El hombre que nunca estuvo – 31.03.2016 – LA NACION

El hombre que nunca estuvo 
Pablo Gianera | LA NACION Jueves 31 de marzo de 2016
Hay ocasiones en las que la sucesión de los días parece corresponderse con una sucesión (correlativa) del individuo que transita esos días, como si ese individuo fuera alguien distinto cada vez. Debería explicarme.

No es lo más común que uno pueda volver a escuchar en disco un concierto en el que se estuvo como público. No lo es, por lo menos, en la música llamada clásica y cuando, además, la mayor parte del año se está a más de diez mil kilómetros de distancia de las salas europeas, donde suelen hacerse los registros. Sin embargo, hubo en estos días una excepción a esa regla. El sello Deutsche Grammophon acaba de editar el CD Live from Buenos Aires, la grabación del concierto que Martha Argerich y Daniel Barenboim dieron, juntos, a dos pianos, el 26 de julio de 2015 en el Teatro Colón. Existe también un registro en DVD de la actuación de 2014, que no llegué a revisar todavía. Volví a escucharlo estos días (puede descargarse también en el sitio Peral Music). ¿Era realmente el mismo concierto? No lo era para mí.

Pero claro que sí. En cierto modo, lo era. Ahí estaban las piezas de Robert Schumann, Claude Debussy y Béla Bartók. También estaba el riguroso eslabonamiento, no podría decirse invisible, pero sí tácito, entre cada una de ellas. Repasemos algunos datos. Los Seis estudios canónicos opus 56 de Schumann fueron transcriptos para dos pianos por Debussy, y, por su lado, En blanc et noir, de Debussy, tiene figuraciones y gestos de escritura que anticipan la Sonata para dos pianos y percusión de Bartók. Los Estudios de Schumann son un fascinante experimento que Argerich y Barenboim convirtieron en 2015 -y convierten en la audición renovada de 2016- en un pequeño milagro que consiste en reconciliar dos mundos: la escritura contrapuntística bien diferenciada con la más libre respiración cantabile.

El concierto y el disco se cierran con la Sonata de Bartók, pieza en la que la sensibilidad rítmica resulta crucial. Además, es posiblemente el ejemplo más perfecto de la escritura bartokiana para piano. Bajo ese afecto un poco masivo que desgarra las insinuaciones melódicas, la sonata está colmada de detalles mínimos. La obsesión por la transparencia que Barenboim proyecta a la orquesta es útil también en este caso: nada queda solapado. En el principio del movimiento lento, los pianistas logran la ilusión de que el tiempo se detenga y se ponga después de nuevo en movimiento, como si nunca se hubiera detenido, o como si nada hubiera estado antes en movimiento.

Todo en el CD de Deutsche Grammophon está entonces en su lugar. Todo menos yo. Esos detalles característicos que recordaba del concierto aparecían nuevamente en el disco, y aparecían no como novedad, sino, precisamente, como recuerdo. El recuerdo estaba intacto, pero la memoria del momento se había perdido, o por lo menos el registro discográfico no acertaba ahora a recuperarla nuevamente. Mi situación presente podría compararse con la de aquel que sabe una lengua extranjera sólo por fonética, conoce el sentido general del texto que dice o recita, pero ignora el matiz significativo de cada sílaba, de cada entonación. Ese matiz se había alojado para mí en algún lugar inaccesible en este momento.

El compositor inglés Cornelius Cardew, discípulo de Karlheinz Stockhausen, había elaborado una escueta teoría sobre este punto. Su especulación -llamémosla así- aparece en un escrito brevísimo que llamó “Ética de la improvisación”. Según Cardew, el registro de una improvisación no tiene más que un interés meramente documental, pero jamás artístico. Esto ocurre porque el hecho musical no consiste únicamente en aquello que sucede sonoramente: la improvisación está hecha también de la luz que había en el lugar en el instante o el rato de la improvisación, de la temperatura del ambiente, de sus olores. Creo que es posible traducir esos presupuestos a cualquier situación de concierto.

Dicho en esos términos, si yo, en la memoria, no estuve en ese concierto, fue porque intenté recuperarlo solamente por medio del sonido. Es posible que cuando irrumpa de nuevo el olor de la sala principal de ese día, aun su luz, vuelva a escuchar completo el mismo concierto que escuché el 26 de julio de 2015. Mientras tanto, no queda sino esta copia intelectual en blanco y negro, esta maravillosa mascarilla funeraria: el documento, el mejor posible dadas las circunstancias, de un par de horas que estoy ansioso por recuperar. El tiempo dirá, literalmente.

En cuanto a esta columna, por las dudas tampoco pienso volver a leerla. No sea cosa que, pasado el tiempo, me suene diferente o, peor, me parezca de otro.

El hombre que nunca estuvo – 31.03.2016 – LA NACION

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