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Página/12 :: Jueves, 5 de mayo de 2016
MUSICA › UNA SOBERBIA PRESENTACION DEL CUARTETO ARDITTI EN EL TEATRO COLON
La música más allá de la complejidad
En la presentación del martes, el cuarteto (ampliado por la voz de la soprano Claron McFadden) buscó una expansión de los límites formales y planteó una ambición de ruptura, apelando de manera ejemplar a obras de Arnold Schönberg y Brian Ferneyhough.

Una caricatura de Beethoven, publicada en su época, muestra al compositor tocando el piano, con rostro sufriente, y a un conjunto pequeño de oyentes con expresiones crispadas, tomándose la cabeza o con visibles signos de dolor. La leyenda que acompañaba el grabado era: “El público disfruta un concierto de Beethoven”. La idea de que el sufrimiento enaltece –si no construye– al arte, y de que su reflejo en el mundo sonoro es la explicitación de conflictos que se refleja en una creciente complejidad, fue constitutiva de la historia musical a partir de la Edad Media, se cristalizó en el siglo XIX y no es ajena, si se lo piensa, al rock de finales de los ‘60 y comienzos de los ‘70 y algunas de sus herencias más actuales: Björk, Blur, Radiohead.

Gran parte de los movimientos artísticos, a lo largo del siglo XX, concientizaron esta complejidad y la convirtieron en estética. Brian Ferneyhough, un compositor inglés nacido en 1943, enruló el rulo que los autores de la década de 1950 habían dejado planteado, al pretender derivar todo lo que sonara en una obra de un pequeño conjunto de eventos presentados al comienzo. Esa gigantesca maraña de procedimientos nunca garantizó la calidad de la obra pero, en rigor, tampoco el sistema tonal funcional lo había hecho. Detrás, antes y después de esas técnicas, estaban –o no– el talento y la creatividad. Y Ferneyhough hizo que lo complejo deviniera ultracomplejo. Pero claro, nuevamente, allí está –cuando está– el arte. Resulta casi imposible, en todo caso, adivinar en sus partituras, e inclusive en el análisis de su música, la fluidez y el impulso con el que suenan. La poderosa comunicatividad, y hasta la naturalidad de lo que tiene lugar en el acto de la música, se edifica sobre lo que está en la teoría. Pero no es la teoría. O, por lo menos, no lo es cuando la interpretación está en manos de músicos como el Cuarteto Arditti y, lejos del último lugar en importancia, la soprano Claron McFaddden, que fue protagonista en el Cuarteto Nº 4 de este autor y en el que aparece como su fuente más evidente, el Cuarteto Nº 2 de Arnold Schönberg.

En la primera parte del concierto, el Arditti interpretó dos de los cuartetos de Ferneyhough, el tercero, con un primer movimiento que juega con la fragmentariedad y un segundo que a partir de una explosión fulminante, en su comienzo, plantea las más fantásticas simultaneidades de contrarios que puedan imaginarse, y el cuarto, con su deconstrucción de textos de Ezra Pound –realizada por el poeta Jackson Mac Low– y esa aparición inquietantemente fantasmal de la voz humana –de una voz que en muchos momentos deja de serlo y de palabras que se escamotean y transforman–. El Cuarteto Arditti, que, en estas obras, ha trabajado paso a paso junto al compositor, es mucho más que el típico intérprete de una música ya escrita y supuestamente cerrada en su partitura. Con una clase de compromiso mucho más frecuente en las músicas artísticas de tradición popular, las diferencias entre figuras de intérprete y compositor tienden a diluirse. Cuesta imaginarse, eventualmente, una relación más fructífera y cercana que la que Ferneyhough y el Arditti han plasmado a lo largo de casi cuatro décadas.

El segundo cuarteto de Schönberg, escrito entre 1907 y 1908, es una obra situada casi con exactitud en el filo de una frontera. Por un lado el gesto romántico es allí una presencia evidente. Por otro, ya desde la inclusión de la voz humana y de los textos de Stefan George, busca una ampliación de los límites formales y plantea una ambición de ruptura. Como en la totalidad de su obra, incluso en composiciones tardías como la ópera inconclusa Moisés y Aarón o su Sobreviviente en Varsovia, el eje pasa por la exacta tensión entre su afán modernista y su firme anclaje en las tradiciones musicales alemanas. También en este aspecto el Arditti y Fadden fueron ejemplares. Y es, que por ellos, una canción romántica funciona como canción romántica, por intrincada que sea, y un vals, aun el más enigmático y contrahecho, nunca deja de ser un vals.

10 – Cuarteto Arditti

Músicos: Irvine Arditti, Ashot Sarkissjan (violines), Ralf Ethers (viola), Lucas Feols (cello), Claron McFadden (soprano).

Obras de Ferneyhough y Schönberg

Ciclo Colón Contemporáneo

Teatro Colón, martes 3 de mayo.

El Cuarteto Arditti es mucho más que el típico intérprete de una música supuestamente cerrada en su partitura.

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