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Paloma Herrera: “No quiero volver atrás”
La bailarina repasó en una extensa entrevista con Infobae los momentos clave que la llevaron a la cima de la danza clásica mundial. Recién a los 40 decidió decirle adiós a los escenarios y llenarse de proyectos. Su nueva vida, entre la docencia y una autobiografía

Por Joaquín Cavanna | 4 de junio de 2016

Paloma Herrera dijo adiós a los escenarios en noviembre del 2015 (Nicolás Stulberg)

Paloma Herrera dijo adiós a los escenarios en noviembre del 2015 (Nicolás Stulberg)
Paloma Herrera dijo adiós a los escenarios en noviembre del 2015 (Nicolás Stulberg)

La música de Jorge Drexler se acomoda en cada esquina del departamento de estilo inglés en Palermo Hollywood. Pasillo largo, techos altos, columnas blancas y un amplio y luminoso living gracias a la majestuosidad de sus ventanales. En el interior, la nada, vacío. No hay muebles, no hay mesas, no hay televisor, no hay cuadros. Un apartamento que respira una reciente mudanza. El escenario de una vida nueva. “Como ves, estoy recién mudada. Tengo todo en cajas y estoy feliz de haber encontrado este lugar. Yo buscaba por otra zona, pero encontré este lugar, desconocido, y me enamoré”, dijo su nueva y única dueña. Alguien que ya se acostumbró a eso de pisar terrenos vírgenes y desconocidos. Se trata de Paloma Herrera, uno de los grandes emblemas de la escena artística argentina y quien comienza a adaptarse a su figura de ex bailarina.

Pelo suelto, ropa holgada, actitud relajada y la sonrisa de alguien que parece haber protagonizado un nuevo nacimiento. “Me parece mentira ya no tener horarios tan estructurados. Ahora miro hacia atrás y digo: ‘¿Cómo hacía?’. Con todo lo que tenía que hacer, parecía que no dormía. Ahora puedo ir a espectáculos de ballet, rock, puedo ir al teatro, al cine. Es algo maravilloso”.

Herrera se entusiasma al hablar de su nuevo e inédito presente. Quizás sea una ilusión similar a la de sus siete años, cuando se anotó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón o cuando empezó sus clases de ballet con su primera directora y mentora Olga Ferri.

Quizás sienta el mismo nerviosismo que padeció a sus 15 años, cuando se mudó sola, lejos de sus padres, a Nueva York, tras ser contratada por el American Ballet Theatre , la compañía de danza clásica más prestigiosa del mundo. Quizás sienta el mismo orgullo que cuando tenía 19 años y se convirtió en la bailarina principal de ese mismo centro. Quizás sienta la misma nostalgia de su último baile, cuando interpretó la obra Giselle, en el Teatro Independencia de Mendoza.

“Ahora tomo real conciencia de lo que hice por las demás personas durante mi carrera”

Lo cierto es que, después de una carrera de 25 años y de haber alcanzado la cima en el ballet mundial, Herrera se prepara para tratar la la danza clásica desde su nuevo rol de docente y para afrontar nuevos proyectos, como la producción de su puño y letra de una autobiografía que se publicará en el 2017.

La ahora ex bailarina abandonó su residencia en Nueva York, volvió a instalarse en la Argentina junto a sus familiares y amigos de la infancia y recibió a Infobae para compartir los detalles de esta nueva vida.

–¿Cómo es el día después del retiro?

–La verdad, estoy feliz. No me lo imaginaba. Nunca me imaginé mi vida sin mi danza, sin mis funciones, sin mi entrenamiento. Pero cuando tomé la decisión, estaba totalmente convencida, no había vuelta atrás. Por eso lo hice con tiempo, lo decidí un año antes porque tenía que digerirlo yo primero y también el público. En el momento en que me retiré, estaba totalmente decidida.

–¿Qué fue pasando por su cabeza durante ese año?

–Cuando tomé la decisión, que hablé con mi director, ese día lloré muchísimo. Lo estaba haciendo realidad. Lloré y lloré. No podía creer lo que estaba diciendo, pero estaba convencida. Sentí que me había sacado un peso de encima. Había tomado la decisión, estaba hecho y estaba libre. El momento clave fue el de tomar la decisión. A partir de ahí, ese año fue puro placer.

