Clarín | La gran ópera invisible

Clarín | Espectáculos
La gran ópera invisible
18.11.2013  Por Federico Monjeau
La ansiada ópera invisible de Luigi Nono llegó al Teatro Colón de Buenos Aires. Lo que parecía impensable, terminó por revelarse apropiadísimo. Nono habrá pensado su ópera a contramano del teatro a la italiana, pero nada más perfecto para la representación de Prometeo que un gran teatro a la italiana como el Colón, sólo que alterando la economía de la relación público-intérpretes; vedados al oyente, los palcos se reservaron para los distintos grupos orquestales y vocales, además del coro y la orquesta del escenario; el público ocupó únicamente las plateas.

Con esta disposición espacializada Nono buscó rescatar el estilo coral del barroco veneciano, aunque tal vez Prometeo guarde con el Barroco otro lazo no menos significativo: la forma de la representación alegórica. Sus textos -una especie de historia del mundo que arranca con la teogonía y progresa bajo la guía poético-ideológica de las Tesis de filosofía de la historía de W. Benjamin- se superponen en una alegoría opaca, auditivamente impenetrable, a ser descifrada en todo caso por la eternidad. La obra constituye una grandiosa paradoja. Si uno decide que Prometeo no es una ópera, pulveriza su potencial crítico e histórico; si uno le pide el tipo de comprensión conceptual que supone la experiencia de la ópera, no se dejará envolver por el puro argumento del sonido, entre lo más hermoso y sutil de todo lo que se haya escrito alguna vez.

El principio de base es el silencio. No hay tutti , y si los textos efectivamente son incomprensibles (salvo palabras aisladas), por el contrario los sonidos se “comprenden” con toda claridad. Todo se desarrolla en un tiempo más bien lento; todos los hechos sonoros tienen su cuerpo, su espesor. Un poco antes de la mitad de la obra (desde el Canto del Destino de Hölderlin, segunda parte de Isla II), los materiales musicales comienzan a abandonar su estado fragmentario y a organizarse en formas más extensas y continuas, hasta llegar a un conmovedor finale que termina por disolverse en la nada. Esta ópera sin escena no carece de suspenso.

La ejecución fue admirable.

Prometeo es una obra de increíble orfebrería. Las partes individuales son relativamente simples, lo complicado es la coordinación del conjunto y el procesamiento electrónico del sonido en tiempo real. Hubo un director principal y un segundo director en el escenario; respectivamente, Baldur Brönnimann y Lucas Urdamplilleta (nuestro notable pianista se reveló además un finísimo conductor), mientras que André Richard y otros tres músicos del Estudio de SWR operaron las consolas desde el centro de la platea. Además de la impecable actuación del Coro Diapasón Sur que dirige Mariano Moruja, la parte orquestal intercaló músicos locales con solistas de la London Sinfonietta. Mención aparte merece el formidable quinteto integrado por las sopranos Mercedes García Blesa y Ana Santortelli, las mezzos María Florencia Machado y Verónica Canaves, y el tenor Santiago Ballerini.

 

Batutas Urdampilleta (al centro) y Brönnimann, brillantes actuaciones.

Batutas Urdampilleta (al centro) y Brönnimann, brillantes actuaciones.
La gran ópera invisible

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s