Grimson: “Al peronismo le cuesta entender la Ciudad y viceversa” | Diario Z

Diario Z | Domingo 18 de octubre de 2015 |
Palabras urbanas
Grimson: “Al peronismo le cuesta entender la Ciudad y viceversa”
En Mitomanías argentinas, el antropólogo desglosó algunos clichés de la idiosincrasia nacional. Su recorrido abarca las tensiones de la ciudad de Buenos Aires con el resto del país.

Por Juan Pablo Csipka
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Grimson

Los mitos, presentes en cada sociedad, tuvieron un rol preponderante en la Argentina. El antropólogo Alejandro Grimson examinó lo que dio en calificar como “mitomanías” a ciertos vicios del país que se dan por supuestos, como “el granero del mundo”, “la nación católica” o la relación de la ciudad de Buenos Aires con el interior. Mitomanías argentinas lleva agotadas ya varias ediciones desde su aparición, desmenuzando ciertos vicios de origen.

¿Por qué el empleo del término mitomanía?
Viene de la psicología, pero yo lo tomé en otro sentido, apuntando al mito no sólo en el plano de la creencia popular o falsa. Busqué llevarlo al nivel de la manía y la obsesión, porque los argentinos somos mitomaníacos, vivimos rodeados de mitos que generaron un laberinto cultural y no hallamos aún la salida.

La dicotomía capital vs. interior parece haber modelado mucho al país…
Es el viejo problema del centralismo argentino. Ha habido un engreimiento de sectores porteños que piensan a la ciudad blanca, homogénea, cosmopolita, enfrentada a un interior bárbaro. Pero también hay una mirada inversa. Desde afuera de la ciudad no se comprende que la Villa 31 y la Recoleta conviven en el mismo distrito. En verdad, cuando uno habla de Buenos Aires, ¿de qué habla? ¿La ciudad? ¿La provincia? ¿El conurbano? A ver, el conurbano, ¿es el interior si la ciudad es la capital? No, no es ni capital ni interior. Quienes viven allí no son ni porteños ni provincianos. Ahí tenés una gran dicotomía y hablamos de una porción de territorio donde vive el 25 por ciento de los habitantes del país.

¿Es una de las mayores dicotomías?
Sin dudas. En el imaginario se piensa a la capital como el lugar rico y seguro, y al conurbano, como el lugar pobre e inseguro. La dicotomía borra los matices. Si pensamos así, ¿qué lugar ocupan Morón y Banfield?, ¿dónde los ponemos? Si bajás al territorio ves que la dicotomía no funciona. Pero nos manejamos en términos absolutos. Eso es lo que hace la mitomanía, homogeiniza todo y anula la diversidad.
Pensás esas ideas como ocultadoras…
Totalmente, porque la mitomanía tapa la diversidad y los matices. Simplifica cosas que son complejas. Eso hace que no veamos que la ciudad tiene su interior y el interior tiene centralidad.

En la capital se afianzaron un montón de supuestos atributos: la avenida más larga, el río más ancho, ¿son cosas que potencian la mitomanía?
Sí. En el fondo no son más que frases hechas. Buscamos ser los mejores a partir de una lista de estupideces. No es lo mismo sentir que tu abuela hace las mejores milanesas del mundo que sentir que las milanesas que más te gustan son las de tu abuela. Son dos cosas totalmente distintas. Si pensás, lo segundo está bien, por un tema de sentimientos, pero si te aferrás a lo primero, te inscribiste en el mundial de la milanesa, porque pensás en términos de competencia. La argentinidad al palo de la que habla la Bersuit, ¿no? En fin, supongamos que sí, que el mundo entero nos aplaude porque Rivadavia es la calle más larga del planeta. ¿Eso cambia algo? ¿Va a haber más o menos pobreza con ese dato, una democracia de mayor calidad? La respuesta es no, no modifica la realidad. Pero nos atamos a esas creencias.

¿La realidad suele desmentir esos preconceptos?
Te pongo un ejemplo. En el índice de desarrollo humano de la ONU, sobre 183 países, estamos en el puesto 43. Para la prensa opositora será una tragedia y la oficialista lo verá como un éxito. La realidad dice que quedamos en el 25 por ciento más importante, seríamos la clase media de los países, ni ricos ni pobres. Ahora, andá a mostrarle ese indicador a un porteño de ley. Llega a ver que abajo nuestro está Paraguay y se brota, le niega rango de país. Es una dimensión problemática. Cuando buscamos ser los mejores del mundo, le sacamos status de rival al que está abajo.

¿Es tan así?
Fijate en el fútbol. En el Mundial de Brasil parecía que nuestro grupo era muy fácil, que el Mundial comenzaba en la segunda ronda. No fue un grupo fácil y se desdeñó a los rivales. En el mundo hay casi 200 países y el Mundial lo juegan 32, los que llegaron es por algo, ¿no? Encima salimos subcampeones y no falta el que tilde eso de fracaso.

