Amor y dolor en La Boca – 14.07.2015 – lanacion.com

Martes 14 de julio de 2015 | Publicado en edición impresa
Teatro Colón
Amor y dolor en La Boca
José Cura habla de su regreso, esta noche, en su doble papel de cantante y director escénico en Cavalleria rusticana e I Pagliacci
Por Cecilia Scalisi | LA NACION
«Cuando me fui en el 91, como todos los que se van, me fui enojado. ¡Es que nadie es profeta en su tierra!», recordó José Cura días atrás, al recibir la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento, sobre su regreso a la Argentina en 1999, ocho años después de su partida.
«Es que nunca me di cuenta de que cuando me fui en 1991 no era profeta en ningún lado. Ni en mi tierra ni en ninguna. De eso me di cuenta después -reconoció el consagrado tenor-. Cuando volví en 1999 vine con mucha sed de venganza.

Volví como profeta del mundo entero, pero salvo en mi tierra, y dije: «¡Ahora se van a enterar!» Y cometí el error más grande de mi vida, que fue vengarme. Me di cuenta de que estaba equivocado.» Dijo «lo siento» y sus palabras reverberaron en una larga pausa antes de concluir: «Este reconocimiento es la demostración de que estaba equivocado. No es que no era profeta en mi tierra. No era profeta». Ése es José Cura. Tan frontal como honesto en su reconciliación con el país, tan humano como dramático en el sentido operístico de la palabra. «Discutidor pero leal», como se definió frente a ese auditorio que celebraba su trayectoria.

Luego de su Otello, en 2013, regresará esta noche al Colón en el doble papel de cantante y director escénico para su puesta de Cavalleria rusticana y I Pagliacci (producción de la Ópera de Lieja) ambientada en Caminito, en La Boca. Tras varias horas de un ensayo general abierto en el que magistralmente conjugó su multiplicidad de roles, José Cura se dispone a dialogar con LA NACION.

-¿Por qué Caminito?

-Ambas historias admiten la dislocación y la intemporalidad sin caer en el sinsentido. ¿Por qué no Caminito, ese ombligo de Buenos Aires que con su cordón hundido en el Riachuelo está indisolublemente ligado a las mil y una historias de amor y dolor que, cien años ha, vivieron nuestros abuelos?

-¿La importancia de los nombres implica una relectura de la trama?

-En Cavalleria los nombres son determinantes para entender la metáfora de la obra. Quien se rebela contra el orden establecido se juega la vida. Empezando por Jesucristo. Un tal Salvador (en su diminutivo Turiddu), hijo de una tal Anunciada (Mamma Lucia), es traicionado por una Dolorosa (Lola) y vendido por una Santa (Santuzza). Todo sucede el domingo de Pascua y Turiddu se «entrega» durante ese rito pagano de la sangre que es un brindis.

-Has comparado a Turiddu con el chivo expiatorio de toda una sociedad.

-Desde que el hombre es hombre, el que sacude las aguas arriesga su integridad. Primero se intenta eliminarlo moralmente (calumnias, insultos, críticas), y si eso no basta, entonces la eliminación total. Turiddu se compromete con Lola antes de enrolarse y a su regreso la encuentra casada. Nadie le advirtió lo que estaba por suceder: el pueblo se confabula en un tácito acuerdo de omertà para que el más fuerte, Alfio, pueda adueñarse de Lola. Turiddu lo enerva hasta que lo reta a duelo. Alfio lo mata. Acallado el diverso, ya nadie habla del tema y el pueblo recupera una suerte de equilibrio.

-Hay ideas originales en el enlace de las historias. A parte del público le disgusta la «interpretación-régie». ¿Qué pensás al respecto?

