Espectáculo único e intransferible – 23.06.2014 – lanacion.com

lanacion.com | Espectáculos | Lunes 23 de junio de 2014 | Publicado en edición impresa
Clásica
Espectáculo único e intransferible
Por Pablo Kohan | Para LA NACION
Un recital de piano de Lang Lang, sin la más mínima duda, es diferente de cualquier otro que pueda tener lugar en cualquier parte del planeta. Carismático, histriónico y sabedor de sus capacidades, ingresa al escenario sin ninguna formalidad y, sintiéndose el dueño de la situación, camina para uno y otro lado del escenario, mirando hacia todos los rincones del Colón, dispensando saludos cálidos, aparentemente espontáneos, a un público que colmó hasta el último resquicio del Teatro, muy ansioso por escuchar a una de las figuras más estelares de la escena internacional de música clásica. Sólo después del ritual inicial, el músico chino se acerca al piano. Y, literalmente, comienza el show.

Lo que Lang Lang desarrolla frente al piano, desde el mismo momento en que toca su primera nota, con una técnica descomunal y una seguridad indoblegable, es un tipo de espectáculo único e intransferible. Claro, estas afirmaciones supuestamente laudatorias no indican, necesariamente, lecturas que despierten consenso ni que sus interpretaciones sean las mejores. Pero Lang Lang está más allá de cualquier visión crítica. Su historia brillante, contundente y exitosísima la está construyendo, precisamente, porque encara los conciertos desde otras perspectivas, nada académicas ni formales, y sin atenerse a lo que los cánones, la estética y los paradigmas artísticos podrían indicar. Dicho de un modo muy sencillo, independientemente de que toque Mozart o Chopin, lo que sonará será Lang Lang.

Dueño de una técnica monumental y una convicción profunda de lo que quiere hacer frente a cada obra, Lang Lang se permite tocar tres sonatas tempranas de Mozart, escritas en la misma época, con tres lecturas diferentes. La primera, la K.283, sonó maravillosa. Se acercó a ella tomando en cuenta las galanuras que Mozart detalló con maestría, con un toque pulcro, expresivo y permitiéndose muy ligeras fluctuaciones de tempo. Algunas acentuaciones un tanto exageradas y una expresividad recatada la atravesaron de principio a fin. Sus célebres muecas y los movimientos ostensibles de sus brazos, manos y dedos no alteraron un muy digno producto final. Pero ahí se acabó Mozart para dar paso a Lang Lang. Con la Sonata K.282 aparecieron bruscos contrastes de intensidades y de tempi, innecesarios toques ríspidos y la tan mentada gestualidad de Lang Lang ocupó tanto espacio como los sonidos. Y con la K.310 apareció, innecesaria, ajena y casi una intrusa, una espectacularidad demasiado marcial y una sonoridad desmedida. Eso sí, con una facilidad pasmosa, Lang Lang se paseó por cuanta nota hubiere con una solvencia y un firmeza invictas.

En la segunda parte, las baladas de Chopin fueron apareciendo una por una, todas con la firma de Lang Lang. Si bien hubo pasajes de altísima belleza y realización, en general, su aproximación fue afectadísima, con todas las exageraciones imaginables, con mazazos formidables o toques de audibilidad mínima, torbellinos de notas que se desplegaban a velocidades fenomenales, siempre impecables, siempre con el dedo en la tecla exacta. Por su velocidad, la coda de la Balada N° 1 fue impresionante. En el comienzo de la Balada N° 2, se permitió cantar y regodearse en paz, incluso, destacando contrapuntos de modo admirable. Y en las otras dos baladas, también hubo momentos o pasajes de gran belleza. Pero, en general, la poesía y el lirismo, con algún infaltable sentimentalismo agregado y siempre con el rostro mirando hacia lo alto, dejaban cualquier preeminencia para que las cataratas y torrentes de sonidos, ampulosamente adornados con movimientos de brazos, dejaran atónitos a absolutamente todos. La fiereza, la técnica que corta el aliento y algún exhibicionismo pudieron con cualquier resultado general en el que primara alguna coherencia discursiva.

La ovación que se descerrajó en el final fue atronadora. Las observaciones críticas de estilo o de interpretaciones que pueden formularse, en este tiempo de mucho fútbol, perdieron por goleada. Entró y salió varias veces, saludó personalmente a quienes se acercaban hasta el escenario, regaló un pañuelo y se despidió, muy a lo Lang Lang, con el Vals en Mi bemol mayor, Op. 18 de Chopin. Su ejecución fue un muestrario de habilidades, potencia, velocidad, agilidad, todo envuelto en un paquete con altas dosis de ostentación. Muchísimo más Lang Lang que Chopin.

De todos modos, y vaya esto sí como un elogio al gran pianista, vale la pena ir a ver a Lang Lang. Nadie toca como él, nadie se maneja en el escenario como él y tiene suficientes recursos pianísticos como para generar oleadas de intensa atracción. Las cuestiones artísticas y musicales se las puede apreciar en otros pianistas.

Un intermedio adelantado

Cuando Lang Lang llegó a la reexposición del primer movimiento de la Sonata K.310 de Mozart, por algún inconveniente mecánico, dejó de sonar el Mi con el cual, precisamente, se inicia la sonata. Si bien los pasajes adolecían de la falta de un sonido, ni más ni menos, no dejó de tocar hasta concluir el movimiento. Se quedó algunos instantes presionando la tecla una y otra vez para que todos se dieran cuenta de que no funcionaba y, tras pedir disculpas, se retiró, sin denotar ninguna contrariedad. Informal y espontáneo, a los pocos segundos, volvió él mismo hasta al lado del piano para anunciar que se adelantaba el intermedio. Solucionado el inconveniente, la segunda parte comenzó con los dos movimientos de la sonata de Mozart que habían quedado pendientes, el primero de ellos, en realidad el segundo, interpretado magistralmente..

Concierto de lang lang / Programa: Mozart: Sonatas para piano K.283, K.282 y K.310; Chopin: Baladas N° 1, Op. 23, N°2, Op. 38, N°3, Op. 47 y N° 4, Op. 52 / Abono estelar del teatro colón / Nuestra opinión: muy bueno

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