Primer bailarín estrella del Ballet de Stgo: ‘Me retiro del ballet en un buen momento, cuando aún puedo dar lo mejor en el escenario’ | LA TERCERA

LA TERCERA (Chile) Cultura
Primer bailarín estrella del Ballet de Stgo: “Me retiro del ballet en un buen momento, cuando aún puedo dar lo mejor en el escenario”
Tras 27 años en la compañía, su principal figura anuncia su salida para dedicarse a la asistencia de dirección.

Rodrigo González M. 03 de abril del 2016

Es la tarde de un día agitado en uno de los principales despachos del Teatro Municipal. Pocos minutos antes terminaron los extenuantes ensayos del ballet Mayerling y Luis Ortigoza tuvo que enfrentar además un ambiente de curiosa crispación: ese día se les comunicó a los miembros del Ballet de Santiago que él abandona la compañía. Todos lo conocen de memoria y es probable que el propio Ortigoza haya visto pasar más cosas en el Teatro que cada uno de los integrantes de la compañía: lleva 27 años en el coliseo santiaguino y ha sido “primer bailarín estrella” desde el 2007, cuando la directora Marcia Haydée le dio esa posición.

Contemporáneo de su compatriota Julio Bocca (que nació en 1967, un año antes que él), Luis Ortigoza cree que no hay nada mejor que saber retirarse a tiempo, casi haciendo suyo el viejo consejo que suele repetirse a los boxeadores testarudos. El bailarín argentino radicado en Chile se irá, en todo caso, a lo grande y por eso decidió que la exigente Mayerling  es la mejor obra para decir  adiós.

Con música de Franz Liszt y coreografía de Kenneth MacMillan, la pieza es la dramática recreación del caso real del archiduque Rudolf, príncipe heredero de Austria que aparentemente se suicidó junto a su amante María Vetsera en Mayerling, el pabellón de caza que la realeza austríaca poseía los bosques de Viena. 

¿Por qué se retira?

Porque creo que estoy en el mejor momento para terminar mi carrera. Es una decisión que tomé  hace dos años. Siempre dije que quería irme estando en buenas condiciones físicas y que no quería extender más allá mi carrera de bailarín.  Mi último ballet iba a ser Manon para la temporada del 2015 y así lo comuniqué a la dirección del Teatro Municipal. Ellos me dijeron que aún no, que este año venía Mayerling y que esperara. Después de todo,  creo que es la mejor obra con la que podía irme: es un privilegio hacer esta creación de Kenneth MacMillan. No todas las compañías del mundo lo tienen en su repertorio y sin ir más lejos una vez Julio Bocca me dijo que nunca lo había podido hacer. Quiero que el público tenga la mejor impresión de mí  en la despedida, en un gran momento.

¿En términos de  físico, entonces, podía seguir?   

Por suerte nunca he tenido una lesión grande que me afectara la vida. Tengo la suerte de tener una musculatura muy apta para el ballet. Obviamente hay un desgaste con los años, pero no es que físicamente ya no me la pueda. Lo que pasa es que no quiero llegar a ese punto donde no esté bien en lo físico. Y debo decir que he conocido casos de bailarines que terminan mal en el teatro. 

¿Qué opina de su salida la directora Marcia Haydée?

Ella no quería que abandonara la compañía  y si es por eso tal vez podría haber seguido bailando. 

¿Lo persuadió para que siguiera?

Me lo decía, sí. Pero al mismo tiempo, respetaba mi decisión. Yo siempre me exigí mucho a mí mismo a la hora de pararme arriba del escenario  y le  tengo el suficiente respeto a la compañía y al Teatro  como para saber cuándo irme. Es el momento en que se dan todas las cosas: estoy en buena forma aún y  viene un ballet grande y exigente como Mayerling. 

¿Qué harás a futuro?

Voy a seguir trabajando en el Ballet de Santiago como asistente de dirección artística, que es algo que ya he hecho de alguna manera, pero ahora le dedicaré tiempo completo. Me gusta mucho entregar experiencia  a través de enseñanzas, de generación en generación. 

¿No le afecta el ego estar desde ahora detrás del escenario?

Por supuesto que tengo un ego y, de lo contrario, no me pararía cada noche frente a 1.200 personas, pero esta decisión no pasa por ahí. Siento que ya hice mucho, y muchas cosas bastante bien, y que eso el público lo sabe. 

¿Cómo evalúa su carrera profesional?

En realidad fui mucho más allá de lo que hubiera imaginado cuando recién empezaba en la escuela de ballet y soñaba con bailar las producciones que veía en el Teatro Colón. Me siento un privilegiado: trabajé con grandes coreógrafos y bailarinas y  tuve la oportunidad de hacer un repertorio que nunca se había presentado en Chile, con propuestas del mismo Kenneth MacMillan o Roland Petit (El joven y la muerte, en el 2014).

¿Hubo obras que quiso hacer y no pudo?       

Por supuesto, pero el repertorio coreográfico es tan gigantesco que uno no puede abarcarlo todo, Me hubiera gustado hacer La dama de las camelias de  John Neumeier o Petite mort de Jiri Kylian, pero no es algo que me atormenté. Por el contrario, soy muy agradecido de todo. Yo nunca me plantée metas específicas y de pronto me vi subiendo de una posición a otra en el Ballet de Santiago, casi sin darme cuenta. Lo único que tenía claro es que tenía que trabajar duro, pero por otro lado el ballet es mi vida y cualquier esfuerzo tenía sentido. Tenía claro que había nacido con un talento y que eso me facilitaba las cosas, pero también sé que el talento no es nada si uno no trabaja duro. Es un poco lo que les pasa a todos:  un deportista de alto rendimiento debe hacer lo mismo.

¿Tuvo muchas ofertas para salir de Chile?

Sí. Después de ser premiado en 1990 en la Competencia Internacional de Ballet de Jackson (Mississippi)  en Estados Unidos, me ofrecieron irme a otro país, pero siempre preferí permanecer en una compañía antes de hacer una carrera como bailarín freelance, dando vueltas en el mundo. Para mí era importante estar en una compañía que me daba oportunidades, como el Ballet de Santiago. Había mucha gente que no entendía, porque no me iba de Chile si es que afuera se me abrían oportunidades, pero yo ya una vez me había tenido que ir de Argentina y no quería volver a pasar por lo mismo. No quería despegarme otra vez de amistades y afectos.

¿Cómo ha visto la evolución del Ballet de Santiago durante los 27 años que lleva en él?

Creo que está en un gran  momento. Sólo puede estar en este nivel gracias, sobre todo, a dos directores: Ivan Nagy  en los años 80 y Marcia Haydée. Le dieron un profesionalismo capaz de hacer un repertorio internacional que sólo tienen las compañías más importantes del mundo. 

¿Le gustaría suceder a Marcia Haydée en la dirección del Ballet de Santiago si es que ella dejara el cargo ?

No estoy en posición de responder eso ahora. Prefiero ir paso a paso, despedirme bien como bailarín  y luego trabajar junto a Marcia Haydée en mi posición de asistente.

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