“Lo divertido es que no puedo conformar a todos”

Ñ | Escenarios | 17/03/15
“Lo divertido es que no puedo conformar a todos”
Darío Lopérfido. El nuevo director del Teatro Colón habla de los desafíos que se le presentan y adelanta sus próximos pasos. También repasa sus comienzos en la promoción del under emergente en la ciudad.
Por Sandra De La Fuente
Ya pasó un mes desde que Darío Lopérfido asumió la dirección del Teatro Colón y si algo se puede asegurar es que su personalidad –al menos en sus aspectos más exteriores– contrasta notablemente con la del director anterior, Pedro Pablo García Caffi.
En las entrevistas, Lopérfido se muestra locuaz y generoso en detalles y risas, mientras que García Caffi prefería la discreción y, aunque siempre resultaba muy amable en el trato al periodismo, se hacía difícil robarle una sonrisa.

La extroversión de Lopérfido parece jugar hoy a favor del teatro: programas que cruzan distintos emprendimientos culturales de la ciudad y salidas a diferentes espacios de los cuerpos estables del teatro son parte de la renovación del aire que el teatro estaba necesitando. Pero es necesario decir que el modo de mando de García Caffi fue indiscutiblemente muy útil para reorganizar el teatro tras su reapertura en el año 2010 y propiciar el trabajo ordenado en los cuerpos estables. Los resultados, por lo menos en términos orquestales, quedaron a la vista con la convincente interpretación de la integral sinfónica de Beethoven.

“La programación que dejó Pedro Pablo se conserva íntegramente. Yo ya estoy trabajando junto con mi equipo en el armado de la del 2016”, dice Lopérfido apenas logra sentarse a conversar con Ñ.

–¿Podés dar algún anticipo?
–Sólo puedo decirte que vamos a hacer un título de Ginastera porque el año próximo se cumple el centenario de su nacimiento. Habrá diez títulos. También el ballet aumenta los títulos de su temporada.

–Me interesa recorrer tu carrera. Empezaste como periodista de teatro en los años de la transición alfonsinista y a fines de los 90 adquiriste un alto perfil en el mundo de la política, pero recordemos que antes fuiste director del Centro Cultural Rojas. ¿Cómo se dieron esos saltos?
–No hubo tales saltos. Porque no salté de escribir notas en la revista Teatro a ser director del Rojas, sino que empecé a colaborar con la programación del Rojas en 1988, cuando yo tenía 24 años y el director era Leopoldo Sosa Pujato, un querido amigo. A mí me gustaba muchísimo el teatro, escribía notas de cultura muy orientadas hacia el fenómeno teatral. El Rojas recién se había fundado y estuve bajo su mando durante todo el tiempo. Gané en experiencia y me tocó tomar la dirección en 1992, después del fallecimiento de Leopoldo. Yo vivía inmerso en un medio que en ese momento estaba en ebullición. Era la época en que se programaba a Urdapilleta, a Tortonese y a Batato Barea. Los tiempos del Parakultural, de Cemento. Había todo un circuito y una bohemia que te hacía pasar noches sin dormir sin que el cuerpo se resintiera. ¡Había tanto para ver y para hacer en esos primeros tiempos de la democracia! Y nosotros teníamos un entusiasmo casi sobrenatural, una voracidad por conocer y programar obras novedosas, películas que habían sido censuradas. Me acuerdo de cuando programamos La última tentación de Cristo y se aparecieron los chicos de Tradición, Familia y Propiedad. ¿No existen más?

–No lo sé. Lo que es seguro es que no parecen muy preocupados por lo que se programa en el Rojas hoy.
(Risas) –En esa época, paraban en el Rojas unos chicos muy comprometidos con el punk. Los de Tradición, Familia y Propiedad querían interrumpir la función y los punk, echarlos a la fuerza. Por suerte, logramos parar a ambos bandos. Les propusimos a los Tradición, Familia y Propiedad que llevaran volantes y los repartieran antes de la entrada. Aceptaron la idea encantados y en cada función repartían volantes a los chicos que estaban en la fila y que los miraban con cara de muy pocos amigos. Pero se podía convivir.

