Barenboim volvió y entregó un Mozart que no se olvida – 25.07.2016 – LA NACION

Barenboim volvió y entregó un Mozart que no se olvida
En la primera de sus presentaciones en el Teatro Colón, deslumbró en un concierto dedicado a las tres últimas sinfonías del compositor austríaco

Pablo Gianera LA NACION Lunes 25 de julio de 2016

El maestro se reencontró con su público

El maestro se reencontró con su público. Foto: Fernando Massobrio

La relación de Daniel Barenboim con el público de su país es difícil de comprender; o bien, para ser más exactos, son tantas las razones que lo explican (cariño, admiración, orgullo, respeto intelectual y humano) que se vuelve inexplicable.

Verdaderamente, el público quiere a Barenboim y ese afecto alcanza también a su orquesta. Y si la alcanza es porque esos mismos presupuestos (cariño, admiración, orgullo, respeto) rigen el funcionamiento interno de la West-Eastern Divan Orchestra.

El Festival de Música y Reflexión empezó ayer con un programa con las tres últimas sinfonías de Mozart, pero podría haber sido Pierre Boulez o Piotr Illich Chaikovski y el efecto habría sido en este punto -sólo en éste- semejante: los músicos del Divan encuentran alegría en tocar juntos. El fantástico primer cello busca la complicidad de sus compañeros de fila. Se miran y se ríen, pero no porque hagan bromas; están contentos de tocar juntos o, como se dice significativamente en alemán, de musizieren, es decir, de “hacer música”.

Barenboim también se ríe a veces, aunque puede disgustarse y marcar un reproche con la palma de la mano hacia arriba. Pero parte del respeto consiste también en esos señalamientos. Probablemente sepan, maestro y orquesta, que están entregando un Mozart que rara vez -si es que alguna- se escuchó en Buenos Aires. De ahí que el cariño sea también agradecimiento: sin él no habríamos escuchado lo que pudimos escuchar todos estos años.

¿Por qué Mozart?

Mozart escribió su tres últimas sinfonías (números 39, 40 y 41) en el lapso de alrededor de seis semanas del verano de 1788. Los primeros románticos alemanes se dieron cuenta enseguida de que estas tres obras constituían la última palabra del compositor en el género y que, por otro lado, daban la medida del recorrido ulterior: un sentimiento de la estructura y la proporción, un pensamiento armónico muy avanzado, la caracterización del material temático y, en particular, una preocupación por la textura orquestal muy evidente en la escritura para vientos.

Alfred Einstein se preguntaba en su biografía sobre el compositor: “¿Son esas sinfonías un ciclo? ¿Obedeció Mozart no sólo a un impulso interior sino a un programa? ¿Es intencional su secuencia? No lo creo”.

Quien sí creía que eran un ciclo era el director Nikolaus Harnoncourt, que justificaba su presunción en el dato de que la Sinfonía N°39 en mi bemol mayor no tiene coda. Barenboim es más inteligente: prefiere no partir de la presunción del ciclo porque lo crea él mismo en la interpretación. El maestro dijo hace pocos días que, últimamente, cuando dirigía una de las sinfonías, le faltaban las otras. Quienes hayan estado ayer a la tarde en el Colón podrían pensar lo mismo: quien haya escuchado su versión de las tres ya no podrá escucharlas por separado.

El podio estaba un poco alto (algo que arreglaron en el intervalo con un escalón suplementario), pero Barenboim le había encontrado la vuelta ya entre la Sinfonía N°39 y la N°40: un simple cambio de movimiento en el ascenso al podio que lo muestran como un buen improvisador. Lo que sucedió después fue un auténtico viaje al corazón del testamento sinfónico mozartiano. Es probable que nunca antes el inicio del allegro en el primer movimiento de la Sinfonía en mi bemol mayor haya estado precedido por semejante suspenso. Ese suspenso se vincula con el final de Adagio, que en la inteligencia musical de Barenboim se convierte en un auténtico documento que cifra todo romanticismo entero.

Tal vez por eso mismo, por su mirada ajena a cualquier burocratismo, Sinfonía en sol menor parecía compuesta esta mañana. Cada vuelco abrupto de carácter, cada rubato (y el modo en que Barenboim administra el rubato mozartiano sería un capítulo en sí mismo) parecía una invención.

¿Quién podrá olvidar la llamada tenue del corno en el Andante o la lasitud valseada, un poco melancólica aun en su luminosidad, de los “Menuettos” de la N° 39 y de la N° 41. No hubo bises. Tampoco hacía falta. Estaba todo dicho.

“Acaricien los detalles, los divinos detalles”, decía el novelista Vladimir Nabokov. Nadie los acaricia como Barenboim.

El querido maestro está de vuelta entre nosotros.

Maratón barenboimiana

Lunes, a las 20 hs.

Concierto de cámara para Mozarteum Argentino con piezas de Jörg Widmann, Piotr Illich Chaikovski y Mozart. Repite el miércoles con las Cuatro piezas para clarinete y piano de Alban Berg.

Martes, a las 20 hs.

Al frente de la Orquesta del Divan, el maestro argentino volverá a dirigir las tres últimas sinfonías de Mozart.

Viernes, a las 20 hs.

Programa argentino con los dos centenarios, los de Alberto Ginastera y Horacio Salgán. Del primero, se oirá el Concierto para violín (con Michael Barenboim como solista); del segundo, una selección de tangos.

Domingo 31

Dúo con Martha Argerich en piezas de Mozart, Brahms y Liszt

Antológico

West-Eastern Divan Orchestra / Dirección: Daniel Barenboim / Programa: Sinfonía N°39 en mi bemol mayor, N° 40 en sol menor y N° 41 en do mayor / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: exclente

Barenboim volvió y entregó un Mozart que no se olvida – 25.07.2016 – LA NACION

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