SOBRE LA REALIZACIÓN DE ESPECTÁCULOS DE MÚSICA… – POR SIEMPRE COLONEROS

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SOBRE LA REALIZACIÓN DE ESPECTÁCULOS DE MÚSICA «POPULAR» EN EL TEATRO COLÓN.
Una vez más, la programación de actividades ajenas a la función esencial del Teatro Colón, motiva un debate, y es algo muy valioso que ese debate -serio, respetuoso y profundo- exista.
Deseo aclarar, en primer lugar, que coincido con la idea de que las actividades del Colón deben dedicarse a los fines que le son propios y que han sido ratificados como su Misión en el Reglamento del Ente Autárquico, como bien se ha dicho en su Foro. Una fatal tendencia de moda tiende a que muchas personas actúen, escriban y tomen decisiones como si no existieran normativas legales y razones, como si todo fuera un palimpsesto de catorce caracteres en donde cualquier opinión infundada o un insulto compitan en paridad con un conocimiento científico o una ley. Ya desde Platón es clara la diferencia entre las opiniones sin fundamento y los conocimientos racionales. Yo coincido con Usted en que existen otros lugares aptos para otro tipo de espectáculos que, por lo mismo, en el Colón están fuera de lugar.

Pero deseo agregar un comentario sobre un aspecto de este asunto. El Teatro Colón es un teatro lírico desde su nacimiento. Fue una iniciativa del primer Intendente Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Torcuato de Alvear, que era un político culto y gobernaba una ciudad con una población que mayoritariamente apreciaba y aspiraba a la cultura. Torcuato de Alvear, que ya estaba ocupando funciones, fue nombrado el 10 de mayo de 1883 por el presidente Julio A. Roca. La ciudad, como Capital Federal de la Nación, no tenía autonomía: había sido la mejor solución hallada para que el enorme poder político y económico de Buenos Aires no se impusiera al federalismo establecido en la Constitución. En la ciudad, progresista y cosmopolita, existían varios teatros en donde se presentaban representaciones operísticas y quizás sólo un ignorante hubiera supuesto entonces que la ópera no fuera un género «popular».

Y era muy popular. La milonga y el tango, incipientes, no tenían aún el público que tuvieron después, con las grabaciones de discos «Atlanta» y la Radio de 1920. La zamba, la chacarera, la cueca y el chamamé eran expresiones muy difundidas en los campos y los pueblos de las Provincias pero todavía no habían desembarcado en la Capital, como lo hicieron después gracias a Andrés Chazarreta, Gustavo Leguizamón y los Hermanos Ávalos. Probablemente la Zamba de Vargas date de 1867, pero La López Pereyra es de 1901. Andrés Chazarreta compiló La Siete de Abril en 1916. Pobre mi madre querida de Carlos Gardel es de 1912 y Mi noche triste, de 1917, si mis datos no fallan.

El antiguo Teatro Colón era anterior, de 1857 y la empresa privada formada por Carlos Enrique Pellegrini y sus socios colapsó, y la Sala pasó a la Municipalidad. El 13 de octubre de 1883 Angelo Ferrari violinista y empresario incluso en la Scala de Milán, firmó con el Intendente Alvear el contrato de arrendamiento del ya viejo edificio por el término de ocho años.

La ciudad necesitaba un nuevo teatro lírico para estar a la altura de una gran Capital. La iniciativa fue planteada por el propio Torcuato de Alvear en 1884. El proceso fue largo, porque la Intendencia carecía de los fondos necesarios. En 1889, el planteo cambió: en vez de construirse el teatro por cuenta del erario, la Municipalidad llamó a licitación pública, ofreciendo el recupero de la inversión con una prolongada concesión de uso. Angelo Ferrari ganó la licitación con un proyecto de Francisco Tamburini y es ése -con no tantas modificaciones-, el inmenso y valioso edificio que se inauguró en 1908, aún sin terminar. Era el teatro lírico más grande del mundo, y el de mejor acústica para la ópera. Una demostración cabal de que los argentinos eran un pueblo capaz de estar al mejor nivel, sin complejos de inferioridad.