–Se respiraba una gran libertad y las obras de teatro off estaban presentes en la universidad y hasta te diría que flexibilizaron la vida académica. Después, el academicismo volvió a triunfar. Tantas becas doctorales no fueron en vano.
–Es cierto, había una renovación del pensamiento. Yo estaba todo el tiempo adentro del Rojas. Me encantaba, era divertidísimo estar ahí.

–Hoy en el Rojas se estrenan cosas más académicas, obras que podrían hacerse en el CETC.
–En esos tiempos se hacían las cosas por puro placer, no había una estrategia para pensar una carrera. Cambiaron los tiempos. Salía del Rojas a cualquier hora y me iba a comer un sándwich a La Paz, donde siempre estaban Charlie Feiling, Jorge Dorio –que en esa época era un escritor–, Martín Caparrós. Era el momento del grupo Shangai con Alan Pauls, Jorge Telerman y el mismo Dorio, que se juntaban en la confitería Ideal para hablar de literatura. Ninguno de nosotros ganaba un peso. El mismo Dorio recitaba páginas de Conrad en inglés y de memoria. Era un conocimiento que no cotizaba en ninguna moneda pero que nos permitió ubicarnos de a poco en diferentes sitios Te cuento un ejemplo de cómo fuimos consolidando nuestras visiones: en 1992, Alejandro Tantanian y Javier Daulte hacían seminarios en el Teatro San Martín, los coordinaba Tito Cossa. Como ellos no escribían a la usanza de esa generación, Tito Cossa los echó. El Rojas los tomó y hasta editó sus obras de teatro. Formaron un grupo, Caracají, que cumple 25 años. Eso era lo que producía el Rojas: un imaginario totalmente nuevo. El Rojas fue un catalizador para el recambio general. Pero no era una guerra del cerdo, se convivía. Y el San Martín, que no toleraba un grupo como Caracají, empezó a flexibilizarse hasta cambiar su paradigma.

–¿Y cómo llegaste del puro placer a trabajar para De la Rúa?
–Tenía cierta simpatía por el radicalismo, pero nunca fui un militante, simplemente tenía afinidad y amigos allí. Un día me llamó De la Rúa y me dijo: “¿qué está haciendo usted que todo el mundo habla bien de lo que pasa en el Rojas?”. Me invitó a trabajar con él. Claro, precisaba gente joven. Me sumé a un equipo de trabajo que dirigía Luis Gregorich.

–El llamado te llevó a la Secretaría de Cultura. Por ese tiempo empezó a hablarse del grupo Sushi, en el que estabas vos con los hermanos Antonio y Aíto de la Rúa.
–El primer año fui subsecretario. La secretaria era María Sáenz Quesada. Al tiempo, se fue María y yo tomé su lugar. En esos años se hicieron el primer FIBA, el primer Bafici, el primer festival de jazz, el primer festival de danza. Lo del grupo Sushi se le ocurrió a un periodista, Gonzalo Alvarez Guerrero. Decía que a los jóvenes de Alfonsín les gustaban las peñas, comer empanadas y ensuciarse los dedos y que nosotros, en cambio, comíamos sushi, como marcando un cierto esnobismo de nuestra parte. Lo más gracioso es que a mí el sushi no me gusta.

–Pero en ese grupo, los hijos de De la Rúa trabajaban para su padre.
–Nosotros nos dedicábamos a cosas específicas y por lo tanto, habíamos llegado al gobierno para trabajar en esas áreas. La mía era cultura y la de Hernán Lombardi, turismo. Andrés Delich estaba en educación. Lautaro García Batallán, en el Ministerio del Interior; Cecilia Felgueras, en el Pami. Aíto de la Rúa tenía un portal de educación y Antonio colaboraba en la comunicación de su padre. Si uno compara con La Cámpora, que es una organización vertical, con acceso discrecional al dinero, que premia y es premiada con cargos, y que apuntala y nombra candidatos, las diferencias, me parece, están a la vista.

