Un poeta decisivo para Piazzolla, Troilo y Salgán, pero que brilló con luz propia – 22.12.2014 – lanacion.com

lanacion.com | Cultura | Murió Horacio Ferrer
Lunes 22 de diciembre de 2014 | Publicado en edición impresa
Un poeta decisivo para Piazzolla, Troilo y Salgán, pero que brilló con luz propia
Por Mauro Apicella | LA NACION
Si el tango es la música del Río de la Plata, no cabe duda de que Horacio Ferrer fue uno de sus mayores referentes. Nació en Montevideo en 1933. Fue un poeta que se inspiró en ese género, abrazó el clasicismo de esta música por su amistad con Aníbal Troilo y se alistó en la renovación de la mano de Astor Piazzolla. Además, fue uno de sus principales cronistas y custodios, con la enciclopedia tanguera que terminó de escribir a fines de los sesenta y con su tarea, en la Argentina, al frente de la Academia Nacional del Tango.

Ahora serán otros los encargados de continuar su labor, porque Horacio, que el 2 de julio pasado había cumplido 81 años, dijo adiós, debido a problemas cardíacos que lo aquejaban.

Su nombre completo era Horacio Arturo Ferrer Ezcurra y en su currículum figuraron más de doscientas obras. Pero alcanza con mencionar, para tomar una dimensión real de su trabajo, que fue quien escribió la «Balada para un loco» (estrenada en un festival de la canción en el Luna Park en 1969 y convertida en el último gran éxito que ha tenido el tango) y la operita María de Buenos Aires, con música de Astor Piazzolla.

A su manera -es decir: involucrado como poeta y como personaje de la noche porteña, a la que arribó desde Montevideo siendo joven, a mediados de los sesenta-, Ferrer fue uno de los principales cronistas e impulsores que ha tenido el tango.

El Libro del Tango – Arte Popular de Buenos Aires (publicado en tres tomos en 1970 y ampliado en 1980) es material de consulta permanente y un antecedente ideal para las generaciones que, a partir de la década del noventa, comenzaron a realizar un serio revisionismo en torno de la música del dos por cuatro.

Al ser hijo de padre uruguayo y madre argentina, supo que era una persona de las dos orillas. Ya en sus primeros años de juventud comenzó a interesarse por el tango y a realizar actividades para difundir esta música en la década del 50.

Participó en programas radiales, en la producción de conciertos y en la fundación de la revista Tangueando. Más tarde, su pasión y obsesión por esta música lo llevaron a publicar varios libros, El Tango: su historia y evolución (1959), Discepolín, poeta del hombre de Corrientes y Esmeralda (1964) y la Historia sonora del tango (1965).

En 1967 comenzó a editar su propia obra, con su libro de poemas Romancero canyengue. Probablemente ése haya sido el puntapié inicial de una producción original y onírica que, además de María de Buenos Aires y la «Balada para un loco», tuvo otros hitos, como «La bicicleta blanca», «Balada para mi muerte» y «Chiquilín de Bachín».

En su famosa «Balada para un loco», que estrenó Amelita Baltar e inmortalizó el Polaco Goyeneche, Horacio decía: «Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao. /No ves que va la Luna rodando por Callao/ que un corso de astronautas y niños, con un vals,/ me baila alrededor. ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá! / Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao./ Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión/ Y a vos te vi tan triste. ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí! El loco berretín que tengo para vos».

El tango «La última grela» fue el primero de una promisoria y productiva relación con Astor Piazzolla. Por otra parte, la operita María de Buenos Aires, también con Astor, se estrenó en más de 25 países. Pero a pesar de haber sido con el eximio bandoneonista con quien más está relacionado, luego trabajó con muchos otros compositores. Con Horacio Salgán, por ejemplo, compuso el «Oratorio Carlos Gardel».

Una de sus más recientes creaciones fue para teatro lírico. Se llama Bebe Dom o la Ciudad Planeta, lleva música de Mario Perusso y fue estrenada en 2013, en el Teatro Colón.

Como en trabajos anteriores, esta ópera de Ferrer incluye el componente onírico que ha caracterizado su trabajo y, al mismo tiempo, esa fascinación por la magia y la sordidez de las grandes ciudades. Aunque no la nombre, algo de su amada Buenos Aires se coló en este último gran trabajo del gran poeta.

Ferrer pudo jactarse de haber sido el socio artístico y amigo de los más importantes músicos del tango: Troilo, Salgán y Piazzolla. Sin embargo, siempre corrió el foco de atención de su propia persona.

En paralelo a su obra poética, fue un infatigable revisionista y difusor. Estudió la historia del tango como pocos, reflexionó, escribió y luego, en 1990, alcanzó uno de sus mayores anhelos, la fundación de la Academia Nacional del Tango, esa que presidió hasta su último día de vida.

«La Academia que presidía con tanto amor y dedicación Horacio era un aliado estratégico básico con la cultura de la ciudad para la difusión del tango», afirma contundente el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi.

Es cierto que también se lo recordará por su manera de vestir (siempre con moñito y alguna flor en el ojal) y por alguna excentricidad (vivió durante décadas en una suite del hotel Alvear, para hacer honor a placeres de sibarita). Pero lo que, sin duda, perdurará será su obra para el tango y por el tango, con toda su «locura» incluida.

«Y al fin, te miro, y canto a media voz: Quereme así, piantao, piantao, piantao./ Trepate a esta ternura de locos que hay en mí. Ponete esta peluca de alondras, y volá. Volá conmigo ya. ¡Vení, volá, vení!».


Horacio Ferrer en el hotel Alvear. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

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