Carlos Bertazza, según Matías Crowder | Diario de Cultura

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Carlos Bertazza, según Matías Crowder
El escritor y periodista argentino, radicado en España, recuerda su último encuentro con el recientemente fallecido Director de la Filarmónica del Teatro Colón, Carlos Bertazza. Desde Barcelona, especial para Diario de Cultura.
Conocí a Carlos Bertazza en una entrevista que le hice en el Teatro Colón, hace ya un año. Era septiembre, y el caos de Buenos Aires, todo el tráfico de la Avenida Nueve de Julio, que parece que empuja y acelera a los transeúntes, llegaba a su fin al introducirnos en aquel mágico teatro de Buenos Aires. Los músicos ensayaban, afinaban o charlaban en la trastienda, hasta la llegada del director, que enseguida puso manos a la obra. Según me contaría Bertazza, se estrenaba una cada semana e iban justos de tiempo.

Bertazza vestía informal. Si esperaba a un director de pajarita, me había equivocado. Llevaba unos jeens y una camisa, como cualquier joven de a pie. Recuerdo que la platea y todos los palcos se encontraban vacíos. Me senté a ver el ensayo, con el gusto de ser el único oyente. Más de veinte violines, todos aquellos “caños” bruñidos, y el resto de músicos, preparados. No recuerdo la pieza, se que era una ópera italiana, tema que luego abordaríamos en la entrevista.

Me llamó la atención su juventud. Con tan solo treinta y seis años estaba al frente de todos aquellos músicos, los mejores de música clásica del país. Al sentarnos en el palco, le felicité por lo que había escuchado, y el se excusó diciendo que aún faltaba mucho, que era solo un ensayo. Tenía el oído tan afinado que decía que los violines no estaban preparados, cuando a mí me parecía una representación perfecta.

Se notaba que le apasionaba lo que hacía. Se notaba su talento, parecía emanar de él a borbotones. Recorrimos juntos el teatro. Me enseñó unos maniquíes que aún había en la trastienda del show que había dado Charly García. Eran maniquíes rotos, descabezados, con manchas de pintura roja que imitaban la sangre. Aquel día, pese a la responsabilidad que tenía, parecía relajado, alegre, contento. Charlamos un buen rato, y nos despedimos prometiéndonos vernos en Europa. Desde entonces me quedaría el recuerdo de su sonrisa, de su aura, de su magia.

Por: Matías Crowder, desde Barcelona.

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