–Volvamos al teatro. ¿Qué ves a un mes de haber asumido?
–Aquí hay que manejar una administración monstruosa. No hay muchos lugares en el mundo donde estén en una misma casa músicos, bailarines, coreutas, técnicos de todo tipo, servicios auxiliares. En fin, son muchísimos grupos, todos con necesidades distintas y regímenes de trabajo diferentes. Tampoco hay que olvidar que conviven varias generaciones. Hace falta una flexibilidad grande que también se aplique a los criterios de programación. Los teatros de ópera suelen tener una encerrona, que para mí es una pavada que ya habría que superar, que es la del conservador versus el transgresor.

–Ese mundo binario está alimentado por el operómano, el hombre que se cree bien educado y culto, y chifla una puesta de El holandés errante en la que no le representaron el barco. El tipo de público que dirá que sos transgresor. Tendrás que lidiar con eso.
–¡Pero yo no estoy en ninguno de los dos bandos! Para mí lo interesante es mostrar la riqueza de un mundo. Lo divertido de este teatro para un tipo como yo es que no podés conformar al 100%.

–Eso pasa en cualquier teatro, pero aquí te lo harán saber con chiflidos y desprecios varios. El público de la ópera suele creer que es dueño de una verdad. Y hablando de verdades y dueños, ¿tenés alguna noticia de lo que sucederá con la Ballena Azul?
–Sólo sé que se llamará Néstor Kirchner. El gran desafío es qué va a pasar con ese nombre cuando entre un gobierno nuevo. El cambio de nombre debería abrir un debate en el mundo cultural el mismo 11 de diciembre. También supe que se hablaba del edificio como el Colón del siglo XXI. El Colón del siglo XXI y de los siglos por venir es este.

–En la ciudad habrá muchas elecciones este año. Hubo corrillos de que tu entrada al teatro fue un coletazo de la interna que hay entre Michetti (o Lombardi) y Rodríguez Larreta, y que vos jugás para el segundo.
–Hubo una operación de baja calaña que lanzó ese corrillo. Hernán Lombardi y Horacio Rodríguez Larreta vinieron juntos aquí a tomar contacto con lo que el teatro necesita. Este gobierno tiene una cosa muy particular: apenas surge algún problema por resolver es cuestión de levantar el teléfono para que en un minuto se intente alcanzar una solución. Desde aquí me contacto con Lombardi y con Andrés Ibarra –ministro de Modernización—, también con Horacio Rodríguez Larreta y con Gabriela Michetti. Es una locura imaginar que la interna del gobierno entre al teatro. Ese asunto no está en mi agenda. Lo que sí está en mi agenda es cerrar la temporada del año próximo, por eso Guillermo Scarabino está trabajando conmigo mano a mano y en tiempo récord para cerrar la de ópera. Es muy placentero trabajar con una persona como él, tan sabia y al mismo tiempo tan centrada.

Lopérfido. Su nombre ganó notoriedad mientras estuvo al frente del Centro Cultural Ricardo Rojas, entre 1992 y 1999. 
Lopérfido. Su nombre ganó notoriedad mientras estuvo al frente del Centro Cultural Ricardo Rojas, entre 1992 y 1999.
“Lo divertido es que no puedo conformar a todos”

Un comentario en ““Lo divertido es que no puedo conformar a todos”

  1. Pastor Mora sigue cesante con una Sentencia definitiva favorable de la Jueza Papo que habilita su inmediata reincorporación. Desconocer una manda judicial es una falta muy grave, es incomprensible que el nuevo director hable de «diversión» con este tema aún pendiente.
    Basta de «Tinelizar» el Teatro Colón!

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