¿La ciudad ha sido un gran faro o eso se magnificó al nivel de un mito?
La capital tuvo una enorme influencia, es indudable, como que también se perdió algo de eso. Y lleva al “todo tiempo pasado fue mejor” y a la nostalgia. Y a preguntarse, ¿cuándo fue mejor ese tiempo pasado? Unos te dirán que en el Centenario; otros, que en el primer peronismo; otros, que antes del golpe del 76… ahí se ven distintos significados en cada relato. Yo me detengo en el Centenario. Un tercio de la población era analfabeta. ¿Era tan bueno ese país? Es cierto que había menos escuelas y hospitales, era otro mundo, pero si estuviésemos allí, creo que la pasaríamos mal. Y por otro lado, si todo tiempo pasado fue mejor, ¿cuándo dejó de ser bueno? ¿Con el golpe del 30, el del 55, el del 76?

¿Y cómo se sale de eso?
Hay que problematizar de otra manera; yo cuestiono las miradas simplificadoras de la historia. Sarmiento logró algo muy importante: la escuela pública. Y también consiguió otra cosa: que sigamos hablando de civilización y barbarie, la gran dicotomía que inventó. Ahí nació el laberinto cultural argentino. Nos aferramos al “todo tiempo pasado fue mejor” porque nos alfabetizamos antes que los otros países de América Latina y esa brecha no existe más; nos alcanzaron y nos cuesta superar eso.

¿Quién tuvo mayor responsabilidad en la dicotomía de la ciudad vs. interior?
Ha sido siempre una relación asimétrica, con visiones sesgadas de ambas partes, pero la ciudad tuvo el poder histórico de décadas, ha sido la capital y tuvo dispositivos para homogeneizar. Fijate que hace 20 años, ayer nomás, no te aceptaban en un canal de televisión si tenías acento del interior. Es un poder que se nota. El lugar de consagración de los artistas fue y sigue siendo la ciudad de Buenos Aires. Eso es un problema. A la ciudad le cuesta entender la heterogeneidad de un país muy diverso y al interior le cuesta comprender a la ciudad, pero no es una puja equivalente, porque los más poderosos tienen mayor responsabilidad en el malentendido, en provocarlo y mantenerlo.

¿Hubo una incidencia, en ese sentido, de la clase alta porteña?
La clase alta ha tenido un peso relevante, al punto tal de lograr que los inmigrantes tomaran el punto de vista de la Argentina blanca. Así se armaron estructuras de poder, y eso significa que primero hay estructuras de alianzas. Los padres fundadores pensaron una ciudad europea para hacer un país europeo, y esa idea sigue estructurando la hegemonía cultural argentina. Por ejemplo, muere una persona en una protesta en Buenos Aires y la noticia rebota en todo el país. Si pasa en Jujuy, no se entera nadie. También tiene que ver que los medios más importantes están en la capital, y ahí ves cómo se articula un dispositivo que da una visión del país. El centralismo pesó en aquello de que “Dios atiende en Buenos Aires” y hay que trabajar para desmontar esa noción.

¿Eso se traslada a lo político?
Se ve en la irrupción del peronismo. Los porteños se asustaron el 17 de octubre cuando vieron a los obreros. En 1945 no era nada fácil ir al centro sin saco y sin corbata, y ese día entraron cientos de miles y encima se mojaron en las fuentes de Plaza de Mayo. A mí me tocó ver la marcha del orgullo gay en Colonia, en Alemania. Era verano. Miles de personas metieron las piernas en las fuentes de la ciudad porque hacía calor y se tomaba como algo natural.

La ciudad ha tenido una relación muy tensa con el peronismo.
Hay una tensión, sin dudas. Al peronismo le cuesta entender a la ciudad y viceversa. Es una relación que no se da en otros puntos del país.

¿Hay símbolos que alimentaron esa tensión, como el Teatro Colón, por ejemplo?
Es un buen ejemplo. El Colón tuvo muchos usos, incluso para música popular y para los sindicatos. Una visión mitomaníaca diría que es europeizante; y otra, que se lo puede reivindicar porque no venimos de ninguna tradición, como decía Borges. En la medida que muchos sectores lo rechacen, pierden, porque tienen que lograr que su acceso sea para todos los que quieran acceder. Si ante el eurocentrismo ponemos el antieurocentrismo, estamos perdidos. Desplazar algo de su centralidad no tiene por qué significar irse a otro extremo.

¿Cómo se manifiesta hoy la dicotomía de civilización y barbarie?
Diría que en la bipolaridad entre “somos los mejores” y “somos los peores”, que son dos caras de la misma moneda, y es algo muy propio de los argentinos, que trasciende a cualquier gobierno, y no se puede desmontar en el corto plazo. Si tuviéramos una visión más compleja de la realidad, seríamos un mejor país, con mejores debates políticos. Mientras, seguimos futbolizando todo. Si me regalan un penal injusto, festejo; si se lo dan a mi rival, insulto. El problema es llevar esa lógica a la política.

Perfil: Doctor en Antropología e investigador del Conicet.Profesor en la Universidad Nacional de San Martín. Autor, entre otros, de Relatos de la diferencia y la igualdad y de Los límites de la cultura. Mitomanías argentinas fue un gran éxito fuera del campo académico. Publicó una continuación con Emilio Tenti Fanfani: Mitomanías de la educación argentina.

DZ/ah Fuente Redacción Z

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