Conversando con Sergio Renán – 19.06.2015 – lanacion.com

Viernes 19 de junio de 2015 | Publicado en edición impresa
Final abierto
Conversando con Sergio Renán
Por Verónica Chiaravalli | LA NACION
Era un lector atento de estas páginas. A veces hacía llegar su parecer, sus entusiasmos o alguna información valiosa, en pocas líneas o a través del comentario hecho a algún amigo en común. Siempre con la discreción que impone la cortesía; siempre dispuesto a prodigarse en una palabra de aliento. Cultivaba la cualidad encantadora de investir a su interlocutor circunstancial con una importancia superlativa. Conversando con Sergio Renán no era difícil caer en la ilusión de que, en el otro extremo de la línea telefónica, o allí mismo, detrás de la puerta de su despacho en el Teatro Colón, Pavarotti o Rostropovich podían esperar. Nada desviaba su atención de la respuesta finamente articulada, de la escucha concentrada que regalaba al otro.

Había nacido como Samuel Kohan en el seno de un matrimonio de maestros rurales que amaban el arte y anhelaban para su hijo la gloria. “Siento que toda mi vida fue un intento de honrar el proyecto que habían trazado mis viejos; de satisfacer esa necesidad de que yo fuera un hombre respetado y prestigioso. Y, en líneas generales, logré esos objetivos”, dijo, hace ya casi veinte años, a este mismo diario.

No siempre desplegaba Renán ante la prensa esa forma elevada del humor que es la capacidad de reírse de uno mismo; una autoironía sin crueldad que él dominaba. Sin embargo, en esa clave explicó, durante aquella entrevista, algunos hechos cruciales de su vida. Como la infancia que forjó su personalidad. “Crecí en un ambiente que reunía todos los ingredientes de la sobreprotección, donde reinaba la presencia femenina. Por otra parte, la información de que yo era un ser maravilloso me fue dada ni bien nací y a mí sólo me quedaba la tarea de demostrarlo, cosa que, siendo yo maravilloso, no era nada difícil sino más bien inevitable. Eso dificultó mi convivencia en la escuela y en cualquier otro lugar en el que me viera obligado a ser uno más. El colegio era un infierno porque, claro, aparentemente y por razones que me desconcertaban mucho, los demás no pensaban de mí lo mismo que mis padres y mi hermana”. O la elección de su nombre artístico, que terminó siendo su único nombre real. “Elegir la carrera de actor implicaba elegir un nombre supuestamente seductor (y generalmente cacofónico). Cuando tenía 17 años el nombre de Sergio me gustaba y me parecía que casaba bien con el apellido del escritor Ernest Renan, cuya Vida de Jesús acababa de leer. El apellido no me atraía por la figura del escritor ni por el contenido de su pensamiento, sino por algo tan pueril como el hecho de poder leer en letra de molde: tal como dijo Renan? ¡Eso me encantaba!”, confesaba entre risas el hombre que, más allá de su imborrable legado artístico y cultural, deja también la huella afectiva de su conversación brillante y generosa.

vchiaravalli@lanacion.com.ar.

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