Pero en este punto es necesaria una aclaración. El Colón de 1908 era un edificio vacío, de propiedad municipal pero concesionado. No existía todavía ninguna «institución Teatro Colón». La Sala se utilizaba muy poco, en temporada, cuando las compañías europeas entraban en receso en Europa y venían a Buenos Aires, en busca de buenas remuneraciones pero también de la consagración de un aplauso que había que merecer. Con los años, por motivos económicos, la concesión no pudo sostenerse y hubo cambios graduales en el modo de gestión.

En 1925 -en tiempos del presidente Marcelo T. de Alvear, cuya esposa, la inolvidable Regina Pacini era cantante lírica- hubo un cambio importante en la trayectoria del Colón: dejó de ser un «teatro de temporada» y pasó a ser un «teatro de repertorio», esto es: dejó de ser la casa vacía que por tres o cuatro meses al año era ocupada por una compañía operística europea capaz de ofrecer todos sus espectáculos, y pasó a poseer cuerpos estables capaces de producir localmente los espectáculos.

Además, el Colón dejó de importar totalmente producción europea y pasó a «fabricar» sus propios espectáculos, se crearon la Orquesta Estable , el Coro, el Cuerpo de Baile, las secciones técnicas encargadas del montaje escénico (escenografía, luminotecnia), la sastrería y demás talleres de indumentaria, comenzó a formarse su colección, su reserva escenográfica, su archivo y su Biblioteca. El Colón dejó de ser sólo una sala de espectáculos y pasó a ser una institución artística, se profesionalizó, se especializó y se convirtió en un centro de capacitación.

Ya en tiempos de la presidencia del general e ingeniero civil Agustín P. Justo -lector y poseedor de una formidable biblioteca-, una Ordenanza dictada el 25 de febrero de 1933, municipalizó totalmente la explotación del Teatro Colón. La norma fue propiciada por el Departamento Ejecutivo y aprobada por el Honorable Concejo Deliberante. Un músico notable, el maestro Juan José Castro, fue nombrado Director Artístico, e integraron el primer Directorio Victoria Ocampo, Rafael González, Alberto Prebisch y Constantino Gaito. Margarita Wallmann y Héctor Basaldúa serían, a partir de entonces, dos de los destacadísimos protagonistas de los treinta. En 1936, en el estreno de Perséphone de Stawinsky, dirigida por el autor, recitó en francés Victoria Ocampo.

Es a partir de 1925 que empieza la época de mayor esplendor del Colón, cuando al magnífico edificio, ya completado, se suma la Institución. ¿Hubo en el Colón, en su época de oro, funciones musicales que no fueran líricas, sinfónicas o ballet? En estos asuntos hay datos históricos y también grandes confusiones. Por ejemplo, es cierto que el Partido Socialista recordó el 1º de mayo en el Colón, pero lo hizo con una función de música clásica gratuita para obreros. Era una época sin los prejuicios clasistas actuales que suponen que un obrero tiene que gustar de la cumbia villera… No eran pocos los albañiles que gustaban cantar arias de Verdi en los andamios. No es una fantasía, sino un desquite de la historia hacia los demagogos despreciativos.

¿Se perdieron en 1936 las pinturas originales de la cúpula, obras del atelier del pintor francés Marcel Jambon, durante un festejo de Carnaval organizado por un empresario? Así se creyó durante cierto tiempo, según algunas versiones. Los festejos existieron, pero las investigaciones posteriores aclaran que la humedad del yeso de la cúpula se debió a filtraciones de la cubierta de plomo, cuya pendiente es excesiva para el material, en un clima como el de Buenos Aires. Por ese motivo se lo reemplazó en aquello años, por cinc. Había sido un error constructivo, por inexperiencia. La técnica era originaria de otro clima, la superficie de la cubierta, muy grande, y el sol de Buenos Aires ablandó las uniones del plomo. Por las fisuras y luego grietas, coló el agua de lluvia. Los mitos, a veces, tienen más popularidad que la ciencia.

