Una degustación sonora en el museo

Clarín | Escenarios | 04/11/15
Una degustación sonora en el museo
Entrevista. El violinista Pablo Saraví ejecutará cada uno de los instrumentos restaurados que pertenecieron a Fernández Blanco.

Por Sandra De La Fuente

Pablo Saraví. Al rescate de los violines.

Pablo Saraví. Al rescate de los violines.

Será un concierto degustación”, dice el violinista Pablo Saraví sobre la presentación que hará el 3 de noviembre en el Museo Fernández Blanco. “Tocaré cada uno de los instrumentos que pertenecen a la colección de Fernández Blanco y que Horacio Piñeiro restauró. Quiero que el público pueda disfrutar las diferentes sonoridades”, dice, y sus ojos se iluminan al hablar de esa colección de violines en la que invirtió años de investigación. La degustación sonora servirá para presentar un libro precioso: Obras maestras de la luthería italiana. Instrumentos de Cremona, Piacenza, Milán y Venecia en la Colección Isaac Fernández Blanco . En cuidada edición bilingüe y un CD con obras interpretadas por el propio Saraví, este libro es un lujo que encandila con su papel ilustración y sus bellísimas fotografías.

–¿Cómo aparecieron esos violines?
–Pertenecían a Fernández Blanco, quien no sólo fue un reconocido coleccionista de arte hispanoamericano sino también, y antes que coleccionista de arte, un gran músico amateur. Estudió violín en Europa, con Eugene Ysaÿe, entre otros reconocidos maestros. Allá se conectó con luthiers y compró muy buenos instrumentos.

–Pero el Museo Fernández Blanco nunca realizó exposiciones con esos instrumentos.
–El problema empezó cuando él murió. Porque él fue el primer director del museo, pero los que lo siguieron privilegiaron otras colecciones. No es fácil exponer esos instrumentos. Y Fernández Blanco tenía, además del arte hispanoamericano, platería, imaginería, textil, numismática. Tenía de todo y cosas que ocupaban un volumen muy importante. Entonces, cuando la Ciudad compró el palacio Noel, el sitio en el que actualmente está el Fernández Blanco, la colección de instrumentos quedó relegada, representaba un problema al punto que uno de sus directores creyó que lo mejor era darlos como préstamo al teatro Colón para que se exhibieran por un tiempo. Pasaron 50 años hasta que volvieron al museo.

–¿Casi todos?
–Sí, porque uno había quedado guardado en una bóveda del propio museo, en un estuche de lujp. Era un instrumento que había ido al Colón pero que se había devuelto porque era el preferido de Fernández Blanco. Con el tiempo, se olvidó que el instrumento estaba allí.

–¿Pero vos supiste que estaba allí?
–No tenía certeza. En un libro de luthería inglés se menciona que ese instrumento lo había comprado Fernández Blanco, pero después no aparece en los registros. Hice una pesquisa a través de mis amigos expertos y concluimos que si no aparecía por ninguna parte debía estar aquí, en Buenos Aires. Era el que estaba en la bóveda. A partir de eso, decidí que había que recuperar todos esos instrumentos, que estaban en estado crítico.

–¿En el Colón estaban bien conservados?
–Estructuralmente estaban bien, pero guardados en vitrinas no aisladas ni del sol ni del hollín. Estaban ubicados en un sitio que daba a la calle Tucumán por la que pasaban tres o cuatro líneas de colectivos. Después de 50 años, los instrumentos estaban ennegrecidos. Apenas se veía la etiqueta. Pero además, nos dimos cuenta de que las atribuciones de cada instrumento no eran siempre las reales. 

–¿Cómo es eso?
–Es una práctica muy antigua en la luthería la de vender gato por liebre, ponerle etiqueta de un luthier cuando en realidad es de otro. 

–Una práctica muy antigua en todos los oficios.
–Sí, claro, pero en la época de Fernández Blanco había muchos instrumentos de calidad. Como no se sabía exactamente quién era el autor, se le ponía la etiqueta de quien se creía que era el más valioso. Es el caso de tres o cuatro instrumentos de la colección, que no tenían la etiqueta del autor real pero eran instrumentos buenísimos de otros autores, que pudimos rastrear e identificar. Cuando el Guarnerius guardado en la bóveda volvió a la luz, yo contacté a Horacio Piñeiro, el mejor restaurador que tuvimos en este país. El se había ido a vivir a Estados Unidos durante los años 70. Allí tuvo muchísimo trabajo y nunca regresó al país más que para visitar a su familia y pasear. Pero ahora, ya jubilado de su profesión, aproveché su visita y le hablé del Guarnerius. Me decía que era imposible que estuviera aquí, que yo estaba loco. Pero vino al museo a verlo y se entusiasmó tanto que se armó un tallercito en el museo para poder trabajar en la restauración de todos los instrumentos. 

Una degustación sonora en el museo

2 comentarios en “Una degustación sonora en el museo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s