Una postal única de su despedida del Teatro Colón, en el 2015 (Nicolás Stulberg)

Una postal única de su despedida del Teatro Colón, en el 2015 (Nicolás Stulberg)
Una postal única de su despedida del Teatro Colón, en el 2015 (Nicolás Stulberg)

–¿Y cómo se siente ahora sin eso que la ocupó casi desde los 7 años?

–Me encanta estar del otro lado del escenario. Muchas veces me ha pasado que salgo del teatro flotando mucho más que cuando yo bailaba. Digo “qué maravilla que no tenga que estar yo bailando y que pueda disfrutar con el arte de otros y ver que me llena de la misma manera”. Lo que más se me pasa por la cabeza es que ahora tomo una real conciencia de lo que yo estaba haciendo para otras personas. Ahora que estoy cada vez más del otro lado del escenario, les agradezco infinitamente a los artistas que voy a ver porque es algo imposible de expresar con palabras. Ahí digo “qué loco que eso hacía yo para otras personas”. Ojalá yo haya tocado a esas personas como algunos artistas me tocan a mí ahora. Es por eso que no lo extraño. Todo lo que uno da, vuelve.

“Lo más lindo no era llegar a algo sino el trabajo que me llevaba llegar a allí”

–¿Qué hace ahora con tanto tiempo libre a disposición?

–Me parece mentira no tener horarios tan estructurados. De todos modos, sigo trabajando muchísimo. Además de seguir con las clases en todo el mundo, estoy escribiendo mi autobiografía, lo cual está siendo muy fuerte, un proceso muy, muy, muy interesante. Nunca en mi vida me puse a ver mis premios y de repente me encuentro con premio, placa, diploma, estatuilla, y digo “¡wow! Qué loco lo que viví”. Yo sigo teniendo muy fresco todo lo de mi carrera y es muy lindo poder volver a ver todos esos momentos y ser consciente de lo que uno hizo y cómo lo manejó. Mi carrera no fue talento y trabajo, fue muchísimo más, y eso a veces la gente no termina de entender. Hay tantos bailarines, y ¿cuánta gente dice en la calle que estudiaba danza cuando era chica? Todo el mundo… y muy pocos llegaron. Es mucho más que trabajar y tener talento. Es fortaleza física, espiritual, mucha entrega, pasión, y eso es lo que más valoro, más allá de los logros, los premios, las funciones.

–Al escribir la autobiografía, ¿qué le pasa por el cuerpo al recordar todos esos momentos tan únicos de su carrera?

–Lo tengo tan presente todo… Me acuerdo de detalles y además tengo mis agendas. Soy como un dinosaurio, no uso nada electrónico; tengo mis agendas de papel y tengo todos los detalles de cada día. Es muy loco volver ahí y recordarlo perfecto y poder vivirlo. Esa es un poco mi vida. Yo he vivido mi vida a full día a día, siempre supe que hoy estoy y mañana no sé si estaré. Y para mí eso fue la clave, fue mi llave fundamental para disfrutar y estar hoy acá y decir “no quiero volver atrás”. Sí, mis 17 fueron fantásticos, mis 19, cuando me eligieron bailarina principal del ABT; son momentos maravillosos, pero no volvería atrás. Los años nos hacen más maravillosos, más profundos, más llenos de cosas, y yo no volvería atrás para nada. Lo digo hoy, que tengo 40 recién cumplidos y me acabo de retirar.

La ex bailarina, junto a todos los recortes de revistas, diarios y las cajas de cartas de sus segudiores (Nicolás Stulberg)

La ex bailarina, junto a todos los recortes de revistas, diarios y las cajas de cartas de sus segudiores (Nicolás Stulberg)
La ex bailarina, junto a todos los recortes de revistas, diarios y las cajas de cartas de sus segudiores (Nicolás Stulberg)

–Ya en los últimos años de su carrera, ¿cómo se adaptó al vínculo con las nuevas generaciones de bailarines? ¿Influyó de algún modo en su decisión del retiro?

–Más allá de que yo siempre me quería retirar temprano, me di cuenta de que me faltaba mi gente, mi grupo, gente con mi misma personalidad, me estaba quedando muy sola. Yo fui de una generación de oro, un Julio Bocca, un José Carreño, un Angel Corella. Se fue retirando toda esa gente que daba todo en el escenario. Yo estaba en ese grupo de gente con el que se creaba una magia, era algo muy especial. Era algo único. Y de repente, cuando empecé a estar en los ensayos y las nuevas generaciones hacían un paso y después se quedaban mirando el teléfono, se iban, volvían, faltaban al ensayo. Esas cosas no me entraban en la cabeza. No lo compartía. Hay gente con la que no conectaba. De repente que una persona venga y le dé lo mismo ir a comprar batatas o ir a una función no me entraba. Para mí eso era un templo, era magia, era puro disfrute. Entonces, que a una persona le dé lo mismo ir o faltar… no sentía que me entendieran. Estábamos trabajando y era como que estábamos en otra sintonía. Me fue costando cada vez más.

