La mesa de los melancólicos – 19.05.2016 – LA NACION

La mesa de los melancólicos
Pablo Gianera  LA NACION Jueves 19 de mayo de 2016
¿Se comporta igual el botánico que estudia una flor en su laboratorio que cuando se pierde en la contemplación tirado en el pasto del jardín o del parque? Tenderíamos a imaginar que no (eso creía también Kant en unas páginas de su Crítica del juicio), pero no podemos asegurarlo.

Una de las tantas preguntas (y probablemente la más ingenua) que nos suelen hacer a quienes ejercemos la crítica musical es si escuchamos igual un concierto cuando estamos trabajando que cuando vamos como simple público. La respuesta es siempre la misma, que también ya escribí en esta columna. Las veces en las que voy a un concierto sin la obligación de escribir después sobre él tengo la ilusión de que estaré entonces más tranquilo, en plena disponibilidad; pero siempre falta algo: la beligerancia crítica con la obra (o la interpretación) provoca un tipo de atención minuciosa que se pierde de cualquier otro modo y que uno quiere más tarde recuperar.

Julio Palacio me dio una vez una lección sobre este punto de la que difícilmente me olvide. Julio no era estrictamente crítico. Trabajaba en esa ardua zona intermedia entre la crítica y la musicología que se llama musicografía. En cualquier caso, mantenía con la música una relación absolutamente profesional. Muchos de quien lean estas líneas y hayan ido al Teatro Colón en los últimos años habrán tenido en sus manos los programas firmados por él.

La escritura de Julio había logrado reunir elementos que no suelen darse juntos: el humor, el refinamiento del detalle característico y la agilidad de la inteligencia. Esto se notaba no solamente en esos programas de mano, sino también en muchísimos de los artículos de tono más periodístico (aunque él no se habría definido jamás a sí mismo como periodista) que fue publicando en revistas especializadas. La historia de la escritura sobre música no queda inscripta en los libros; espera en los archivos perdidos y repartidos de diarios y revistas. Tal vez por eso, aquí y en todas partes, resulta tan difícil enhebrar esa historia para darle un sentido. Hacerlo demandaría la pericia trabajosa y dedicada del investigador. Pero ésa es otra cuestión.

No me acuerdo cuándo conocí a Julio. Una vez me invitó a su programa en Radio Nacional. El horario era desalentador: creo que iba los domingos a las diez u once de la noche. Fuimos a comer antes a un restaurante chino que había (o hay) sobre Maipú. La lección a la que me refiero empezó ahí mismo. Me contó que tiempo antes había invitado a la radio a un musicólogo a quien los dos queríamos y respetábamos mucho. En un momento le preguntó: “¿Hay alguna música que te dé miedo? ¿Alguna que te sobresalte?” “No”, contestó el otro. La atención técnica, sin la cual el oficio resultaría impracticable, había anulado otras posibilidades de la recepción, menos confiables acaso, pero también más inmediatas. Para Julio, esa relación distante con la música era inaceptable, y recuerdo que me contó la anécdota con escándalo. Pero ésa fue la primera mitad de la lección. Faltaba el programa de radio.

Me había propuesto que habláramos sobre la melancolía en la música. Quedamos en que cada uno de los dos elegiría, sin consultarnos, tres piezas que nos provocaran por alguna razón melancolía. Después, hablaríamos sobre ellas al aire. Creo que yo opté por el segundo movimiento de la última sonata de Schubert y el Adagio del Concierto en sol, de Ravel; él, por Mahler y por el preludio de Tristán e Isolda de Wagner. Coincidimos en una: Lontano, de György Ligeti. No podría reconstruir lo que dijimos de esas obras, pero recuerdo una escena.

En los programas de radio suele ser habitual que, mientras se pasa la música, invitado y conductor, fuera del aire, charlen un poco, comenten y organicen el bloque siguiente. No pasó lo mismo esa noche. Mientras duró el preludio de Tristán, Julio se quedó inmóvil, como paralizado. No podría decirse que fuera a llorar; no había nada sensiblero en el asunto. Era como si volviera a enfrentarse con una emoción muy antigua, conocida, que aparecía de nuevo. Pienso ahora que tenía miedo, literalmente.

Poco antes de que muriera, en diciembre de 2008, comimos algunas veces con Gerardo Gandini. A propósito de ese programa de radio, Gandini había decidido llamar a esas reuniones ocasionales “la mesa de los melancólicos”. Hablamos de los ardides con los que los compositores se las arreglaban para propiciar en nosotros ese sentimiento del que más vale escapar. Julio se reía con admiración de las explicaciones de Gerardo. Ya no volví a verlo.

La mesa de los melancólicos – 19.05.2016 – LA NACION

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