Página/12 :: La partitura es la tela

Página/12 :: Martes, 5 de noviembre de 2013
MUSICA › ROTHKO CHAPEL, DE MORTON FELDMAN
La partitura es la tela
Mariano Moruja, director del coro Grupo Vocal de Difusión, conducirá hoy esta obra, en la Sala Casacuberta del San Martín, como parte del ciclo de conciertos de música contemporánea.
Por Diego Fischerman
Es posible que uno de los secretos de la pintura de Mark Rothko sea lo que sucede entre un color y otro. Esa gradación casi infinita del misterio que Elaine de Kooning comparó con el “cielo antes de un huracán”. Algo que está, sin duda, entre las palabras y más allá de ellas. Otros pintores inspiraron a otros músicos –notoriamente Viktor Hartmann a Modest Mussorgsky–, pero difícilmente exista un caso en que la inquietud y la tensión de una obra plástica encuentre una traducción más ajustada que en los particulares cuadros de una exposición conpuestos por Morton Feldman: Rothko Chapel.

Inspirada en los 14 paneles, que recorren los infinitos matices del negro, que Rothko pintó en una capilla octogonal en Houston, Texas, esta obra escrita para soprano, contralto, coro mixto e instrumentos, fue comisionada por John y Dominique Ménil, los mismos que construyeron la capilla, quienes le encargaron a Rothko las pinturas y la bautizaron como “Rothko Chapel” en 1971, un año después del suicidio del pintor –que, incidentalmente, también inspiró a Peter Gabriel su canción “Fourteen Black Paintings”–. “La nueva pintura me hizo desear un mundo sonoro, más directo, más inmediato, más físico que todo lo que existía anteriormente. Para mí, mi partitura es mi tela, mi espacio. Lo que intento es sensibilizar esta zona, este espacio-tiempo”, decía Feldman. “El plantea una crisis total en la forma de escuchar”, reflexiona Mariano Moruja, director del coro Grupo Vocal de Difusión (GVD) que conducirá esta obra, hoy a las 20 en la Sala Casacuberta del San Martín y como parte del ciclo de conciertos de música contemporánea de ese teatro que comenzó el viernes pasado con un extraordinario concierto producido por el Teatro Colón. Allí, la Orquesta Estable de esa sala, conducida por el genial Tito Cecherini, dio una lección de poesía sonora con La muerte de Borromini, de Salvatore Sciarrino y con el compositor como notable narrador.

“Lo que pone en cuestión la música de Feldman –continúa Moruja– es la expectativa. Lo que uno supone que volverá a escuchar, el período en que esa reposición de material sucederá. Y eso, aquí, es crítico. Porque ese tiempo puede ser larguísimo. O porque lo que se espera no sucederá nunca. Y, además, falta el tema. Esta es una obra vocal y sin tema, eso es alucinante. Y para todo el mundo. Para el que escucha pero también para quien canta. Para la formación de un cantante la cuestión del sentido de lo que se canta resulta esencial. Se han pasado horas de estudio, ya desde el conservatorio, pensando en lo que dicen las palabras, en el trabajo con el texto, en cómo hacerse cargo de ese sentido. Y acá el texto no existe. Es decir, hay un metatexto, pero no hay palabras. Podría pensarse que es una obra que, en ese sentido, rechaza la interpretación: es como si pidiera la mera producción de sonidos. Sonidos puros. Lo único que queda en esta obra de los parámetros habituales con los que uno se mueve son los matices.” Feldman decía: “Me interesa la dimensión global de Rothko, que anula el concepto de las relaciones entre proporciones. No es la forma lo que permite a la pintura de emerger; el descubrimiento de Rothko ha sido el de definir una dimensión global que sostiene los elementos en equilibrio… Soy el único que compone de esta manera, como Rothko: en el fondo se trata solamente de mantener esta tensión, o este estado, a la vez helado y en vibración.” Moruja y su coro ya fueron protagonistas de la interpretación de esta composición en 2004, cuando la hicieron en este mismo ciclo y, también, con la participación del excelente violista irlandés Garth Knox (él había sido parte del estreno en Buenos Aires, por su parte, dos años antes). En esta tercera encarnación porteña estarán además Silvia Dabul en piano y celesta, y los percusionistas Martín Diez y Fabián Keoroglanian.

Moruja es uno de los que más regularmente ha colaborado con este ciclo, a lo largo de sus hasta ahora diecisiete ediciones. Y esa participación no es casual, si se piensa en la trayectoria y continuidad de su coro y en el riesgo de los programas que aborda de manera usual. Y como prueba baste el otro concierto que el GVD dará este mes, el próximo sábado 16, a las 20.30, en la Usina del Arte (Pedro de Mendoza y Caffarena), en donde interpretará la Missa para coro mixto y doble quinteto de vientos que Igor Stravinsky estrenó en 1948 y otras obras de música sacra para coro, de James McMillan, Eric Withacre, Krzysztof Penderecki y Francis Poulenc. El coro existe desde 1982 –lo fundó Ariel Alonso–, Moruja lo conduce desde 1988 y una de las razones de esa continuidad es, según él, “nuestra manera de trabajar; los integrantes se interesan, sobre todo, en el tipo de cosas que hacemos y en cómo las trabajamos”. Y volviendo a Feldman, y a su escucha, dice: “En otras músicas de los últimos cien años hay novedades tímbricas, cuestiones de matices, organizaciones diferentes de las de la tradición anterior. Pero aquí se trata de otra cosa. Es mucho más radical. Se necesita de otra disposición, de otra idea acerca del tiempo y, en particular, del tiempo musical.”


Mariano Moruja apuesta al riesgo estético y conceptual.
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