Ñ | Poder de sangre

Ñ | Escenarios | 07/04/14
Poder de sangre
Lírica. Basada en la obra homónima de Albert Camus, el Teatro Colón estrena la ópera “Calígula”, sobre música del alemán Detlev Glanert.
Por Gustavo Fernandez Walker
Calígula comienza y termina con un grito primal, como si la música fuese un intento por encontrarle un sentido a lo que sucede entre esos dos estallidos inarticulados. El mayor mérito de la ópera de Detlev Glanert (Hamburgo, 1960) es precisamente poner de manifiesto lo absurdo de ese intento. De alguna manera, la obra homónima de Albert Camus (1913-1960) en la que se inspira el libreto de Hans-Ulrich Treichel resulta especialmente apta para convertirse en una ópera.

No se trata aquí de un universo desquiciado al estilo del Ubú rey de Alfred Jarry convertido en ópera por Krzysztof Penderecki: el absurdo de Calígula es trágico, de comienzo a fin. La locura del protagonista es deliberada, ejecutada hasta el último detalle. La muerte del tirano parece un intento desesperado de la muchedumbre por dejar de escuchar la sentencia expresada al comienzo de la obra: “Los hombres mueren y no son felices”. Hacia el final, mientras la turba lo asesina, Calígula alcanza a gritar “¡todavía estoy vivo!”, más como un lamento que como un desafío.

Estrenada en Frankfurt en 2006, Calígula sube a escena en el Teatro Colón con una producción de la English National Opera, a cargo de Benedict Andrews, en la que la figura del emperador romano –en las desenfrenadas fiestas, en las apariciones en grandes estadios– remite tanto a los totalitarismos del siglo pasado, con su predilección por la dimensión estética de sus regímenes, como a las derivaciones de la política-espectáculo consagrada tras el fin de la Guerra Fría. Pero si la ópera de Glanert buscara simplemente señalar las crueldades de un dictador loco que les exige a sus súbditos llevar su mismo corte de pelo, la ópera no pasaría de una mera anécdota. La elección del texto, en cambio, parece apuntar en otra dirección, inesperadamente actual: más que la locura de un emperador romano, o de los totalitarismos europeos activos durante la época en la que Camus escribió su obra (1938-1945), lo que aparece en primer plano en Calígula es la pretensión pedagógica de la crueldad del emperador, su deseo de que el paroxismo de sangre y violencia resulte liberador, a la manera de un rito de purificación después del cual las víctimas resulten iluminadas.

En ese sentido, este Calígula puede parecer, exteriormente, un líder totalitario del siglo XX, pero por dentro se parece más a algunos personajes cinematográficos más recientes, como Hannibal Lecter, el Guasón anarquista de El caballero de la noche (Christopher Nolan, 2008) o el Jigsaw de El juego del miedo (James Wan, primera parte de la secuela en 2004). Personajes cuya locura es percibida por ellos mismos como un estado superior de conciencia: la violencia, la crueldad, la sangre derramada es apenas un vehículo para revelar a los no-iniciados el secreto que se esconde detrás de toda existencia (“los hombres mueren, y no son felices”).

Hay también una dimensión infantil en todo el asunto –y la infancia es ciertamente una etapa de particular crueldad–: la muerte de Drusilla, hermana y amante del emperador, al comienzo de la ópera, es la que desencadena la locura, como el niño que destruye los castillos de arena de sus compañeros de juego después de que una ola inesperada destruyera el suyo. El propio Camus definió el comportamiento de Calígula como “un suicidio diferido”. El emperador se lanza a la destrucción de todos cuantos lo rodean no sólo para demostrar lo absurdo de toda existencia, sino esperando, además, que otros acaben con él y demuestren, así, que tenía razón.

Lo que incorpora la ópera de Glanert respecto de la pieza original de Camus es que el compositor no se limita a hacer una descripción musical de la historia, sino que es la música misma la que impulsa, articula y pone de manifiesto el sentido de la obra. A diferencia de La vendedora de fósforos de Helmut Lachenmann, presentada el mes pasado en el Teatro Colón, Calígula es una ópera en el sentido tradicional del término: no hay experimentación con las formas, búsqueda de nuevos sonidos, o recursos narrativos que no sean los históricamente consolidados en el género lírico. En eso, Glanert revela su condición de discípulo de Hans Werner Henze (1926-2012), quien alguna vez fue resistido por las vanguardias musicales por su predilección por el género “burgués” de la ópera. Curiosamente, las grandes óperas de Henze aún no han sido estrenadas en la Argentina, a pesar de contarse entre lo más logrado del género en las últimas décadas. El estreno del Calígula de su alumno Glanert puede ser, entonces, un buen punto de partida para todo un camino que aún resta transitar.

FICHA
Calígula, por B. Andrews
Lugar: Teatro Colón (Cerrito 628).
Días y horarios: martes a las 20.30.
Localidades: desde $2.160 a $90.

ENSAYO. El director de escena Benedict Andrews ensaya en el Colón la puesta de

ENSAYO. El director de escena Benedict Andrews ensaya en el Colón la puesta de «Calígula».

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