La melena engominada de Martha Argerich – 02.08.2015 – lanacion.com

Domingo 02 de agosto de 2015 | Publicado en edición impresa
Crónicas de la selva
La melena engominada de Martha Argerich
Por Hugo Beccacece | Para LA NACION
Fue uno de los momentos más conmovedores de la estadía de Martha Argerich en Buenos Aires. La Fundación Judaica y el Museo Judío de Buenos Aires le otorgaron a la pianista el premio Barón Hirsch por su trayectoria y en reconocimiento por el papel de embajadora de la cultura argentina y del “valor universal de la paz” que despliega en todo el mundo. Los organizadores habían invitado al acto y al cóctel posterior a no más de cincuenta personas, entre los que había sobre todo amigos de Martha.

“Quisimos que este fuera un acontecimiento lo más íntimo posible, que nos sirviera de reflexión”, dijo Simón Moguilevsky, rabino de la sinagoga de la calle Libertad, al lado del Museo Judío. En la ceremonia, habló también el rabino Sergio Bergman, que destacó el hecho de que en Martha se conjugan la antigua tradición del pueblo judío, la historia familiar y la de la nación. Antes de la entrega del premio, Argerich visitó el templo, conectado por un pasillo con el museo. Martha evocó con mucha emoción a su madre, Juana Heller: “Lástima que no esté mi mamá hoy aquí, ella tuvo que ver con todo lo que soy”. Juana nació en Villa Clara, en las colonias judías del barón Hirsch, y se vino a Buenos Aires para seguir el colegio secundario, porque en Villa Clara no había secundario en aquel tiempo.

En ese anochecer de evocaciones, lo que más alegría le causó a Argerich fue la presencia de una amiga de la niñez, Elena Nardo, a la que no veía desde hacía muchísimo tiempo. Cuando Martha la vio, su cara se transfiguró de alegría. Las dos se quitaban la palabra entre risas para contarse la una a la otra los días pasados en el jardín de infantes, las anécdotas del barrio en el que habían pasado la infancia, las amistades comunes, los maestros. Elena comentaba con mucho entusiasmo cómo las compañeras del jardín de infantes, entre las que ella se contaba, estaban asombradas de escuchar a Martha tocar de oído cualquier melodía en el piano a una edad en que ni siquiera tenían fuerza para levantar la tapa del teclado. Elena y Martha iban a dormir alternadamente la una a la casa de la otra. Se entretenían con muchos juegos, pero el preferido de Elena era cortarle el pelo a Martha. Según parece, Elena siempre padeció o gozó de un “síndrome de Dalila”. Confesó: “Desde chica me encanta cortarle el pelo a todo el mundo. Así que Martha venía a casa con el pelo largo y se iba a la suya con el pelo cortado y peinado a la gomina”. ¿Alguien se puede imaginar la melena actual de Argerich engominada?

El sábado y el domingo de la semana pasada, Argerich y Barenboim tocaron dos obras para dos pianos, Seis estudios canónicos, de Schumann y En negro y blanco, de Debussy. Hasta el sábado, nunca había escuchado En negro y blanco en una sala de conciertos, conocía la obra por grabaciones; sin embargo, una vez, en la década de 1960 la había escuchado, de manera absolutamente imprevista, en la casa del compositor, pianista y clavecinista Pedro Sáenz. Él había organizado una reunión en su departamento a la que asistieron, entre otros, Manuel Mujica Lainez y el Mono Villegas, uno de los pianistas de jazz más personales y populares de aquella época. Pedro tenía en la sala de recibo un piano de media cola, al que, en esa oportunidad se había sumado un clavecín. Habitualmente el clavecín estaba en la casa de un pariente, pero, por un problema de refacciones, lo habían trasladado temporalmente a lo de Sáenz. A la hora del café y los licores, “Manucho” dijo: “¡Qué lástima que no haya dos pianos para que ustedes toquen algo!”.

“Eso se puede arreglar porque tenemos dos teclados”, dijo Sáenz. Y de un mueble donde tenía una serie de ediciones para piano, sacó En negro y blanco. “¿Te animás?”, le preguntó al “Mono” Villegas. “Claro que sí. Esa obra es fantástica. No hay críticos. Nos arreglamos como podemos. Nos vamos a dar el gusto.” Y se lo dieron y nos lo dieron. Pedro en el clavecín; el “Mono” en el piano. Por supuesto, la versión que ¿interpretaron o improvisaron? fue única. Cuando Villegas no acertaba con la lectura de un pasaje, lo “completaba” a su manera. En realidad, crearon una obra completamente distinta. Con todo, Debussy estaba presente..

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