El divino poder de la música y la poesía – 24.04.2016 – LA NACION

El divino poder de la música y la poesía
Hugo Beccacece PARA LA NACION Domingo 24 de abril de 2016
“Diva… ¡Divina!”, exclamó un espectador desde la platea del teatro Colón en voz bien alta para ser oído en el escenario. “I love you, darling!“, le contestó la mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato, entre las risas de la concurrencia. Fue después de uno de los bises que la cantante ofreció el lunes en el concierto inaugural de la temporada del Mozarteum Argentino.

Rara vez una artista como DiDonato tiene una capacidad de comunicación tan formidable y tan llana, ya sea cantando o dialogando con el público. En otro momento del recital, antes de interpretar “Caro mio ben”, de Giuseppe Giordani, la primera de tres arias antiguas, dijo que por esa aria pasan todos los estudiantes de canto: “Sé que hoy hay varios allá arriba. Les dedico esta pieza”. Fue la gran sorpresa porque DiDonato, acompañada por el estupendo pianista Craig Terry, cantó el aria en un arreglo de jazz. Y el jazz continuó con las otras dos arias antiguas (“Se tu m’ami”, de Pergolesi, y “Star vicino”, de Salvator Rosa). Al final, hubo más jazz, en los bises, con canciones de Estados Unidos. DiDonato explicó que hace unos años, Terry y ella debían presentarse en Chicago y, durante un descanso en un bar, él le confió en busca de complicidad: “Tengo una idea loca”. La idea loca era hacer las tres arias antiguas en versión de jazz.

El recital fue muy ecléctico. Hubo obras de los españoles Pablo Luna y Enrique Granados, de Giacomo Rossini, de Händel (“Lascia ch’io pianga”) y el ciclo de las tres canciones de Shéhérezade, de Maurice Ravel, en las que DiDonato y Terry se lucieron especialmente. El programa de mano del Mozarteum, con muy buen criterio, reproducía los textos de todas las obras en los idiomas originales y en traducción al español de Claudia Guzmán. La cantante se refirió con mucha gracia al exotismo de los poemas de Tristan Klingsor que Ravel musicalizó. Klingsor no omitió ninguno de los estereotipos del orientalismo. Si uno tuviera que explicar en qué consistió esa pasión occidental por lo oriental, bastaría recitar “Asie”, el largo poema de Klingsor con que se inicia el ciclo de Ravel: hay emperatrices, goletas de velas violetas, cielos de oro, turbantes de seda, visires, mandarines, asesinos sonrientes, verdugos implacables, rosas manchadas de sangre, y Simbad, el navegante de las mil aventuras.

El divino poder de la música y la poesía – 24.04.2016 – LA NACION

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