Ñ | Y la orquesta sigue tocando

Ñ | Escenarios | 06/01/16
Y la orquesta sigue tocando
Entrevista. Pese a los problemas de todo tipo que enfrentó en los últimos años, Ciro Ciliberto, programador de la Sinfónica Nacional, no pierde el optimismo.

Por Sandra De La Fuente

Hace ya 22 años que Ciro Ciliberto se desempeña como programador de la Orquesta Sinfónica Nacional. “Acompañé a Pedro Ignacio Calderón durante todos estos años. En 2011 me nombraron coordinador artístico y, desde que Calderón dejó la titularidad de la orquesta, tengo a mi cargo la programación general y artística de lo que pretendo que sea la Nueva Orquesta Sinfónica Nacional”, puntualiza tratando de desanudar los meandros de títulos y nombramientos con los que la burocracia estatal yerra a quien la roce.

Las palabras de Ciliberto suenan menos triunfalistas que en las entrevistas publicadas alrededor del 24 de mayo de 2015, a propósito de la inauguración del Centro Cultural en el que se convirtió el viejo edificio del Correo Central, cuando la Sinfónica creyó haber encontrado allí su sede. Sin embargo, Ciliberto encuentra en los días por venir la posibilidad de cumplir con el sueño de una orquesta con sede propia, con programación planificada plurianual, sin sobresaltos y sin deudas con teatros, editoriales ni artistas. Esta es la Nueva Orquesta Sinfónica Nacional de la que Ciliberto habla. “Es muy importante que una orquesta sinfónica tenga una planificación plurianual. Y ahora se abre la posibilidad de pensar en el tiempo, de dar previsibilidad”, dice.

–¿Por qué fue imposible hasta ahora?

–Tengamos presente que la orquesta no tuvo sede. Las programaciones dependían, entre otras cosas, de que se pudiera alquilar el Auditorio de Belgrano. Siempre fue un tema para la orquesta el tema de las deudas del Estado. Con deudas no se puede tener una agenda.

–Como Jorge Garrido, el escribano del gobierno, viste pasar más de una gestión nacional. ¿Qué cambios se produjeron?

–Para la orquesta fue muy importante que Calderón fuera titular desde 1994. Su figura tenía un peso particular y pudo atraer a una cantidad enorme de artistas internacionales.

–Tampoco hay que olvidar que eran los años de la convertibilidad.
–Pero también había un compromiso en el proceder que fue muy diferente al de estos años: los pagos se hacían a término. Es cierto que la convertibilidad y la falta de inflación permitía previsibilidad. Pero el problema mayor de la orquesta siempre fue la falta de sede: un organismo creado en 1948 y que hasta 2010 no se ilusionó con tener su lugar. Por eso muchos músicos participaron activamente en la asesoría de la construcción de la Ballena Azul. Todos deseaban el mejor resultado.

–¿Te parece que se consiguió?

–El ámbito estaba limitado a una estructura ya construida. En el patio donde los camiones descargaban las cartas se hizo un pozo. La otra parte del edificio quedó exactamente igual. Entonces, la embocadura del escenario ya tiene una limitación, más que eso no se podía ir. Se intentó alcanzar el máximo para hacer sinfonías que requieren orgánicos grandes.

–¿Qué pensás de la acústica?

–Es muy buena pero no está terminada de curar. Hay que saber que los moduladores acústicos que se han puesto allí van a empezar a funcionar a partir de febrero o marzo.

–Muchos críticos han mencionado algunos problemas, pero supongo que el hecho de que la orquesta no haya ensayado allí prácticamente este año también tiene que ver con el bajo rendimiento acústico de la sala.

–Sí, exactamente. La orquesta tiene que trabajar con el ingeniero acústico, Gustavo Basso. El estándar de la sala es excelente pero todavía no se tocó el techo de lo que puede dar. 

–La sala tiene unos mármoles que producen una reverberación molesta.

–Hay unos apagadores acústicos que resuelven este tema, pero todavía no se utilizaron porque la orquesta apenas hizo alguna vez un ensayo general en esa sala. La sala está muy bien pensada y esos mármoles sirven para una proyección máxima, pero claro, hace falta regularlos. Este tema ya se había estudiado.

–Aunque siempre se dijo que la Ballena Azul se hacía para que fuera sede de la OSN, la verdad es que la orquesta tocó allí pocas veces desde su inauguración. ¿Por qué razón?

–Porque había muchas actividades planificadas que tenían poco o nada que ver con la orquesta. Tampoco el lugar contaba con un director que hiciera una curación general y le diera tiempo y lugar a la orquesta. Cuando llegábamos a actuar, lo hacíamos con los problemas de no haber tenido más que el ensayo general allí, con martillazos que se escuchaban alrededor porque el centro no estaba terminado.

