“La música debería ser obligatoria”

Clarin.com | Suplementos | Mujer | 22/07/16
“La música debería ser obligatoria”
mas que el arte de combinar los sonidos Fagotista consagrada, Andrea Merenzon (53) es directora artística del Festival Iguazú en Concierto y creadora de una fundación para el desarrollo cultural. El impulso creativo como herramienta de inclusión.

Mariana Perel / Especial Para Mujer

Andrea Merenzon (53) es una música “de alma” y sus éxitos se articulan en dos planos complementarios: el estrictamente artístico y el social. Como integrante de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y como solista pisó los escenarios más importantes del mundo. En 2005 ganó el Grammy Latino. En paralelo, se permitió la felicidad de crear Fundecua, la entidad que concibe a la música como una herramienta de contención e inclusión social. Duerme cinco horas por día y trabaja de lunes a lunes -cuenta-, intercalando una palabra detrás de otra, casi sin respiro. “No tengo miedos, pocas cosas me frenan. Vivo para llegar al último minuto con el cuerpo gastado y con la tranquilidad de que no hice más porque el tiempo es finito”.

Su padre, Alberto Merenzon, fagotista. Su madre, Sara, artista plástica. Andrea vivió, casi de recién nacida, en Cuba, acunada por una música que ama: la salsa. Luego, su padre fue convocado para integrar la Orquesta Filarmónica de Israel. Regresaron a la Argentina cuando Andrea tenía cuatro años. Se despertaba con el sonido del fagot. “Al principio era perturbador, después empezó a gustarme. Se colaba en mis sueños”. La única mujer entre dos hermanos varones, acompañaba a su padre al Teatro Avenida a escuchar zarzuela. “Me sentaba en un cajón de manzana, soñaba con subir al escenario”. Un día, tenía 12, su padre le dijo “Poné el dedito acá”. No hace falta que el fagot esté presente para que Andrea se acomode al instrumento, casi una prolongación de su cuerpo, tocando la nota de aquella primera vez. “¡En una semana me las aprendí todas!”.

Estudió tres años con su padre. A los 14 años hacía reemplazos en orquestas. A los 16 se incorporó a la Orquesta Juvenil de Radio Nacional. A los 17 tocaba en cinco orquestas y vivía sola. “Me gustaba el ambiente de los músicos, me sentía especial por estar con gente grande”. A los 18 la contrataron en el Teatro Colón, que la becó para estudiar en la Universidad de Indiana, Estados Unidos. Volvió, a los 22, concursó como fagotista permanente en la Filarmónica del Colón y entró. “Toda una experiencia; a la orquesta uno ingresa muy joven y se jubila a los 65. De una pareja podes divorciarte pero no de un compañero. A los problemas hay que resolverlos, la orquesta sólo funciona si se trabaja en conjunto. Y a nivel profesional hay mucha exigencia. Si te equivocás el público no se entera; quien está a tu lado, sí”.

Merenzon, entre los 16 y los 40, fue una apasionada del instrumento. Tocó en París, Amsterdam, Viena, Londres, entre otras ciudades. Diez discos grabó. Lo admite: “Siempre fui desbordada. Cuando no ensayaba con la orquesta me la pasaba en el baño del Colón, nuestro camerino, ensayando con la puerta abierta. Los compañeros pasaban y me saludaban”.

Un salto al vacío
A los 23 años se presentó en el Colón para tocar La Consagración de la Primavera, la obra más difícil para el fagot. Lo recuerda: luces apagadas, el silencio total. “Me temblaban las piernas, transpiraba, escuchaba el ‘tum tum’ de mi corazón. Todo empezaba pianísimo, y después el fagot alcanzaba la nota más alta. Técnicamente era forzado, angustiante”. Sobrevivió airosamente. “Pero, ¿valió la pena?”, se pregunta. “Si me hubiera ido mal no hubiera dormido por un mes. Los músicos tenemos la sensibilidad expuesta, cuanto más expuesta más belleza producimos. Pero eso nos genera un desgaste tremendo. En el escenario nos sentimos desnudos”.

Tiempo después, en Río de Janeiro, a la cuenta de “uno, dos, tres” se tiró en aladelta. Antes de lanzarse cerró los ojos y se le aparecieron las manos del director animándola a llegar hasta la nota más difícil. “Tirarme al vacío me generó la misma adrenalina que tocar en el escenario”. Lo que sucede, explica, es que en el escenario hay “frases musicales que te agarran de las tripas; la saboreas como si fuera el chocolate más rico del mundo y no querés que acabe ”.

