Miradas al Sur | Los premios

Miradas al Sur | Cultura | 25 de Octubre de 2014
La batalla cultural. “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. Bernardo de Monteagudo
Los premios
Miguel Russo
El 11 de octubre pasado, dando cuenta del festival Asamblea Patria Grande ocurrido en el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata, el periodista Juan Russo, de la agencia de prensa Agepeba, escribía: “…están quienes entienden el concepto de la palabra ‘América’ como otra cosa. Aquellos que sólo escuchan al continente cuando algún conocido conductor de televisión lo saluda, ‘Buenas noches, América’, y luego de un rato lo manda a dormir. Y también están los otros, los que comprenden que desde la cultura, el pueblo y la política se propone una batalla a favor de la integración. Ellos no lo mandan a dormir, al contrario, lo despiertan cantando”. ¿Qué habrá sido de aquellos tiempos cuando los medios recorrían las noticias emitidas por las agencias de prensa, las levantaban, las reproducían, las tomaban en cuenta?

Poco más de una semana después, el referido conductor televisivo, ahora ya sin eufemismos Marcelo Tinelli, era distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura de Buenos Aires y recibía una plaqueta por el reconocimiento, de manos de Mauricio Macri en la Legislatura porteña. El premio trajo polémica. Y la polémica, más polémica, sobe todo acerca de si lo que hace Marcelo Tinelli (eso por lo que fue premiado) es cultura.
El debate incluyó, o casi acaparó, un ítem resbaloso: la división entre popular y elitista con relación, claro, a la cultura. Y las voces, de uno y otro lado, se hicieron oír. Ninguna, ni de un lado ni del otro, pudo resolver –y sólo por mencionar tres– los siguientes acertijos: 1) En qué categoría cultural, popular o elitista, suponiendo que existieran, entran los conciertos de la Orquesta West-Eastern Divan (formada por músicos palestinos e israelíes) que dirige Daniel Barenboim, por ejemplo el ofrecido gratuitamente en agosto en Puente Alsina con ocho mil sillas a disposición del público. 2) Cómo encuadrar los recitales de la pianista Martha Argerich en fábricas recuperadas con el mismo repertorio que el que ofrece, por ejemplo, en el Teatro Colón. 3) Dónde ubicar las charlas y conciertos beethovenianos del también pianista Miguel Ángel Estrella en la Villa 31 y otros barrios carenciados.
Los tres ejemplos sirven para ilustrar que la diferencia entre “una” y “otra” cultura se desarma al igualar las posibilidades de escuchar/ver/leer/apreciar todo para toda la sociedad. Después, la elección abrirá un nuevo debate. Pero recién después de que todo llegue en la misma medida a todos. Claro, salvo la honrosa excepción del comentario de Alejandro Dolina en la trasnoche radial de Del Plata, el desvarío sobre lo popular y lo no popular atravesó el universo completo de los medios nacionales.
En ese desvarío, se perdieron varias cuestiones. Una, notoria, es tratar de comprender cómo un proyecto político que no apunta específicamente a lo inclusivo (social, económica e ideológicamente), como el del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, premia a una persona que supera los 20 puntos de rating televisivo como Tinelli. Otra, fundamental, cómo un proyecto político que hizo de la batalla cultural (social, económica e ideológicamente) una de sus banderas emblemáticas, como el del gobierno nacional, estuvo a punto de confirmar a una persona como Marcelo Tinelli al frente de Fútbol para Todos.
Al respecto, no es ocioso clarificar una enorme diferencia: el fútbol es un deporte (por más mal que se juegue), ver fútbol es un espectáculo (por más mal que se juegue) y Fútbol para Todos es un hecho cultural (por más mal que se juegue).
Dicho esto, se repite la pregunta: ¿era el conductor Marcelo Tinelli la persona indicada para ponerse al frente de un hecho cultural ideado por un proyecto político que hizo de la batalla cultural uno de sus emblemas? Y su hiriente segunda parte: ¿Fue Marcelo Tinelli un personaje de la cultura y luego dejó de serlo? O, en el caso del PRO, ¿no lo era y ahora sí?
Nadie puede discutir el peso de las razones políticas de todos los premios. Y nadie puede discutir tampoco las razones políticas (y las declaraciones políticas, sobre todo) del premiado luego de recibir el premio. A esta altura de los acontecimientos, para decirlo brutalmente, nadie es tan pelotudo. Pero llama la atención la insistencia en querer recular en chancletas cuando se sabe lo dificultoso de la misión. Mucho más cuando ese recule habla de “cultura” cuando dice “espectáculo” y dice “espectáculo” cuado quiere hablar de “cultura”. Algo parecido a la diferencia entre los libros La sociedad del espectáculo, del francés Guy Debord (escrito en 1967) y La civilización del espectáculo, del español ex peruano Mario Vargas Llosa (escrito en 2011). Diferencia mucho mayor que una palabra. Debord dice: “El espectáculo es la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna”. Vargas Llosa dice: “El primer lugar en la tabla de valores vigente en el mundo lo ocupa el entretenimiento”.
No hay ninguna duda de a quién premiaría –a quién premia– todo proyecto político que cree que la cultura es un mero pasatiempo antes de irse a la cama.

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