Daniel Barenboim en el Colón: El regreso del hechicero

Clarin.com | Extra Show | Música | 24/07/16
Daniel Barenboim en el Colón: El regreso del hechicero
Música. Al frente de la Orquesta West – Eastern Divan, abrió anoche en el Colón el “Festival de Música y Reflexión” con una magistral interpretación de Mozart.

Gestos. El ceño fruncido, la intensidad en cada movimiento, la concentración permanente; postal repetida de una noche fantástica. (Foto: Pedro Lázaro Fernández)

Gestos. El ceño fruncido, la intensidad en cada movimiento, la concentración permanente; postal repetida de una noche fantástica. (Foto: Pedro Lázaro Fernández)

Eduardo Slusarczuk @eduargento eslusarczuk@clarin.com

Una sostenida ovación despidió anoche a Daniel Barenboim del escenario del Colón, tras la impecable ejecución (ver recuadro Una magistral y fascinante…), al frente de la WEDO (Orquesta West – Eastern Divan), de las tres últimas sinfonías de Mozart, con las que abrió una nueva edición del Festival de Música y Reflexión, que por tercer año consecutivo llega a la Argentina. Saludable incipiente rutina establecida por el notable director y músico argentino, que acaso haya conspirado contra la expectativa que su presencia generó en los comienzos de las dos ediciones anteriores, evidenciado por el gran número de butacas vacías.

O quizás haya sido el repertorio, con la sinfonía 40, obra obligada en cualquier Greatest Hits mozartiano, lo que haya restado excepcionalidad, en la previa, al inicio del ciclo. Nada más lejos de lo ocurrido anoche que, además, dio por tierra con eso de que “delante de una sinfonía de Mozart todos somos iguales”, como había afirmado el maestro a Clarín dos días atrás.

24 07 2016 - Concierto de Daniel Barenboim en el Teatro Colon  . FOTO PEDRO LAZARO FERNANDEZ - FTP CLARIN - 160724_PLF5063.JPG - Z FTP RGonzalez - gonzalez

24 07 2016 – Concierto de Daniel Barenboim en el Teatro Colon . FOTO PEDRO LAZARO FERNANDEZ – FTP CLARIN – 160724_PLF5063.JPG – Z FTP RGonzalez – gonzalez

Es que, desde un accidentado ascenso al podio, que puso por segundos en vilo a sus músicos -comenzando por el concertino, su hijo Michael- hasta su saludo final, con sus brazos elevados hacia lo más alto de la sala, pasando por cada precisa y apasionada marcación a la orquesta, cada gesto de Barenboim llevó su sello único, inimitable, y definitivamente cautivante.

Dueño de un singular equilibrio, que evita la ampulosidad tanto como la parsimonia y la solemnidad, el dueño de la batuta consiguió concentrar la atención de sus dirigidos en idéntica medida que la del público, como si toda esa música que partía de la orquesta pasara por él, para entonces dispararse hacia nosotros. Como si cada movimiento suyo nos ayudara a abrir un inexplorado canal de nuestra percepción.

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Con su torso inclinado a 45 grados sobre la primera línea de violines y sus brazos extendidos, ondulantes, marcando el sinuoso rumbo del sonido; erguido, con su ceño fruncido y su cuerpo vibrando la tensión de algún pasaje; balanceándose o casi a punto de despegar sus pies del piso; moviendo los dedos de su mano izquierda, como intentando sacar más de cada uno de los integrantes de la West – Eastern Divan, o abrazándolos a ellos al mismo tiempo que al sonido, Barenboim transmitió una intensidad que apabulla y emociona. Y un control de la escena global, que encontró respuesta en la interrupción, para siempre, de toses y murmullos, apenas amagó girar su cabeza hacia la sala.

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Gestos. Lejos de amedrentarse por su tropezón inicial, enfrentó su segundo ascenso al podio -para el tercero, la aparición de un escalón intermedio facilitó la cosa- con una energía a prueba de obstáculos; y una sonrisa cómplice.

Y más gestos; porque si hay un camino que el director nacido en Buenos Aires hace 73 años no transita, es el de la solemnidad. Entonces, para nada interfirió en el clima de concierto, que camino a ocupar su lugar de trabajo -y de indudable disfrute- aprovechara para detenerse a conversar con algunos de sus músicos, ni que se tomara todo el tiempo del mundo para compartir su ramo de flores con las mujeres de la orquesta. Ni que cortara por lo sano, y en lugar de gambetear sillas, músicos e instrumentos para llegar a la fagotista, optara por arrojarle por el aire la que le correspondía.

24 07 2016 - Concierto de Daniel Barenboim en el Teatro Colon  . FOTO PEDRO LAZARO FERNANDEZ - FTP CLARIN - 160724_PLF5057.JPG - Z FTP RGonzalez - gonzalez

24 07 2016 – Concierto de Daniel Barenboim en el Teatro Colon . FOTO PEDRO LAZARO FERNANDEZ – FTP CLARIN – 160724_PLF5057.JPG – Z FTP RGonzalez – gonzalez

Bien de familia, un registro sin poses de estrella, que entre las butacas y casi en simultáneo replicaba su esposa, la fantástica pianista Elena Bashkirova, saludando al paso y en ruso al cronista que un par de días antes la había sorprendido hablándole en ucraniano, mientras dejaba la sala como una más, entre rostros plenos de satisfacción, aún cuando, contra las obvias presunciones, los bises brillaron por su ausencia.

Porque, a pesar de que los aplausos, tributados de pie, se mantuvieron en volumen parejo mientras dejaba el escenario y retornaba una, dos y hasta tres veces, Barenboim decidió que no hacía falta más. Y tenía razón.

Daniel Barenboim en el Colón: El regreso del hechicero

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