Sinfonía de solemnes oropeles

Clarin.com | Extra Show | Música | 20/02/16
Sinfonía de solemnes oropeles
Prima Donna.Una selección de la ópera de Rufus Wainwright subió en el Colón con más pompa que otra cosa.

Rufus Wainwright. Al frente de su "Prima Donna".

Rufus Wainwright. Al frente de su “Prima Donna”.

Sandra de la Fuente

Keep it simple, stupid! fue la regla de oro para el pop antes de que las producciones de Celine Dion se llevaran todos los premios hundiendo a su paso varios Titanics del pop.

Keep it simple porque “simple es eficiente”. Ese era el lema de Rufus Wainwright cuando a los veintitantos cantaba y tocaba el piano con el necesario desaliño de un artista pop y la afilada ironía de un experimentado misántropo.

El tiempo pasó y Rufus cedió a la tentación del “un poco más dulce, un poco más grasoso, un poco más dañino” de su Cigarettes and Chocolate milk, una de las tantas canciones perfectas que componía en los primeros años del nuevo siglo. Y aunque sus ironías todavía impactan estrellándose en disonancias sobre las teclas del piano y recorren los versos que canta, permanecen sólo como un sedimento cubierto por una espesa capa de solemnes oropeles.

El concierto sinfónico visual, los fragmentos de su primera ópera Prima Donna no respira ni un instante, agobiado por una falta de economía y una solemnidad que el pop siempre expulsó. Hilachas de Verdi, de Wagner, de Steve Reich y de Ravel con pinceladas de Andrew Lloyd Weber pasan por todas las filas de instrumentos.

Demasiados violonchelos para lograr un unísono en esa línea quebrada que, previsiblemente, sonará desafinada. El ejército de metales que puntea el bajo más básico alerta al oído de algo que nunca llegará, que solo fue un torpe derroche de recursos.

El conjunto instrumental y vocal pasa de la exigencia gratuita a la aburrida ramplonería sin pausa. Y la dirección de Bernardo Teruggi hace lo que puede por encontrar planos y jerarquías dentro de ese tejido enmarañado. Solo un dúo vocal acompañado por el piano solo, en clave de lied romántico, rescata del naufragio a este nuevo Titanic del pop.

Aunque encorsetados en el formato de concierto sinfónico vocal, los tres cantantes cumplen sobradamente con el papel que se les pide. Pero, nuevamente, la partitura se pelea con el texto: a juzgar por la partitura, la mezzo Guadalupe Barrientos -Régine Saint Laurent, la prima donna en el final de su carrera- todavía podría ponerse en la piel de los personajes más exigidos.

Por su parte, la soprano Oriana Favaro -Marie, la empleada- tiene unas líneas tan ampulosas que parece más dispuesta a competir con la diva que a acompañarla en su declinación. Y también hay que decir que las claras melodías del tenor Carlos Ullán impiden imaginar que ese hombre extremadamente dulce y sensible pueda ser el crítico conspirativo del que habla el libreto.

“Primero llevamos al público al precipicio que es la ópera. Luego lo traemos de vuelta al mundo de ‘una noche con Rufus Wainwright’, aclara o, mejor, justifica en las notas de programa el mismísimo cantautor.

Y aunque los arreglos orquestales no dejan de perturbar la comunicación directa, es cierto que un destello de esa ironía juvenil renace en la canción Argentina cuando, casi sin dejar de cantar y en el colmo del éxtasis, Rufus mira al público y aclara que está mintiendo, que él jamás visitó Montevideo. 

Sinfonía de solemnes oropeles

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