Una voz que maravilla – 21.04.2016 – LA NACION

Una voz que maravilla
Pablo Kohan | PARA LA NACION | Jueves 21 de abril de 2016
Habida cuenta de sus antecedentes y de su presente, y con los recuerdos intactos de los conciertos gloriosos que había ofrecido hace dos y hace cuatro años, siempre para el Mozarteum, todo sucedió como era de prever y, en una noche húmeda y desapacible, Joyce DiDonato, una vez más, maravilló al público con su canto, con su presencia y con su arte.

Pero hubo algo más. Hubo también un lugar, y no precisamente menor, para la sorpresa, para que el asombro, en su mejor versión, viniera a sumarse a todas las maravillas que podían intuirse que DiDonato iba a desplegar sobre el escenario. Y para que eso sucediera tuvo que estar sobre el escenario Craig Terry, un pianista fantástico que, además, enarboló un contagioso rostro de auténtica e intensa felicidad en cada ocasión que debió saludar al público. Si en las presentaciones anteriores, David Zobel había sido un acompañante insuperable para que la mezzosoprano desplegara su mejor canto, para la concreción del repertorio que DiDonato trajo en esta ocasión a Buenos Aires es difícil imaginar que se hubiera podido encontrar un pianista más apropiado que Craig Terry, completo, versátil y de una gran solvencia.

Según su costumbre, DiDonato incluye en sus conciertos obras poco o nada conocidas, conformando, en el total, una sucesión imprevisible de arias y canciones que hasta parecería carecer de alguna lógica musical o dramática. Sin embargo, cuando ella, con un total dominio escénico, comienza a hablar y a explicar sus pensamientos y razones para sus elecciones en esa virtuosa mezcla de italiano e inglés, además, desplegando simpatía, todo se revela razonable. Claro, más allá de sus palabras, sus sonrisas y el atractivo de sus vestidos diferentes para cada una de las partes del concierto, ella sustenta sus ideas sobre un canto insuperable. Cuando los mejores sonidos comienzan a emerger fluyentes y envolventes desde su más artística intimidad, todo surge natural, legítimo y milagroso. Su registro es amplísimo, desde el fa sostenido grave, del tercer canto de La maja dolorosa, de Granados, hasta el si agudo de las arias de Rossini. Pero no es la técnica vocal y el volumen de su caudal lo que puede admirarse de esta mezzo increíble, sino lo que es capaz de interpretar según las características de cada obra. Su muestrario es infinito y en su voz afloran todos los fraseos, lamentos, coloraturas, alegrías y colores según lo que sea necesario.

Las dos partes del concierto tuvieron un arranque español -tal vez lo menos relevante del concierto-, infartantes finales rossinianos y, en el medio, dos núcleos de alto voltaje, Shéhérazade, de Ravel, en la primera parte, y un repertorio supuestamente barroco, con arias de Handel, Giordani, Pergolesi y Salvator Rosa, en la segunda. Sin lugar a dudas, la interpretación que DiDonato y Terry hicieron del ciclo de tres canciones de Ravel fue de una exquisitez y un arte insuperables. Los toques sutiles y sin ningún apresuramiento del pianista estuvieron en un plano de igualdad -como debe ser- con la narración musical de los tres poemas de Tristan Klingsor que la voz debe llevar adelante. Una joya lo que estos dos artistas hicieron con esta obra dificultosa y bella, una verdadera obra maestra. Lo mismo sucedió con “Lascia ch’io pianga”, de Handel. Aunque aquí todos los elogios deben recaer en el canto sensible, profundo y emotivo de DiDonato.

La sorpresa, lo inesperado, vino con las arias antiguas del célebre libro de Alessandro Parisotti que caminan trabajosamente todos los estudiantes de canto. Luego de la primera estrofa de Caro mio ben, ofrecida como está en el manual de Parisotti, Terry comenzó a acompañar el canto con armonías que remitieron, sin escalas intermedias, a lo mejor de Bill Evans o, si se quiere, de Keith Jarrett. A las melodías imperturbables de Giordani, Pergolesi y Rosa, las acompañaba un pianista de jazz de una gran sensibilidad, con un refinamiento, un swing y unos toques maravillosamente colocados. La suma de melodías barrocas y armonías de jazz fue un hallazgo que arrancó aplausos tan espontáneos como atronadores. En los finales de estas tres arias, Joyce agregó alguna séptima mayor bien disonante y jazzística, y hasta alguna coloratura con delicadas blue notes ubicadas en el lugar exacto.

En el final, DiDonato cantó “Tanti Affetti in tal momento” para impactar con las endemoniadas coloraturas de Rossini. Las ovaciones arreciaron y, fuera de programa, el dúo Joyce-Craig volvió a sorprender con “I love a piano”, la canción de Irving Berlin; “Morgen”, de Richard Strauss (sí, DiDonato también puede cantar impecablemente canciones del repertorio conocido), y por último, ya definitivamente como si fuera una reunión entre amigos, “Over the rainbow”. Nadie puede prever el futuro, pero si el Mozarteum mantiene la periodización bianual y, en 2018, decidiera traer nuevamente a Joyce DiDonato, la felicidad (musical) está casi garantizada.

Joyce DiDonato y el pianista Craig Terry

Joyce DiDonato y el pianista Craig Terry. Foto: LA NACION / Gza. Liliana Morsia

Recital de Joyce Didonato, Mezzosoprano/ con: Craig Terry, piano / Repertorio: canciones de Pablo Luna y de Enrique Granados; Shéhérazade, de Ravel; arias antiguas de Giuseppe Giordani, Pergolesi y Salvator Rosa; “Lascia ch’io pianga”, de Rinaldo, de Handel, y arias de Semiramide y La donna del lago, de Rossini. mozarteum argentino / Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente

Una voz que maravilla – 21.04.2016 – LA NACION

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