Clarín | La celebración del cuerpo

Clarin.com | Opinión | 28/12/14
La celebración del cuerpo
Historias de vida.Oscar Araiz. La danza le llegó como un modo de sublimar la pintura y el dibujo. Enseguida corporizó las formas y el ritmo en la coreografía y el ballet.
Einat Rozenwasser einatr@clarin.com
Un juego. Para Oscar Araiz su trabajo es un juego. El, que fue creador del ballet del Teatro San Martín (entre otras compañías) y que dirigió los ballets del Colón, del Grand Théâtre de Ginebra o del Teatro Argentino de La Plata (entre tantas otras compañías, sí) se encoge de hombros e insiste con que lo suyo apenas es un aporte al mundo de la danza contemporánea. Y es cierto. Y también es parte de un juego. Dice que no cree en el “arte” y enfatiza la parte de las comillas. Coreografiar es ordenar y ordenar es ponerse en eje, al menos por un rato; crear no existe, uno puede mezclar de diferentes maneras lo que ya está inventado, y en esa búsqueda encuentra su propia voz. Pero dice que la originalidad, la voz propia, no es su motor. ¿Qué cuál es? Jugar.

La danza llegó como una manera de sublimar su gusto por el dibujo, la pintura, la forma, el ritmo: forma, movimiento, recorrido, espacio y tiempo son su lenguaje. Son las herramientas con las que trabaja, las que le sirvieron para comunicarse, independizarse, integrarse. Dice que los cuerpos no mienten, que son transparentes, y que en las actitudes, los movimientos, la velocidad, la postura, la mirada y el foco, se ve la vida que encierran. Todo eso aparece al pensar por qué acá no se baila tanto como en otros países de la región: porque la cabeza nos mata y la lengua también. Le dedicamos demasiado tiempo a la charla y a juzgar al otro y poco a la acción, ni hablar del cuerpo.

La mayor parte de su formación fue en La Plata y presentó su obra en escenarios de todo el mundo. Al mirar para atrás aparece la melancolía por una Buenos Aires que ya no existe: la de finales de los 60, el Bárbaro Bar, las Galerías del Este, el Instituto Di Tella (todavía se le estruja algo cuando pasa cerca de “La Manzana Loca”). Lo llevó María Julia Bertotto, que antes de convertirse en una gran escenógrafa había sido bailarina y compartieron elenco en una comedia musical. En 1967 le propuso a Roberto Villanueva, a cargo del departamento de Teatro, hacer Crash, una obra que explotó con la psicodelia de las proyecciones caleidoscópicas que abarcaban todo el espacio. En sus palabras, una ruptura del juego y de la imaginación. Un año después, César Magrini lo convocó para organizar galas de baile en el Teatro San Martín y aceptó la contraoferta de formar un grupo que pudiera mostrar un proceso de trabajo: al año el Ballet ya giraba por el mundo.

Cuando la compañía perdió el apoyo oficial pasaron al Cervantes y se terminó refugiando en el teatro Odeón, que ya no existe. Eran, describe, como una familia que no se quería separar. Y, de hecho, se siguen reuniendo una vez por año, cuando una de las ex bailarinas, que vive en el exterior, viene de visita. Con ellos hicieron Araiz on the rock, una pieza que combinaba música de Cat Stevens y Strauss, entre otros. Es parte de la diversidad de su obra, que contrasta con una composición tan sutil como su Adagietto (de la Sinfonía N° 5 de Gustav Mahler), una coreografía que tiene más de 40 años y se sigue interpretando en todo el mundo. Dice que disfruta con la mezcla de géneros, estilos, la incorporación del humor.

De su trabajo con Renata Schussheim recuerda con especial satisfacción la versión que hicieron de Boquitas Pintadas, sobre la novela de Manuel Puig. También Babel, una gran celebración de fin de año que incluía patinadores, malabaristas, acróbatas y bailarines. O Torito, basado en el cuento de Julio Cortázar, en 2004. Se conocieron en tiempos de Crash y en 1970 hicieron su primer trabajo juntos: Romeo y Julieta, que se estrenó en el San Martín. Para Araiz no hay antagonía ante, por ejemplo, el trabajo al frente de una compañía como la del Teatro Colón. Lo que cambian son los apellidos, las máscaras, las técnicas, los estilos, los tiempos, pero la pasión es una. Habla del placer que le da la danza tanto al ejecutante, como al creador y al espectador. Esa es la búsqueda que mueve su motor: jugar con el otro, con el intérprete y con el espectador, que es activo, no está sentado esperando que le entreguen algo resuelto.

Ahora dirige la carrera de Danza Contemporánea en Arte XXI y el área de Danza de la Universidad Nacional de San Martín. Con el grupo de danza de la UNSAM se presentó días atrás en el Anfiteatro de Parque Centenario. Allí estrenó Pléyades, un trabajo abstracto que posa la mirada en el cielo, el universo, el movimiento cósmico, lo orbital, con alguna relación con la danza de los derviches (los giradores) y cierta invitación a la meditación. Y presentó dos reposiciones: Pulsos, una creación colectiva de la compañía que combina movimientos de folclore, especialmente malambo, con música de John Adams; y El Mar, de Debussy. El balance, la energía y el viaje, tres pasos que proponen otro juego acorde a la época del año.

La celebración del cuerpo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s