–Las orquestas hoy presentan diferentes formaciones según la obra, pero la sinfónica pareció siempre tocar con una posición fija, ¿podrá cambiar a partir de contar con esta nueva sede?

–En la Ballena ya hemos trabajado con posiciones diferentes. Por ejemplo, en la 11 de Shostakovich, los contrabajos se ubicaron al final, al lado de esos mármoles para que resonaran más. Pero para probar esas combinaciones tenemos que trabajar allí toda la semana.

–Hernán Lombardi, el nuevo director de medios, dijo que era una atrocidad haber creado una sala como la Ballena a metros del Colón. Entiendo sus razones pero no se puede omitir el hecho de que la Sinfónica necesitaba una sala. Y ese es un buen lugar. Ahora, ¿son suficientes las butacas para la Orquesta Sinfónica Nacional?

–Si el sistema de gratuidad continúa, habrá que hacer programaciones que tengan dos o tres funciones. La sala tiene características únicas, muy diferentes a las del Colón. Este auditorio está pensado como una forma de comunicación del siglo XX, diferente a la caja italiana que es el Colón. Comparto que habría que hacer un centro de estos en cada provincia, pero era imprescindible tener uno bueno como éste, en Buenos Aires.

–¿Estás de acuerdo con la gratuidad?

–El tema de discusión para mí no es la gratuidad sino los objetivos que se proponen para desarrollar una comunicación con el público. La OSN tiene responsabilidades que debe cumplir, de acuerdo con su decreto de fundación; entre las más importantes está el desarrollo y apoyo de intérpretes y compositores argentinos, además de estar en conjunción con el diapasón –la carta orgánica utiliza este término– internacional. Tiene que haber distintos programas, distintos desafíos. Tenemos que saber hacia dónde nos dirigimos y a partir de allí ver qué conciertos se hacen y, en tal caso, ver cuáles conviene que sean pagos o gratuitos.

–Parte de las funciones de la OSN eran los viajes al interior. ¿Viajaron mucho durante estos años de enfásis nacional y popular?

–Viajamos más en los 90, con los Encuentros Regionales de Cultura, que garantizaban la presencia de la orquesta en muchos lugares y nos daba previsibilidad. Hubo muchas giras. Después se perdió el plan global, pero se hicieron algunas giras importantes. Este año se tomó todo Santa Cruz, lugares con dificultades sociales muy serias, como Las Heras, una localidad que quedó desvinculada del foco turístico y del marítimo, una comunidad que mostraba la ausencia de motivación. 

–Hacia mediados de este año se hizo público el reclamo por falta de pago a Stefan Lano, el director invitado. ¿Se pudieron pagar todas las deudas de modo tal de comenzar a planificar una nueva etapa?

–No. Se le pagó a Lano, a Günther Neuhold y uno solo de los dos conciertos de Francisco Rettig. Pero no se les pagó a ninguno de los artistas que actuó a partir de agosto. El tema debe resolverse, es imprescindible para que se pueda concebir un proyecto con características sustentables. 

–Todo lo relacionado con la mudanza a la nueva sede fue manejado de manera muy engorrosa. ¿Cuándo empezó la orquesta a ensayar en la Ballena?

–Es que nosotros teníamos un tema contrarreloj: los concursos de los cargos vacantes, que se hicieron para segundo concertino y distintos solistas. Eran diez cargos que se concursaban, con difusión nacional. Y cuando llamamos a concurso pusimos como sede a la Ballena. Allí se hizo apenas una foto para dar lugar a la inauguración de la sala, pero la orquesta no estaba constituida como parte de ese centro. No fue sencillo desembarcar allí y tener una sala de ensayo. En parte, la entrevista que dio Lano, en la que contó las dificultades que él y otros artistas tenían para cobrar su cachet, trajo problemas hacia dentro de la orquesta. Hubiera sido sencillo explicarle a Lano que no se le podía pagar, que tuviera paciencia, pero nadie le habló y las noticias que llegaban eran siempre contradictorias. Se decía que ya se le había depositado el cheque, luego se desmentía esa información. En fin, todo eso llevó al enojoy a la entrevista que le hiciste en Clarín. Frente a esa situación apareció el clásico modo de señalar como enemigo a aquel que había mostrado el problema. La orquesta pasó a ser ninguneada y eso hizo que se retrasara la entrega de la sala de ensayos. La directora general de administración, quien tenía que resolver los pagos –y cuyo nombre todavía figura en la grilla, dentro de la estructura de la nueva administración–, mintió sistemáticamente. Fue un manejo lamentable. En ese sentido fue la peor gestión que vi en todos mis años con la orquesta. Sin ningún tipo de profesionalismo; sólo mentiras y falta de capacidad para resolver. Nosotros dijimos que no se había pagado, entonces no sólo dejaron de cumplir con los pagos al resto de los artistas sino que también nos pusieron trabas para la llegada a nuestra sala.  –A la protesta le llegó el castigo.
–Bueno, no sé si llamarlo así, pero las cosas se complicaron más. Ahora tenemos nuestra sala, pero lo que no logramos es saber dónde van a funcionar las áreas técnicas, el archivo, la dirección. No se mostró ningún interés por resolver eso. Nos dieron la sala y se desentendieron. Es absurdo. Lo normal de una gestión sería averiguar qué es lo que necesita la orquesta y brindárselo. Tuvimos que forzar que los concursos se hicieran allí porque hasta ese momento no estaba siquiera la decisión de que tuviéramos nuestra sede en la Ballena.

