En el nombre de Richard Strauss – 24.03.2014 – lanacion.com

lanacion.com | Espectáculos | Lunes 24 de marzo de 2014 | Publicado en edición impresa
Clásica
En el nombre de Richard Strauss
Por Pablo Kohan | Para LA NACION
Si la semana anterior, en la apertura del ciclo 2014 de la Filarmónica de Buenos Aires, la luz y el gran momento llegaron de la mano de Karin Lechner, en este segundo concierto del año, el momento menos atractivo, especialmente desapasionado, tuvo lugar cuando sobre el escenario estuvo otro pianista, Leonid Kuzmin, un músico con una historia frondosa y brillante, pero que, al menos en esta ocasión, estuvo lejos de ese nivel tan admirado. Más allá de algunas ocasionales desprolijidades del solista y de alguna desatención de la orquesta, lo que más llamó la atención fue cierta distancia a los contenidos emocionales que atraviesan al quinto concierto para piano y orquesta de Beethoven, escrito, precisamente, sobre el final de ese segundo período, el más heroico del compositor alemán.

Es cierto, asumir que Beethoven es siempre fogoso y volcánico lleva a errores interpretativos que reducen significativamente la inmensa paleta de elementos e ideas con las cuales elaboró creaciones potentes, poéticas y únicas. Pero el Concierto del emperador es, precisamente, una de esas obras en las cuales el componente épico y lo impetuoso son esenciales. Si bien Kuzmin denotó correción y seguridad, su sonido pareció insuficiente y su aproximación mostró alguna displicencia poco apropiada para esta partitura. Sólo en el último movimiento, se apartó de esa conducta interpretativa y aportó más colores y otra robustez para alterar lo que hasta ese momento había sido una presencia un tanto desvaída. A pesar de los largos aplausos, tal vez insatisfecho con su propia actuación, Kuzmin no ofreció ninguna pieza fuera de programa. Afortunadamente, después del intervalo, vinieron Strauss, Diemecke y la Filarmónica. Y el Colón fue una fiesta.

En 2014, se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento y habrá mucho Richard Strauss dando vueltas por el mundo. Y si en nuestro medio, los homenajes tendrán el perfil de certezas, exactitudes y arte que aportaron Diemecke y la Filarmónica, pues sólo habrá grandes alegrías. En el comienzo de la segunda parte, el director y los músicos entregaron una versión estupenda, de altísima factura, de las travesuras y las desventuras de Till Eulenspiegel. Diemecke, con su ya célebre gestualidad de alto impacto y con una libertad de tempi que en ningún instante se desbarrancó hacia desproporciones o exageraciones, contó con una orquesta sumamente concentrada que sonó fantástica en todas sus líneas. Una mención especial para Alfonso Calvo, cuyo clarinete requinto asomó punzante y exacto por sobre toda la orquesta, siempre impecable.

Después de Till, Diemecke escogió, para cerrar el concierto, la Suite de «El caballero de la rosa», un resumen sinfónico que el mismo Strauss hizo de diferentes pasajes de su ópera. Ciertamente, es una pieza brillante, pero que carece de la coherencia de sus poemas sinfónicos, obras contundentes elaboradas de primera mano sobre una idea extramusical. La transformación de la ópera en suite orquestal hizo que los leitmotiv, algunos patrones melódicos o las combinaciones tímbricas, que en la ópera tienen un sentido argumental y teatral, acá se vean reducidos a ser simples elementos decorativos, sin segundas significaciones. Asimismo, la sucesión de cuadros de la suite parece un tanto caprichosa, sin relación con el argumento original. Con todo, en el Colón estaban la mejor orquesta argentina y el director que mejor la hace sonar y, desde el principio hasta el mismísimo final, no hubo máculas de ningún tipo y se sucedieron sonoridades esplendorosas e interpretaciones de enorme musicalidad. Pero hubo un pasaje particularmente conmovedor: después de todos los estruendos -siempre claros y nunca desbalanceados- y de pasajes solistas ofrecidos a pura perfección, llegó el vals del barón Ochs. Diemecke evaporó todo lo majestuoso y, desde el silencio, hizo aflorar la picardía de ese personaje entre detestable y entrañable de El caballero de la rosa. En el Colón, de repente, flotó el sutil encanto de un vals vienés, escrito por un compositor alemán, dirigido por un mexicano y mágicamente tocado por una orquesta argentina.

Viene bien la temporada de la Filarmónica de Buenos Aires. En los dos conciertos hasta ahora presentados, hubo fascinaciones y bellezas. Sólo falta que lo maravilloso se instale en ambas partes, de principio a fin. Seguramente ya sucederá..

Leonid Kuzmin no tuvo su mejor noche. Foto: LA NACION

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires / Solista: Leonid Kuzmin, piano / Director: Enrique Arturo Diemecke / Programa: Beethoven: Concierto para la mano y orquesta N°5, op 73, «del Emperador»; Richard Strauss: Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, op 28 y Suite de «El caballero de la rosa», op 59. Teatro Colón / Nuestra opinión: muy buena

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