Gina Lotufo, una voz ecuatoriana que canta desde la lejana Argentina

El Comercio (Ecuador)
Gina Lotufo, una voz ecuatoriana que canta desde la lejana Argentina
Diego Ortiz. Redactor Domingo 24/11/2013
De los ancianos se dice que fácilmente pierden el hilo de los hechos; que su memoria, por los millares de recuerdos que guarda, empieza a desvanecerse sin que ellos se den cuenta siquiera. Pero en Gina Lotufo cualquier idea como esta no logra sostenerse. A sus 80 y tantos años, ella aún recuerda vivamente la brisa del mar golpeando su rostro infantil. Al cerrar sus ojos, dice mira a la niña que vivía entre su natal Guayaquil y la Posorja de sus abuelos. Sin embargo, no logra escuchar aquel sonido que producen las olas al golpear contra la arena. ¡Cómo hacerlo si unos metros más abajo de su departamento una ambulancia arremete con un estridente sonido! Así son los días en Buenos Aires, la ciudad de la furia en la que todo sucede deprisa, inclusive aquellos momentos dedicados exclusivamente para que una soprano ecuatoriana hable de su pasado.

En el Gran Buenos Aires de los Conti, De Luca, Rizzo o Ferreti, Lotufo parece perderse en la inmensidad de la comunidad italo-argentina. Y aunque parte de la historia de sus antepasados esté relacionada con el sur de Italia, ella nunca ha renunciado a su nacionalidad ecuatoriana. Si bien ella se forjó sola en las calles y teatros porteños, siente que fue gracias a ese primer impulso que le ofreció su país por el que salió a descubrir todo el potencial que guardaba en sus cuerdas vocales.

La historia de Gina Lotufo, como cantante lírica, inicia propiamente cerca de sus 15 años. Para esa época, ella había pasado varias horas junto a la radio escuchando ópera. No fue sino porque en la casa del frente una mujer comenzó a cantarla en vivo cuando la curiosidad la invadió por completo. Una sorpresa: el maestro Angelo Negri era quien dirigía las clases de canto de la vecina de Lotufo. No bastaron sino unas cuantas lecciones para que el reconocido músico la adoptase como una más dentro de su círculo de estudiantes. Unos años más tarde llegaría su gran momento en el escenario.

El 15 de diciembre de 1947, el Teatro 9 de Octubre, en Guayaquil, anunciaba una gala lírica con todos aquellos a quienes el maestro Negri había educado en los últimos años. Entre las debutantes se encontraba Gina Lotufo, de 17 años. En esa noche ella iba a interpretar la Cavalleria Rusticana, un melodrama escrito por Targioni-Tozzetti y Guido Menasci, con música de Pietro Mascagni. Orquesta lista. Cantantes preparados. La batuta del maestro comienza a diseccionar el espacio frente a él. No pasaron sino unos cuantos minutos, y con toda la emoción de ver a un nuevo grupo de intérpretes, cuando Negri cayó muerto en plena dirección. Tras la salida del cuerpo, Carlos Zevallos Menéndez, entonces presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas, anunció a Lotufo que ella había sido becada. En la noche del desconsuelo, la alumna fue premiada con un viaje de estudio al Conservatorio Nacional de Música de Argentina. Un año más tarde, tras terminar el colegio, salió del país.

El territorio nuevo resultó hostil para la jovencita de 18 años que en casa tenía todas las comodidades posibles. Mucho más si es un Buenos Aires lleno inmigrantes que huían del horror de la guerra que había asolado Europa. Debía sobrevivir con más o menos USD 60 mensuales, dinero que se repartía entre el pago de la pensión en la que vivía, educación, alimentación y transporte. Ideas como comprar un paquete de galletas y té para el desayuno eran útiles en el momento de ahorrar dinero para cualquier emergencia.

Al recordar estos primeros años en Argentina, Lotufo suelta una sonrisa. Lo que la alegraba, cuenta, era que estaba estudiando canto. Pero un giro inesperado acontecería unos años después: su país no mandaba el dinero para mantenerla. Cinco meses de atraso en la pensión obligó a su familia a tomar la decisión de vender una casa para que Gina continúe con sus estudios. No reniega del todo por esto ya que, inconscientemente, le ayudó a tomar una decisión más trascendental: no regresar a Ecuador y conquistar los escenarios argentinos.