¿Es imposible introducir el rock y la cumbia en el Colón? No es imposible sino indebido, y las amplificaciones sonoras producen vibraciones que pueden dañar severamente la materialidad. Hay, además, otra cuestión: también sería «posible» convertir a la oficina del Jefe de Gobierno en un casino, pero ¿no sería, igualmente, un agravio a la Institución?. ¿Porqué no empezar por respetar? ¿Porqué no desterrar la demagogia? ¿Porqué no terminar con el prejuicio clasista de que los pobres merecen circo y no cultura? ¿Porqué no dejar de profanar espacios públicos con funciones impropias? ¿Porqué no aprender de la experiencia, superar los errores y cultivar las virtudes? ¿Porqué siempre al revés?

No es demasiado difícil hacer las cosas mejor. Lo que sucede es que puede haber rock, cumbia y bailanta en muchos lugares que no necesitan ser el Teatro Colón, y que no debe quedar cada vez menos espacio para que la ópera, la música sinfónica y el ballet, que son expresiones refinadas de lo popular, tengan el lugar que se merecen y que tanto costó tener en su altísima calidad. En vez de estos espectáculos inapropiados ¿porqué no llevar gratuitamente a más alumnos de las escuelas públicas para que puedan descubrir la belleza del Colón? ¿Porqué no pensar que un chico de pocos años que escucha música con su celular pueda fascinarle ver y escuchar a una gran orquesta sinfónica? ¿Porqué no pensar en ese mismo chico como espectador de una escena triunfal de Verdi? ¿No será que el nivel sube o baja al nivel de los que toman las decisiones?

Cordialmente, Arq. Gustavo A. Brandariz
(Publicado en el distinguido Foro de Armando Ayache)
Foto: Arnaldo Colombaroli
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5 comentarios en “SOBRE LA REALIZACIÓN DE ESPECTÁCULOS DE MÚSICA… – POR SIEMPRE COLONEROS

  1. Comparto y suscribo en todo las consideraciones del Arq. Brandariz.
    Es de desear que sean tenidas en cuenta por las autoridades respectivas.

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  2. Totalmente de acuerdo con lo escrito del Arq. Brandariz, esperemos que el Director Lopérfido, lo lea. Queremos lo mejor para nuestro querido Teatro Colón y que siga conservando la calidad
    de los artistas.

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  3. Mi opinión es parecida a la de los que me precedieron. Tuve la oportunidad de concurrir al Colón varias veces en dos años con alumnos de una escuela oficial de José C. Paz, con abonos que compró la cooperadora de la misma y los alumnos pudieron conocerlo y DISFRUTARON de varias óperas. Creo que ése sería un modo de que esa sala sirviera para ampliar la cultura de todos. Los otros tipos de espectáculos pueden ser disfrutados en otros varios lugares destinados a tal fin, ya que cada pueblo o ciudad los tiene y pueden ser implementados aún en clubes. Además debemos cuidar el lugar del Colón, que a pesar de ser Municipal, es un orgullo nacional.

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  4. La nota del arquitecto Brandariz es amena e informativa. Se reconoce la reflexión de quien estima y ama al teatro y su actividad tradicional. La respuesta a los porque de la parte final es sencillamente que a los actuales funcionarios del area no les interesa el Colon sino como un supuesto frente publicitario al estilo de la reapertura donde las lucesitas y los colores taparon la realidad que aun hoy nos abruma; la obra no está terminada (y parece que ni lo estará) y el edificio quedó con serios daños en su estructura a causa de la aplicación del nefasto master plan, y por otro lado quienes manejan los destinos de la ciudad carecen de nivel cultural como para entender cual debiera de ser el rol del Colon institución en el seno de una comunidad seriamente carenciada y que con sacrificios lo mantiene. En realidad, lo más probable es que no les interese el tema ni minimamente.
    Por desgracia la batalla intelectual para definir este incordio no se libra por falta de combatientes. Algún día será.

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