José Cura y la fascinación por el arte detrás de las máscaras – Arte y Entretenimiento

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CULTURA
José Cura y la fascinación por el arte detrás de las máscaras
A poco de presentarse en el Teatro Colón de Buenos Aires con dos obras clásicas del Verismo, habla sobre su carrera y sobre lo que sigue fascinándolo en escena.
EL UNIVERSAL martes 14 de julio de 2015
Buenos Aires.- Desprecia los divismos, prefiere mantener las soberbias a distancia, critica la fugacidad del éxito que impera en el mundo del espectáculo y hace de la cultura del trabajo detrás de los telones un monumento: el nombre del argentino José Cura, que vivió una carrera meteórica como tenor y supo ser celebrado en multitudinarios escenarios, nunca dejó indiferente a los críticos.

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La historia de José Cura parece haber estado siempre marcada por las inquietudes y las búsquedas (Cortesía)

A poco de presentarse en el Teatro Colón de Buenos Aires con dos obras clásicas del Verismo, habla con Dpa sobre su carrera y sobre lo que sigue fascinándolo en escena.
Su historia parece haber estado siempre marcada por las inquietudes y las búsquedas. Comenzó a estudiar canto como herramienta para dirigir, partió de su Argentina natal a comienzos de los 90 por la falta de oportunidades, recaló en un convento en el Piamonte italiano en el que embotellaba vino para misa, continuó viaje llamando a puertas en Europa, y de pronto aquello que había llevado como herramienta lo hizo saltar a la fama: fue catapultado a los grandes escenarios y era celebrado como «el tenor del momento».
Hoy, tras haber vivido tanto extasiados elogios como fuertes embestidas desde las butacas, sus 54 años lo encuentran trabajando como cantante, director de escena y director de orquesta.

-¿En cuál de esos roles te sientes más a gusto y en cuál más reconocido?
-Hay gente que dice, bromeando, que como «regista» o director de orquesta soy mucho mejor que como cantante. A mí eso me encanta, porque si como cantante soy, al menos, discretamente decente, quiere decir que como regista algo hago bien. Y como artista me he sentido más a gusto en el rol del conductor, es decir, tanto en la dirección de escena como en la dirección de orquesta. Ha sido mi vocación siempre, y ha sido uno de los rasgos de mi personalidad, según mis maestros, que cuentan que de niño siempre era el líder que iba adelante y se ligaba los aplausos y también las patadas.
En mi calendario, el trabajo como director de escena ya corre en paralelo al de tenor y director de orquesta. Ya no es una casualidad, lo cual me tranquiliza porque, por una cuestión cronológica, el cantante tiene que dejar paso a otro tipo de actividades ante el hecho de que la voz, asociada al físico y no sólo a la intelectualidad, va perdiendo las luces y cualidades que tenía cuando eras joven.

-El tenor tiene la posibilidad de pasar con los años a roles de barítono. ¿Lo evalúas como posibilidad?
Cuando a las sopranos las voces se les ponen más oscuras, empiezan a cantar de mezzo y nadie se escandaliza, pero cuando uno empieza a cantar de barítono, hoy por hoy, parece que es un drama mundial.
De todos modos, los puntos de vista son dos: uno como actor y otro como cantante. Me interesaría cantar de barítono porque son roles de un espesor psicológico mucho mayor que los de tenor, salvo excepciones que gozo muchísimo. Pero en general los roles de tenor suelen ser de muchachito de la película. El espesor psicológico es menos profundo que el de los barítonos, que siempre son en la ópera los que tienen problemas, conflictos, dramas personales y ofrecen mucho para escarbar, que es más divertido para el actor.
Pero personalmente, si logro afirmarme en mi calendario de director de escena y de orquesta, luego de haber cantado 25 años internacionalmente y casi 35 en total, no me dolería especialmente tener que cantar muy, muy poco. Porque lo ideal es entrar en otro tipo de actividades cuando todavía tienes el tiempo y la fuerza, y que no se diga el día de mañana: empezó a dirigir porque no tenía más voz, sino que naturalmente empezó a cambiar una cosa por la otra.
Poder hacer ese cambio paulatino es un privilegio que me he ganado con trabajo, luchando contra preconceptos, contra gente que te ve de una forma y no de otra. No es que por ser famoso haces lo que quieres.

-Ahora te presentas con Cavalleria Rusticana y Pagliacci, tanto como cantante, en el rol de Canio, como el de director de escena. ¿Cuál es, hoy, tu punto de encuentro con obras tan escuchadas?
-El Verismo nace con personajes tierra a tierra, que sangran, sudan, insultan, lloran. Esa profundidad psicológica es muyo mayor que un personaje ideal. No puedes psicoanalizar a dios. Psicoanalizas a la gente que tiene problemas. En ese sentido, entrar en la cabeza de personajes del Verismo es mucho más fascinante que entrar en la cabeza de un personaje mítico.
Además, Mascagni y Leoncavallo, como autores de las obras, estarán en escena. Mascagni paseará por las calles de lo que en esta puesta remitirá a un barrio de Buenos Aires y recogerá en esas «calles» ideas para escribir su obra, viendo cómo la gente vive, llora y ríe. A su vez, los autores presentarán su composición en escena y les dirán a los espectadores: ámennos u odiennos por lo que somos, y no solo por nuestra máscara, que también somos personas como ustedes, que sufrimos y lloramos.

-Hoy conductor y ayer cantante rompecorazones, como te rotularon tantas veces. ¿Cómo te llevas con ese pasado?
-No existirían las segundas obras si no fuese por las primeras. Lentamente mi madurez artística se fue creando, y fue creciendo el verdadero artista y no el producto comercial en el que me habían transformado en la década del 90 por reglas del show business. Una cosa es un producto comercial y otra un artista. Cuando finalmente ese momento, gracias a dios, terminó (a veces que termine no es malo), pude decidir con serenidad que sería un artista y no sólo un producto.
Yo miro atrás, a la década del 90, y veo lo que hice bien y lo que hice mal, pero también la miro con mucha gratitud porque fue gracias a esa década fuerte, de emociones y de momentos, que hoy soy lo que soy.
Toda semilla tiene su momento de gran crisis. Para una semilla en la tierra, la crisis es el momento en el que revienta, el calor de la tierra la pudre, empieza a salir el primer retoño, y todo eso a la semilla muy probablemente le duela. Y es justo que así sea, porque, si no, no habría árbol.

-¿Qué sigue teniendo en común el Cura que embotelló vino de misa con el Cura de hoy?
-Que hoy estoy donde haya que estar. Ya sea con los técnicos, los iluminadores o lo que sea. Si hay algo que resolver, lo hago. Y cuando hay que meter las manos en la fosa séptica, tampoco le huyo. Lo hago con autoridad pero con respeto.

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