Brecht, el eco de la insolencia | LA TERCERA

LA TERCERA (Chile) Cultura
Brecht, el eco de la insolencia
A 60 años de la muerte del dramaturgo alemán, tres de sus obras llegarán a Chile: dos a cargo de Marcelo Lombardero, y Happy end, dirigida por Alvaro Viguera.

Pedro Bahamondes Ch. 03 de enero del 2016

Llevaba semanas sin escribir ni una sola palabra. A inicios de agosto de 1956, Bertolt Brecht se desplazaba con dificultad en su vieja casa en el barrio Weissensee, en el ala oriental de Berlín, donde había retornado en 1949 tras 15 años de exilio. Releía Antígona de Sófocles, la versión del alemán Friedrich Hölderlin, y miraba con recelo el texto inacabado de El pequeño Organum, que a esas alturas parecía una migraña incurable.

El dolor no le permitía trabajar. Sus médicos le habían preescrito una dieta y un tratamiento inmunitario para la inflamación pulmonar que lo mantenía vigilado por una tropa de enfermeras. Y junto a su mujer, la actriz Helena Weigel, con quien había fundado el Berliner Ensemble en 1949, el dramaturgo y poeta alemán de 58 años, considerado el padre del teatro épico, planeaba viajar a Munich para visitar a un cardiólogo occidental. Brecht quería segundas opiniones. Pero ese 14 de agosto, a días de partir, la inflamación le provocó una trombosis coronaria y falleció en un sombrío hospital horas más tarde. 

El parte oficial de la República Democrática Alemana consignó que la causa de muerte había sido un “infarto agudo de miocardio”. Sin embargo, en 2006, para el 50° aniversario de su partida, el periódico berlinés Tagesspiegel publicó las grabaciones completas de un discurso de Erik Mielke del 1 de septiembre de 1956. Brecht había muerto hacía dos semanas, y Mielke, quien asumía la dirección de la Stasi, la temible policía secreta de la RDA, habló larga e irónicamente de los disidentes y quienes protestaban en Alemania Oriental contra la tortura. Entre ellos estaba el autor de La ópera de los tres centavos. Semanas antes, Brecht había publicado una columna acerca de la detención de dos intelectuales contrarrevolucionarios, cercanos suyos. Siempre había comulgado con las ideas marxistas, antibélicas y contrarias al nazismo, pero nunca militó en el Partido Comunista. Nunca quiso. Es más: en sus últimos años, se había empecinado en notar su oposición al régimen de Pankow y sus abusos. 

“Quería hacer una denuncia contra un dirigente de la Stasi -dijo Mielke, antes de tomarse una larga pausa que años después despertaría la sospecha sobre un posible asesinato- y después Brecht murió de un infarto”. Era cierto: el autor se había vuelto incómodo, un insolente, y tal vez la única forma de deshacerse de él, era curar de la peor manera su enfermedad cardíaca, arrojándolo al infarto. Su hija y albacea, Bárbara, fallecida meses atrás, nunca creyó esta versión, aunque sí admitió los errores médicos. Otros, como el gran experto en la obra de Brecht, Werner Hecht, declaró: “También yo habría supuesto que los comunistas debían de estar interesados en liberarse de un hombre que se había vuelto crítico respecto del régimen”. 

Este año, a 60 de su muerte, Brecht será recordado en todo el mundo, y tres obras suyas llegarán a Chile: el 8, 9 y 10 de enero, para el Festival Santiago a Mil, el argentino Marcelo Lombardero traerá Cabaret Brecht-Weill al CA660, un espectáculo con canciones y textos de Mahagonny Songspiel, la ópera que el músico alemán Kurt Weill compuso a partir de Devociones por el hogar, de Brecht, en 1927. También fragmentos de Happy end y La ópera de los tres centavos, las siguientes colaboraciones entre ambos. 

Una sucesión de escenas protagonizadas por seis actores retratan la vida en una ciudad despiadada. “Lo que Brecht propone es una transformación social en términos dramáticos, estéticos, éticos y políticos”, dice Lombardero a La Tercera. “Mahagonny es una crítica brutal al capitalismo, y lo increíble es que lo hace en un género elitista, como la ópera”, agrega el ex director del Teatro Colón de Buenos Aires, quien en junio, además, estrenará por primera vez en Chile la ópera Ascenso y caída de Mahagonny, la obra acechada por el nazismo en 1930. 

Usando como pretexto su propia versión del relato bíblico de Sodoma y Gomorra, con sonidos de jazz y ragtime, en Mahagonny Brecht vuelve a prenderle fuego al capitalismo. Lombardero, quien mostró el espectáculo en el Teatro Colón en 1994, y luego en 1998, 2000 y 2013, señala que “Jimmy Mahoney, el protagonista, dice que puede haber huracanes y tifones, pero no hay nada más destructivo que el hombre. Ese hombre medio, burgués, que lo único que quiere es hacer y deshacer con su dinero”.

Tres fugitivos bajan de un camión averiado en medio de la nada, y esperanzados en su fortuna y habilidad para los negocios, fundan Mahagonny, la parada estratégica para quienes vienen desde la California de la fiebre de oro, con los bolsillos llenos de dinero. Los tres bandidos se frotan las manos. “Su teatro épico cobra una vigencia despiadada cuando uno se plantea las contradicciones del sistema, que su autor vio en los años 20 y 30”, opina Lombardero. “El capitalismo en su etapa imperial, que es ésta, agudiza esas contradicciones y lo vuelve lamentablemente vigente”. 

El tercer montaje abrirá la temporada 2016 del GAM, en marzo. Dirigidos por Alvaro Viguera (Sunset Limited), ocho músicos y 15 actores encabezados por Gloria Münchmeyer y Gabriel Cañas, estrenarán por primera vez en Chile el musical Happy end, de 1929, también musicalizado por Weill y con textos de Elisabeth Hauptmann. “Es una de sus piezas más desconocidas, ni siquiera estaba traducida al español”, cuenta Viguera. 

Ambientada en Chicago en los años 30, un grupo de gángsters se enfrenta a un Ejército de Salvación en lo que parece ser una sátira a los finales felices del cine y la literatura, al menos en una primera lectura. “Hay una fijación de Brecht por EE.UU. y ese submundo mafioso que más tarde conocerá cuando se radique en Hollywood -añade Viguera-. Su legado teórico es perpetuo, y eso lo convierte en uno de los grandes autores del siglo XX, aún cuando varias de sus ideas no se sostengan por sí solas. Pero hay frases suyas que aún irritan al poder, como le gustaba hacer”, remata: “‘¿Qué es el robo de un banco en comparación con fundar uno?’”.

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