–En el medio de todo el caos, hubo un accidente con uno de los instrumentistas porque la sala no estaba del todo terminada, ¿no?

–Sí, es cierto. El cuerpo de arquitectos se portó muy bien, muy profesionalmente pero en el momento de empezar a trabajar, no estaban colocadas las barandas: sin el hábito de ensayar en esa sala, el contrabajista Garnero, que estaba parado en un plano alto, se dio vuelta sin darse cuenta de que estaba en el borde y se cayó. Se dio un golpe terrible, se lastimó mucho pero el instrumento amortiguó el golpe.

–El instrumento quedó destruido.

–Sí, fue tremendo y estamos todavía tratando de solucionar el pago del seguro. Como esa deuda hay muchas otras. 

–Supongo que suma al malhumor. Sin embargo, la orquesta pareció muy unida contra los medios que contaban estas cosas, que se quejaban por el nombre que se le había puesto al centro cultural.

–Es que para nosotros era central hacer un concierto con Martha Argerich, y los músicos entendieron que esa posiblidad se terminó cuando apareció en los medios la discusión sobre el nombre del lugar. Martha era la aliada estratégica que necesitábamos para tener sede. Lo primero que le dijo a la ministra de Cultura cuando la llevó a recorrer la sala fue que la Ballena tenía que ser para la Sinfónica.

–Pero luego se quejó de que no se le diera el nombre de un artista, un compositor. 

–Sí, pero ella insistía con que la sala fuera nuestra. No desconocíamos los otros temas, pero defendíamos el tener la sala. Nos desesperamos cuando supimos que ella cancelaba los conciertos. Para nosotros era una lucha por estar allí adentro, porque nunca sentimos que nos entregaban la sala: desaparecimos de la grilla en la sede. Parodi luchó por programar el 24 de mayo, porque hay que decir que también estaba la posibilidad de que no actuáramos ese día.

–¿Quién será ahora el director titular de la orquesta?

–No tenemos un nombre. La orquesta tiene su sistema de encuestas, vota y discute en reuniones globales y de comisión. Es un tema que tendrá que resolverse, pero la figura del director titular va desapareciendo en el mundo. Una orquesta debe tener todos los elementos básicos de producción para ofrecer algo sustentable. No es posible que un director venga sólo a resolver los problemas operativos. Aquí, el director titular se tuvo que encargar de todas las cuestiones administrativas y, si le quedaba tiempo, podía pensar en el sonido de la orquesta. Cuántos jóvenes talentosos fueron a dirigir orquestas del interior y sucumbieron por la burocracia. La Sinfónica debe tener un eje más profesional, proyectarse hacia lo académico. Ahora hicimos un convenio con la Universidad Nacional de Artes para que los instrumentistas puedan hacer pasantías, concursos con jóvenes directores, solistas, compositores, compositores y directores en residencia. El director principal invitado dará la identidad sonora de la orquesta.

–¿Quién será?

–Tampoco sabemos. Pero creo que 2016 va a ser una bisagra en este sentido. Con la orquesta su sede, planificando programas y trabajo a largo plazo, la Sinfónica Nacional tendrá un lugar en el mundo. 

Ciro Ciliberto.

¿Por fin en casa? La Orquesta Sinfónica Nacional, durante un concierto en la Ballena Azul del CCK. Creada en 1948, insólitamente nunca tuvo sede propia.

Y la orquesta sigue tocando

Ciro Ciliberto básico
Rosario, músico.
Tiene una larga trayectoria en gestión de organismos sinfónicos y de cámara y ha acumulado una vasta experiencia de conducción , colaborando con los maestros Juan Carlos Zorzi, Oleg Kotzarew y Pedro Ignacio Calderón. Integró la Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario, la Orquesta de Cámara Municipal de Rosario, y la Orquesta Juvenil de LRA Radio Nacional, ejerciendo sus coordinaciones artísticas. Integró diferentes jurados de concursos: Orquesta Sinfónica Nacional; Coro Polifónico Nacional; Premios Gardel a la Música Argentina; Creación de una obra musical inédita – Ciclo de conciertos de Música, entre otros.
Ciro Ciliberto básico

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