La identidad de un arte inconfundible

Ñ | Literatura | 12/06/15
La identidad de un arte inconfundible
José Bonomi, un artista tardíamente reconocido, diseñó las tapas que son un símbolo de la colección.
Por M. S. Dansey
A José Bonomi el reconocimiento le llegó tarde. Muy tarde. Su primera muestra individual –1975, galería Van Riel– la tuvo a los 72 años. Quizás él tampoco hizo mucho para ganarse este reconocimiento. Pintó toda su vida –qué más se le podría pedir– pero no parecía ser del tipo que buscaba posicionarse. Por otro lado, fue muy valorado como ilustrador. Y quizás un poco fue eso. Las Bellas Artes, desde que empezaron a pensarse así, con el adjetivo adelante y con mayúsculas, trataron de separar la idea del artista de la del artesano.

La funcionalidad era una condición que dejaba por afuera de lo artístico cualquier producción estética por más talentosa que esta sea. Y en ese sentido, Bonomi –nacido en Italia y emigrado junto a sus padres a los tres años– se plantó ante la vida como un laburante. Asumió la figura del bohemio, con todo lo que aquello implicaba, es cierto, pero no del tipo romántico con pretensiones de genio. En todo caso el hombre sensible, sencillo, sin grandes pretensiones, que se valía de su destreza manual para ganarse el sustento, y se movía animado por una curiosidad que sometía al método de prueba y error. Es decir, al trabajo.

A los 18 años empezó como dibujante en la revista del Jockey Club, y con esa experiencia pasó después al suplemento cultural del diario La Prensa donde permaneció treinta años y se retiró ocupando el cargo de director de arte. Cuando lo convocaron de Emecé para el diseño de una colección de novelas policiales, ya venía con una carrera probada. Era un hombre de 42 años. Entre un centenar de libros, había ilustrado las cubiertas de Lunario Sentimental de Leopoldo Lugones y El espantapájaros de Oliverio Girondo, que habían batido récords de venta. Además, hacía colaboraciones frecuentes para las revistas Plus Ultra , Martín Fierro , El Hogar y Caras y Caretas ; y había trabajado como escenógrafo junto a Héctor Basaldúa en el Teatro Colón y a Antonio Cunill Cabanillas en el Teatro Cervantes. No sabemos de quién fue la idea de sumarlo a El Séptimo Circulo, pero mejor no podría haber sido.

“El diseño de la tapa nos gustó mucho y creo que le debemos buena parte del éxito”, dice Bioy en sus Memorias . El éxito no se discute, se vendieron hasta 14.000 ejemplares por mes. Tampoco el atractivo de las cubiertas: la grilla geométrica sobre la que se montaba la ilustración, el juego de luces y sombras que recortan fondo y figura en una simetría de colores plenos, hicieron de este rompecabezas la metáfora ideal para las novelas de estructura lógica perfecta que proponían Bioy y Borges.

Si bien al principio se pensó el dibujo de tapa como una viñeta, el mismo Bonomi reconoce en una entrevista que a la hora de encarar el trabajo no se dejaba atrapar por la anécdota, sino que buscaba elementos significativos de la historia que le permitieran simbolizar los conceptos centrales de la trama. Leía cada uno de los libros antes de sentarse a dibujar y hasta los títulos que fueron reeditados tuvieron cubiertas nuevas. Mientras en ese momento las novelas negras se valían de la estética amarillista del pulp fiction para ganar lectores, Bonomi apostó a una elegancia sutil que –a lo largo de los 304 números que le tocó diseñar– se hizo cada vez más sencilla en sus formas y compleja en su semántica.

El septiembre del año pasado el Museo Enrique Larreta le dedicó una retrospectiva, en la que los curadores Patricia Nobilia y Ricardo Valerga articularon sus pinturas de caballete con su otra obra, en el campo de las artes aplicadas. Y seguramente esta fue su primera gran exposición, el merecido homenaje que lo muestra de cuerpo entero.

Si como todo artista de su época, Bonomi ejercitó la plástica de manera autónoma, es decir, libre de cualquier condicionamiento externo al propio lenguaje pictórico; al ver reunido todo su trabajo, pareciera que la suya fue la otra vertiente de las vanguardias del siglo XX, la que buscaba unir arte y vida. Aunque se trate de una tarea incierta, y aunque en este intento se desdibujen los límites de lo que se consideraba Arte. El artista integrado a la maquinaria social, entendido como el constructor de una sociedad mejor. Y quien podría dudar de que el arte de sus tapas, que ahora vuelve a editarse, fue su gran aporte a la cultura visual de los argentinos.

“Extraña confesión” fue el noveno título de la colección, y uno de los preferidos por Borges.

“Extraña confesión” fue el noveno título de la colección, y uno de los preferidos por Borges.

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