un poco más, que estar ahí adelante. Podría haber seguido bailando unos años más, pero siempre quise retirarme dignamente. Que no se viese la decadencia, el deterioro físico. A nivel profesional -soy autoexigente y perfeccionista- mis maestros me dieron una técnica muy sólida, entonces nunca -al menos eso creo- me falló nada en escena, siempre fui muy segura. A mi edad, aunque domino todavía la técnica, no quise arriesgarme a trastabillar. Me debo al público al que siempre quise darle lo mejor. Además, hay que dejarles espacio a las nuevas generaciones.” “No todos lo hacen”
En charla con Mujer, Silvina abre su corazón mientras cierra el telón de su carrera. Su función de despedida –apenas el pasado 8 de septiembre- la colmó de sentimientos encontrados. Sintió emoción y alegría; pero su felicidad se entremezcló con la tristeza que veía en sus compañeros. “Fue hermoso cerrar una etapa con un broche de oro como bailar Don Quijote; sentí que la performance había salido perfecta”. La decisión de colgar las puntas fue tomada después de mucho pensarla; dice que extrañará el aplauso y el reconocimiento pero para nada la exigencia de un en dehors (abrir los talones en ángulo de 136º) o de un arabesque … Es mucho esfuerzo y con la edad se hace más mayor.

“Seguir bailando era arriesgarse a que se notara el deterioro. Además, yo no integro una compañía como el Royal Ballet o la de la Ópera de París, donde la trayectoria sí es valorada. Entonces no me puedo dar el lujo de ir y hablar con la directora actual y decirle “Quiero bailar esto o aquello”. No puedo elegir como sí ocurre en otras compañías, donde te permiten seleccionar tu repertorio. Lo que hice fue comunicarle mi decisión hace 3 años y por eso pedí una función de despedida. No todos los bailarines lo hacen”.

Ahora Silvina está en la etapa de disfrutar del ballet desde la platea. “Pienso ir a ver bailar a mis compañeros, viajar con mi marido -no tuvimos hijos por elección-, disfrutar de mi casa, leer, recuperar una vida sin las presiones a las que me sometí desde que empecé. En un futuro mediato me gustaría perfeccionar a primeros bailarines para volcar en ellos lo que mis maestros me dieron. No lo haría con niños, por ahora”.

Aunque se haya retirado, Silvina continuará percibiendo su sueldo como empleada del Gobierno de la Ciudad. Su cargo es el de bailarina solista estable. Pero para jubilarse, debe esperar a cumplir los 60. Resulta ilógico. Y aunque prefiere no hablar del tema, desliza que “en 1992 derogaron las jubilaciones de privilegio y también las nuestras, que no son de privilegio: teníamos que cumplir 20 años de servicio y 40 años de edad. Pero no sé qué pasó y la caja donde aportábamos anualmente desapareció. La mitad de la compañía está atada todavía al teatro, en disponibilidad”.

Un 7 de agosto
“¡El día de San Cayetano -en 1975- ingresé al estudio de los maestros Wasil Tupin y Mercedes Serrano! ¡Cómo olvidarme de esa fecha! A partir de ese momento, un fotógrafo que contrató mi abuela registró cada aniversario. Tengo tomas de cada uno de los 16 años mientras transcurría mi formación”.

Silvina tenía 3 años y ya bailaba por toda la casa. Su mamá, que estudiaba piano con la concertista Pía Sebastiani, le consultó a su profesora sobre dónde mandar a la niña que soñaba con bailar. La respuesta que obtuvo fue clara y firme: “Si realmente le gusta, que vaya al Colón. No la pongas en una escuela de barrio”.

Del secundario al instituto
Y así fue. Mamá se presentó en la portería del teatro y la atendió el Señor Montenegro, que en ese momento era un emblema de la institución. “Justo ahí baja el mejor profesor con el que puede asesorarse”, le dijo. Era justo el maestro Tupin que daba clases en el Instituto. En ese momento tenía 7 años. Fue difícil, me costaba mucho ir al colegio a la mañana y asistir a las clases de danza a la tarde. Vivía lejos, viajaba en colectivo durante una hora… Cuando entré a la compañía dejé las clases particulares pero se redobló el ritmo. Terminé el secundario pero me quedaron un par de materias. Ahora, tal vez, las rinda. ¡Voy a tener tiempo y nunca es tarde!” Y sigue: “Para hacer esta carrera hay que tener carácter fuerte lo que no significa ser soberbia. Tenés que estar firme en tus convicciones porque es un ambiente competitivo. Yo no tuve malas experiencias, como eso de que te pongan cosas adentro de las zapatillas. Me llevé bien con la mayoría de mis compañeros; soy alegre y frontal. Mi maestro Tupin me preparó mentalmente para ser bailarina, para llegar y estar en el lugar que tuve. No es fácil; se abre el telón y miles de personas te miran a vos sola. Cuando una baila, muestra su personalidad además de estar representando un rol. Tenés que estar muy bien plantada y saber muy bien quién sos: ni sobrevalorarte ni pensar que sos menos… Bien plantada para recibir tanto honores como críticas, aún las destructivas. Todo sirve. Saber de qué lado vienen y quién te juzga es más importante que el juicio en sí. Saber escuchar es algo que también me enseñaron mis maestros. En esta profesión tenés un espejo. ¡O muchos! Al mirarte, es cuestión de entender que hay mejores y peores que una”.

Todo tiene un principio
Aún sin maquillaje, Silvina Perillo tiene cara de “muñeca”. Es una mujer madura, pero se reconoce como “un poco chiquilina”. Sin embargo, cuando reflexiona despliega sensatez. Sonríe y habla con una frescura que desmiente el arquetipo de la diva. Amé y amo mi profesión, siempre la sentí como una parte importante de mi vida, pero siempre supe que no es toda mi vida. Toda etapa tiene un final y no tiene que ser inexorablemente triste. Puede ser el principio de otra etapa. También todo tiene un principio. ¡Ya estoy viviéndo esa etapa, la de la nueva Silvina! Me redescubro escuchando mucha música porque toda me encanta. ¡Mientras limpio pongo a Sandro y canto con él; puedo escuchar reggaeton, Romeo Santos o Rajmámninov! Dicen que a todo final le corresponde un nuevo comienzo. Entender esto es, para mí, gozar de salud mental”.

En la cumbre. Silvina Perillo en plena función de despedida, en el Teatro Colón.

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