‘Madama Butterfly’ en el Teatro Colón | El arte de la fuga

El arte de la fuga – revista online de música clásica
Publicado el: Lun, 1 dic, 2014 |  Noticias | Por Nicolas Isasi
‘Madama Butterfly’ en el Teatro Colón
NICOLÁS ISASI /
El Teatro Colón de Buenos Aires finaliza su temporada operística con Madama Butterfly, una de las obras más famosas de Giaccomo Puccini. Estrenada el 17 de febrero de 1904 en el Teatro Alla Scala de Milán con una mala recepción del público y la crítica, fue reescrita por el compositor en cinco ocasiones entre 1904 y 1907, siendo la quinta y última aquella que la posiciona como una de las 10 óperas más representadas y aclamadas por el público de todo el mundo.

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El maestro Ira Levin realizó una magnífica labor junto a una orquesta que supo generar matices adecuados, acompañando con fidelidad a los solistas y al coro de forma afinada y coherente. Hugo De Ana, demostró por qué es un gran artista aclamado en los mejores teatros de ópera, al hacerse cargo de la dirección escénica, el diseño de la escenografía, la iluminación y el vestuario. En la difícil tarea de llevar a cabo tan diversas áreas, quizás llamaron la atención algunas cuestiones que no tuvieron el mayor encanto, como por ejemplo el grupo de ninjas (presentes al inicio de cada acto y en algunos cambios escenográficos) que secundaban a un caricaturesco Yamadori con peluca naranja fluorescente, que parecía más un personaje de cosplay algo kitsch que un rico príncipe. Aún así, la puesta de De Ana es clara y poética, demostrando un profundo estudio y conocimiento de las costumbres orientales que habitan esta compleja ópera. Con desplazamientos y marcaciones apropiadas, sumado a un preciso trabajo actoral, De Ana consigue llegar a la esencia de los personajes, enalteciendo el rol de la dirección escénica en dicho teatro.

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La escenografía cuenta con una gran estructura metálica que soporta diversos cambios como por ejemplo una especie de bordado con una montaña o las flores de los árboles en forma de guirnaldas orientales. En el centro y hacia ambos costados se erigen 3 estructuras cúbicas similares a una jaula (que más adelante se presentarán como luces) pero abiertas, siguiendo la línea de la mega estructura presentada al comienzo. Las proyecciones y los elementos marcan una clara distancia entre ambos mundos: el imperialismo, la prepotencia y la ostentación de Pinkerton y Kate que pretenden comprar (callar) todo con dinero; frente a la delicadeza, la paciencia, la elegancia y gentileza de personajes como Butterfly o Suzuki, que afirman “somos gente acostumbrada a cosas pequeñas”.

La entrada de Madama Butterfly con el coro femenino tiene un carácter sutil y agrega color a la fría atmósfera lumínico-escenográfica. Mónica Ferracani compuso una Butterfly impecable, que va desde un pianissimo hasta una voz solemne y profunda hacia el final sin descuidar los comprometidos agudos. Enrique Folguer posee una voz afinada de gran caudal alcanzando un Pinkerton insolente y con brío. La escena del dúo entre ellos dos logra transmitir la energía de Puccini en medio de un profundo azul que conecta cielo y mar, como si todo ello fuera un océano de felicidad. Alejandro Meerapfel interpreta un Sharpless conciso, pero con una ternura especial que lo exceptúa de los otros personajes norteamericanos. Como de costumbre, la voz de Mario De Salvo fue precisa y potente en su rol de Comisario Imperial a la vez que se trasladaba cómodamente sobre los coturnos. La aparición del pequeño envuelto en banderas estadounidenses que sobrevuela bajo el atardecer, fue algo escalofriante. “Un bel dí vedremo” es quizás una de las arias más recordadas y esperadas por el público. La interpretación de Ferracani fue exquisita, demostrando a la vez una actuación tan sensible que produjo una ovación total aún con la orquesta sonando de fondo. El coro interno a bocca chiusa del segundo acto fue uno de los momentos mágicos de la noche. Si bien hubo proyecciones durante toda la obra, la más efectiva e interesante tuvo lugar en esta escena donde podían verse las olas del mar y la llegada del barco Abraham Lincoln tanto en el tul de frente como en el panorama, con transparencias que los mostraban a ellos en medio de cientos de mariposas.

Probablemente no haya otro final de ópera más desgarrador que aquel compuesto por Puccini para Madama Butterfly. Una geisha casada con un oficial de marina estadounidense abandonada desde hace años, junto a un hijo que él ni siquiera conoce. Esta cadencia musical que propone Puccini, se traduce en un gran rallentando de los metales que anuncian el trágico destino de Cio Cio San mediante un acorde disonante. En otro acierto de esta puesta, un efecto maravilloso pero más que contundente aparece justo cuando Butterfly acerca el cuchillo a su rostro y una tela roja simbolizando la sangre, cae desde su cuello. Ese rojo, ahora presente en la luz, inunda su cuerpo que yace inerte frente al tan esperado encuentro entre padre e hijo. Suzuki lo detiene y todos salen despavoridos ante semejante escena.

Una vez realizado el Harakiri, esa sangre joven y llena de ilusiones regresa a su tierra ancestral.

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