Hace ya varios años que Merenzon sólo toca en la Filarmónica. Incluso, durante cuatro años fue funcionaria en el Colón. “Pero uno de los males de este país es que el gobierno que asume anula lo hecho por el anterior. Por eso decidí ir por lo privado”. Así fue como armó una asociación civil hace 20 años, y en 2008 creó la Fundación para el Desarrollo de la Cultura y el Arte (Fundecua). ¿Los objetivos? Bien claros: “generar proyectos de contención para sectores vulnerables: niños, jóvenes y adultos mayores. Así logré cerrar mi eterno conflicto, mi necesidad de ayudar. Porque los músicos a veces somos muy individualistas”.

Andrea dirige cuatro festivales anuales y produce giras de orquestas y coros extranjeros que visitan el país. Ella aporta el 50% para la Fundación. “Una de nuestras propuestas es la Orquesta Música sin edad. Surgió cuando vi que a mis compañeros los jubilaban a los 65, los arrancaban de la orquesta. Doloroso. Los músicos no son descartables”. En la navidad de 2015 esta orquesta tocó en la Basílica de Guadalupe. “La gente lloraba, nunca había visto algo así”.

Iguazú en Concierto
Entre otros, Andrea dirige el Iguazú en Concierto, el festival de orquestas sinfónicas y coros infanto-juveniles, organizado por el gobierno de Misiones, e integrado por 800 niños y jóvenes de 7 a 18 años. “Cuando me convocaron, hace siete años, les propuse reunir a chicos de todo el mundo”. Aceptaron. Desde entonces, ella descubre las orquestas vía internet y las contacta. Se les paga alojamiento y comida, pero ellos tienen que costearse el pasaje.

Se divierte cuando recuerda los noviazgos que surgieron en los festivales anteriores burlando estratos sociales y nacionalidades. Y las sonrisas eternas: “Es muy común ver a dos chicos intentando comunicarse en diferentes idiomas: repiten las mismas palabras o la misma frase una y otra vez, pero en voz más alta. ¿De qué les sirve? ¡Terminan riendo, siempre!” Merenzon recuerda la frase que les escuchó decir a los jóvenes de Zimbawe: “Cuando volvamos y contemos que 2.500 blancos nos escucharon tocar no nos van a creer”. Parece ser que en su país los blancos no van a conciertos de la gente de color y viceversa.

En Iguazú, Andrea coordina las orquestas que luego se presentan en diferentes escenarios, y dirige los dos los últimos temas del concierto final. Ensayan seis horas por día. El concierto reúne a los 800 chicos vestidos todos con el mismo uniforme y alineados por una partitura única. Una confluencia de culturas muy diversas con el esplendor de las Cataratas de Iguazú como telón de fondo. “Con naturalidad y sin prejuicios. Se transmite lo transcultural con una tremenda energía. Los directores de orquesta y coreógrafos sólo ordenan. Los chicos, también, bailan”. ¿Qué más?

Sanas ambiciones
Andrea también es mamá. “Presenté un disco en el Colón cuatro días antes de parir a Nadia. Tenía 33 y tocaba sentada y sintiendo las contracciones”. Orgullosa de haberle ganando tiempo al tiempo, reconoce que pudo con todo gracias a Edgardo, su marido, también músico y padre de sus dos hijos. Él murió el año pasado. “Era un gran compañero. Sola es más difícil, por supuesto, pero puedo: trabajo más y punto”. Y no se olvida de soñar: “La ambición, mientras el crecimiento sea sobre los propios pasos, es muy sana”. Y agrega: “Todos tienen derecho a una educación musical. El Estado debería estar obligado a brindarla. Si hubiera coros u orquestas en las escuelas primarias, los chicos, gracias al trabajo en equipo, serían más solidarios; por tener que responder al director aprenderían a respetar a la autoridad. ¿Qué mejor para afirmar la autoestima que subiendo a un escenario mientras los padres aplauden? Además, cuando un chico se está expresando a través de la música no hay lugar para la violencia. Mi anhelo es que los festivales que organizamos sean granitos de arena hacia esta concientización.” A los grandes músicos se les dice “maestro”. Así la llaman a Andrea. Ella sabe que se lo ha ganado. Y honra ese título.”

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