–En cierto punto, ¿cree que las redes sociales e internet perjudicaron a los bailarines?

–En el escenario también pasa algo así. Para mí, uno está en el escenario, se concentra todo el tiempo, va y vuelve. No podés estar en mitad del escenario, con un teléfono al lado, hablando con una persona y estar contándole al público cómo te fue. Yo, si soy el público y estoy mirando una función, no quiero enterarme de nada. Para mí es perfecta la persona que está ahí arriba. No quiero que me cuente “me acabo de lastimar y se me cayó el abanico…”. Yo entiendo que ahora todo sea a gas y todo el mundo quiera saber, saber y saber, pero uno también va al teatro para un momento de magia, para un momento único, donde nada lo puede molestar. Entonces, estar en el teatro y que a uno le empiecen a contar los pequeños detalles que uno no se tendría que enterar, es “too much information”. Son muchas cosas. La falta de pasión, la falta de intensidad, de ganas, la falta de profesionalismo… eso a mí me chocó muchísimo. Siento que se perdió un poco esa inmensidad y esa pasión que a mí me encantaba. Era lo que me llenaba tanto, no sólo de estar en el escenario, sino en el trabajo. Siempre buscar esa perfección y sentir que nunca se llegaba. Yo, hasta el día que me retiré, tomé mi clase hasta el último momento tratando de ver cómo podía tener las piernas más abiertas, las piernas más arriba, hasta el último momento. Uno nunca llega. Para mí, lo lindo era el trabajo de llegar, no el hecho de llegar a un lugar.

Después de 25 años, Herrera volvió a vivir en la Argentina (Nicolás Stulberg)

Después de 25 años, Herrera volvió a vivir en la Argentina (Nicolás Stulberg)

Después de 25 años, Herrera volvió a vivir en la Argentina (Nicolás Stulberg)

–¿Esa pasión y ese compromiso será también lo que les va a demandar a sus alumnos en sus clases?

–Totalmente. Igual, así como soy súper cercana a la disciplina y a mantener la pasión, no tiene nada que ver con esa cosa de las viejas generaciones de “la letra con sangre entra”. Con amor se puede todo. Yo tuve maestros que fueron maravillosos y sacaron lo mejor de mí y he tenido maestros terribles y han sacado lo peor de mí. Por eso, como maestra, trato de sacar todas las experiencias de mi carrera y saber qué es lo mejor. Me parece fantástica la disciplina, la pasión, saber focalizar, pero no esa cosa de la rigurosidad extrema y que la gente vaya con miedo. Eso no ayuda para nada y encima en el inconsciente colectivo está muy ligado al mundo del ballet. En películas como Cisne Negro, parece que la carrera del bailarín es trágica, pero para nada. Se puede trabajar súper bien y con amor. Sin estrés, sin ese maltrato, sin esa cosa sádica que está tan ligada al ballet.

“Se puede ser docente sin estrés, sin el maltrato y sin esa cosa sádica que está tan ligada al ballet”

–La danza tiene la particularidad de relacionar la disciplina extrema con la creatividad. ¿Cómo hacen para convivir esos dos mundos?

–Por eso los buenos maestros son tan importantes. Algunos te marcan bien y otros te marcan muy mal. La danza es muy contradictoria. Desde el vamos es pura disciplina, todo al puro mínimo detalle, que todo salga perfecto y ensayar 40 millones de veces. Y cuando lo ves en el escenario, es como que todo va flotando, todo es etéreo, todo es perfecto. Es lo opuesto. La belleza de la danza es que uno no tiene que mostrar lo difícil que es. Algo tan difícil tiene que parecer fácil. Y acá es lo mismo. Algo que es tan estructurado tiene que tener la libertad de poder ser creativo, de formar una personalidad única… y eso también depende de los maestros que uno tenga. Que no pretendan que sean todos exactamente iguales, que dejen que uno sea totalmente diferente. Eso hace la diferencia, que uno sea especial.

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