Destacada estudiante, su record académico y la belleza de su voz fueron dos elementos clave que le permitieron el ingreso al Instituto Superior del Teatro Colón. Cuenta que su participación en una pequeña obra de teatro le permitió pisar el escenario del Colón hacia 1954. ¿Miedo a este imponente espacio, uno de los más destacados de América? «Nunca. Para mí lo anormal era no estar sobre el escenario», cuenta. Este tipo de actuaciones, secundarias en su inicio, la llevaron años más tarde a formar parte del coro estable del Teatro Colón, siendo la primera ecuatoriana en lograr tal distinción.

A mediados de 1950, Lotufo aceptó la propuesta de interpretar a Charlotte, personaje de la ópera Werther. A pesar de desconocer la pronunciación francesa, su participación en el Teatro Argentino de La Plata obtuvo gran acogida entre los críticos locales. De ahí en adelante fueron llegando otros papeles en escenarios de Bogotá, Bruselas, Londres, y otros. De Ecuador, alguna invitación llegó desde Guayaquil en los sesenta. En Quito nunca pudo cantar porque al llegar a la ciudad su cuerpo fue incapaz de resistir la altura. Todos estos viajes los tiene registrados en un álbum en el que guarda tanto fotos como recortes de periódicos. A ojo de buen cubero, este tomo tiene más de 100 páginas.

En los años 70 conoció al gran amor de su vida, José Bragato. Destacado violonchelista italo-argentino, alcanzó el reconocimiento por ser arreglista de varias piezas de Astor Piazzolla, así como por formar parte del cuerpo musical del Teatro Colón.

Cerca de la barrera de los 100 años, el maestro Bragato todavía recuerda cómo la piel se le erizaba cada vez que escuchaba el canto de Gina. «Ella me ponía nervioso», dice en un rincón del departamento en el que vive con la cantante. Llevan juntos 40 años.

Tras el golpe de Estado de marzo de 1976 en Argentina, Lotufo y Bragato decidieron mudarse a Brasil, a la ciudad de Natal. Este lugar, más que la mismísima Buenos Aires que la lanzó a la fama, tiene un lugar especial en el corazón de Lotufo. Solo aquí, cerca del mar, logró revivir parte de su infancia en un Ecuador al cual no ha visitado en varios lustros, y del que pisa su suelo cada vez que va a la embajada ecuatoriana en Argentina a renovar su pasaporte.

Hace aproximadamente 15 años volvió a Buenos Aires. Bragato, como buen amigo de Piazzolla, era requerido en la ciudad porteña para continuar su trabajo como arreglista. Lotufo también era solicitada para trabajos sobre las tablas. Pero ella, a diferencia de su marido, optó por dejarlo todo luego de haber perdido el si bemol. Ahora asegura que no canta. Si lo hace, a veces por pura nostalgia, es casi en silencio en el interior de su departamento.

Doblemente lejos (de su país y de los escenarios), lo que Gina hace en la actualidad es escuchar todo aquello que compone su esposo. Si antes, en sus años mozos, pasaba ocho horas al día ensayando su canto, hoy dedica ese mismo tiempo a la vida musical de Bragato. En cada espacio de la casa resuena el tango y la ópera. Cuando no, las fotografías que adornan el lugar rememoran aquellos momentos en el escenario cuando ella cantaba y él tocaba alguna pieza para un público entre el cual, con suerte, estaría algún ecuatoriano.

Las frases
«¿La actuación o el canto? ¡Qué se yo cuál fue ganando mayor espacio en mi vida como artista!»
«Tengo mi pasaporte como ecuatoriana. Nunca he renunciado a mi país porque lo recuerdo con mucho cariño»

Desde Buenos Aires. La cantante vive cerca del centro de la capital argentina. Diego Ortiz / EL COMERCIO
Desde Buenos Aires. La cantante vive cerca del centro de la capital argentina. Diego Ortiz / EL COMERCIO

Gina Lotufo, una voz ecuatoriana que canta desde la lejana Argentina

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