-En mis puestas todo es discutible, pero no inexplicable: si Santuzza está embarazada de tres meses en Cavalleria, es lógico que, formando parte del mismo pueblo, en I Pagliacci esté de ocho meses. Si Alfio no muere en Cavalleria, es lógico verlo junto a una Lola cuya actitud arrogante muta en sumisión: una ocasión para denunciar la triste actualidad de la mujer golpeada. A Silvio le he dado un protagonismo de fil rouge (hilo conductor): su omnipresencia termina por insertarlo en el dúo con Nedda de una manera tan consecuencial que casi nos parecería ilógico que fuera distinto.

-Sobre Pagliacci hablás del «síndrome de Canio», ¿cuáles son las reflexiones del drama y qué sigue motivándote de él?

-Allí hay muchos aspectos del mundo del espectáculo, como la desesperación en la que caen muchas «estrellas» que terminan siendo descartadas. Aunque las dimensiones son otras, porque se trata de un pobre payaso de pueblo, Canio es un pobre infeliz al que sus mejores años se le escapan de las manos. Me motiva usar las penurias de mi viejo y amado payaso como una lección de vida. Su drama, que es el de muchos hermanos de profesión, un día podría ser el mío. Conocerlo de antemano, entenderlo, es el mejor antídoto.

-¿Por dónde debería pasar la renovación del género?

-Me gusta la fusión de lo estéticamente bello con una actitud actoral sincera. Creo que sólo cuando dejemos de ver en el escenario la cara del cantante y empecemos a ver la cara del personaje habrá teatro de ópera moderno.

-Por estos días se produjo un debate acerca de la programación del abono, con obras como Quartett, que algunos juzgan para otros ciclos.

-Me encantan las propuestas nuevas, creo que son necesarias. En el gusto estético nunca nos pondremos de acuerdo. Dicho esto, hay que poner las cosas en perspectiva. Vi Quartett. La propuesta estética me gustó mucho. Los problemas, si los hubo, creo que no pasaron por allí, sino porque una bella cáscara no basta para justificar todo. Usar grabaciones o cantar con micrófono no está reñido con un buen espectáculo, al contrario. Pero hacerlo en el Colón se antoja una falta de respeto a los que salimos al toro sin red. En ese sentido creo que la propuesta de Quartett, buena o mala, es para otro sitio, o al menos para otro ciclo.

-¿Qué te decide abordar la dirección de una ópera?

-Mi único requisito es creer en el libreto. Una condición que también como cantante hizo que me alejara de ciertas óperas cuyo libreto raya lo ridículo. Dramatúrgicamente me siento incómodo. Si la honestidad intelectual es tan importante para mí como cantante, tanto más como director, que no sólo tengo que creerme lo que hago, sino también convencer a los demás.

-¿Qué deseás que suceda con esta producción?

-Un viejo maquinista del teatro me dijo: hace 30 años que trabajo aquí y nunca vi a todo el teatro enamorado de una producción como en este caso. Ese amor es el que espero «golpee» al público.

Elencos y funciones

Cavalleria rusticana

Ópera en un acto de Pietro Mascagni con libreto de Giovani Targioni-Tozzetti. Elenco: Enrique Folger (Turiddu), Guadalupe Barrientos (Santuzza), Leonardo Estévez (Alfio), Mariana Rewerski (Lola), Anabella Carnovali (Mamma Lucia).

Pagliacci

Ópera en un prólogo y dos actos de Ruggero Leoncavallo. Elenco: José Cura (Canio), Mónica Ferracani (Nedda), Fabián Veloz (Prólogo, Tonio), Sergio Spina (Beppe), Gustavo Ahualli (Silvio).

Producción de la Ópera de Valonia, Lieja.

Dirección musical de Roberto Paternostro; dirección de escena, escenografía e iluminación de José Cura; vestuario de Fernando Ruiz. Orquesta, Coro Estable y Coro de Niños del Teatro Colón.

Teatro Colón

Cerrito 618. Hoy, pasado mañana, el viernes, el sábado y el martes 21, a las 20..


Cura en pleno ensayo de su personal versión de I Pagliacci, ambientada en Caminito. Foto: M. Parpagnoli / Teatro Colón

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