Mariano Etkin: el músico que mostró la belleza del desierto – 26.05.2016 – LA NACION

Mariano Etkin: el músico que mostró la belleza del desierto
Pablo Gianera LA NACION Jueves 26 de mayo de 2016
Sin duda los más íntimos estarían al tanto de sus problemas de salud, pero para la mayor parte del mundo musical la muerte, ayer, del compositor Mariano Etkin fue una tristísima sorpresa. Junto con Gerardo Gandini, Francisco Kröpfl, Julio Viera y Marta Lambertini, Etkin, aunque más joven que ellos, integraba la primera línea, la de los precursores, de la música contemporánea argentina. Fue un auténtico maestro, primero por sus propias obras y segundo, por los innumerables músicos que formó en sus cursos de composición y análisis en la Universidad Nacional de La Plata.

Había estudiado con Guillermo Graetzer y fue después becario del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto Di Tella (Claem), donde trabó relación con Alberto Ginastera y Gandini. Más adelante tomó clases con Luciano Berio en la Juilliard School de Nueva York. En 2011, cuando se cumplió medio siglo de la fundación del Claem, hubo una serie de conciertos con piezas de la época. En uno de ellos, se pudo escuchar de Etkin su temprana Música ritual, y ahí resultó claro que era un compositor en plena posesión de una poética reconocible y singular. Quien tenga curiosidad puede revisar incluso otra pieza de esa época: la música que escribió para la película Los siete locos (1973), de Leopoldo Torre Nilsson.

De ademanes austeros y definiciones precisas, Etkin construyó su poética en línea con varios compositores estadounidenses, especialmente Morton Feldman, de quien viene su idea de concebir el despliegue de la música como una experiencia, digámoslo así, “territorial”. Nada de minimalismo había en él. Le gustaba decir que la repetición no existía y que todo en el arte consistía siempre en los desvíos. Basta para demostrarlo Cinfuncho, su obra maestra para violín solo de 1992, que no le debe nada a nadie. Pero en una pieza anterior, Camino de caminos (1989), para flauta contralto, clarinete bajo, viola, piano y voz, puede escucharse también el modo en que lo mínimo se niega a la tautología.

Arenas (a la memoria de Morton Feldman), de 1988, para piano solo, es otro caso. A pesar, o mejor dicho a causa, de su cercanía poética con el compositor estadounidense, este homenaje resulta también una declaración programática. Ya de por sí la palabra “arena” nos depara, además de su alusión indirecta a la fugacidad, la imagen de un paisaje desértico; allí, en esa aridez, todo parece inmodificado, mientras que en verdad cambia incesantemente. Como en el desierto, se producen imperceptibles accidentes, elevaciones, relieves.

La dedicatoria al compositor estadounidense no era entonces casual. Feldman definía este efecto como una “desorientación de la memoria”, la misma que podríamos sentir en un paisaje inalterado en el que cada signo es igual a los demás y por lo tanto nunca logramos ubicarnos con mínima precisión. Para Feldman, eso ocurría en Berlín, donde todos los edificios tienden a indiferenciarse. Para Etkin, mucho menos cautivo de una imaginación urbana, en las salinas. Como Borges, Etkin sabía que el desierto podía ser una variedad del laberinto. Nadie como él logró una belleza tan punzante en el trazado de su diseño.

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