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Detrás del telón
Sacrificio, constancia y talento son algunas de las condiciones imprescindibles para triunfar en el ballet. Desde pequeñas, el anhelo de muchas bailarinas es ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, un gran desafío. De los 200 aspirantes que se inscriben, sólo 40 logran entrar.
Paula Roko @lovelandd
«Lo cultural impone cierto modelo o estigmatización de cómo tiene -o no tiene- que ser una bailarina.»
Vanesa Etchazarreta, una joven de 20 años oriunda de Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, dejó su ciudad a los 11, cuando ingresó al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Desde ese momento, su vida dio un giro rotundo.

La rutina era desgastante: empezaba a las 8 de la mañana, cuando iba al Colón, y terminaba a las 9 de la noche, con las clases en la Fundación Julio Bocca. Según Vanesa, su familia fue el principal sostén para no bajar los brazos. “Creo que habría sido totalmente diferente si no hubiese estado mi mamá. Ella me leía lo que tenía que estudiar para el colegio mientras yo desayunaba. Era mucha voluntad, de mi parte y de la de ella”, reconoce.

Como es una disciplina que requiere tiempo y dedicación, gran cantidad de jóvenes deciden no asistir al colegio de manera presencial, sino rendir las materias libres. “Mis papás siempre me exigieron que fuera al colegio porque necesitaba socializar con personas fuera del ambiente, no podía vivir en una burbuja”, cuenta Vanesa. Gabriela Luaces, psicóloga que trabaja con niños en el Hospital Dra. Carolina Tobar García, argumenta: “Es muy importante para la constitución subjetiva del niño que se relacione con distintos entornos, que circule por otros espacios. Está bueno que haya padres que puedan acompañar esa decisión”. Y agrega: “Si la vida de la persona transcurre en un único espacio y en él se ponen muchas expectativas, ¿qué sucede cuando algo no va del todo bien? La frustración está muy presente”.

La competencia en el ambiente es mucha. Cada bailarina tiene la intención de superarse a sí misma, y también de superar a la otra. Luaces remarca que “cuando la danza se vuelve tan exigente, también se torna competitiva. El otro, el par, el compañero, con quien hay identificación, pasa a ser una amenaza”. Los padres también inciden en esta cuestión. “Así como te ayudan, te suben el ego –reconoce Vanesa-. Había padres que se quedaban en el Colón, en una sala de espera, y hablaban entre ellos. Estaban todos en el mismo ambiente”. Luaces aporta: “Es una elección de vida que, si pasa por el deseo del niño o adolescente, está buenísima, pero si pasa por los deseos o ideales paternos se transforma en un mandato. El ideal de los padres aplasta la subjetividad del niño”.

El cuerpo y la estética constituyen otro gran problema. La anorexia y la bulimia son enfermedades que se manifiestan con frecuencia en el ballet, principalmente a causa del exceso de autoexigencia en las propias jóvenes, o por la presión que sobre ellas ejercen sus maestros. Por eso no sólo deben cuidar su alimentación, sino también conservar una personalidad fuerte y segura. Según Luaces, las bailarinas tienen “un cuerpo moldeado por otro”, y ese «otro» puede ser padre, familia, profesora o cultura. «Porque lo cultural impone cierto modelo o estigmatización de cómo tiene -o no tiene- que ser una bailarina”, explica la especialista.

Vanesa confiesa que la danza es una carrera solitaria, y que se ha acostumbrado a disfrutar de ello. “Es una búsqueda constante por superarse a uno mismo, es muy narcisista. Todo el tiempo estás pensando en cómo podés estar mejor, qué es lo que podés hacer de otra manera, cómo podés perfeccionarte. Está bueno tratar de no llevarlo al extremo, porque si no uno se vuelve egoísta”, reflexiona.

Luaces asevera que las bailarinas llevan una vida muy exigida porque “constantemente están pendientes de lo que los demás esperan de ellas: que no salgan de la línea, que no transgredan, que no se equivoquen”. Por otra parte, considera que sería bueno que, dentro del Colón, las jóvenes tuvieran la posibilidad de contar con algún especialista. “Cuando el cuerpo está tan tomado por otros, empieza a ser un objeto. Es necesario correr ese cuerpo del lugar de objeto y darle a la persona un lugar de sujeto. Abrir un espacio para que puedan ser escuchadas y expresar si están en desacuerdo con algunas prácticas.”

RAQUEL ROSSETTI, REFERENTE DE LA DANZA

La bailarina, coreógrafa y profesora Raquel Rossetti fue nombrada Primera Bailarina del Teatro Colón en 1985, luego de haber ganado el premio a «Mejor partenaire» acompañando a Julio Bocca en el V Concurso Internacional de Ballet, realizado en Moscú. “Fue emocionante haber bailado en el escenario del legendario Teatro Bolshoi de Moscú, volver a mi querido Teatro Colón y ser nombrada Primera Bailarina, cargo que mantuve hasta que dejé de bailar, a los 42 años”, comparte Rossetti. Además, asegura que ser primera bailarina de un ballet implica mucha exigencia, responsabilidad, dedicación, disciplina, trabajo y, sobre todo, amor a la profesión.

En 1993 Rossetti fue designada directora del Ballet Estable del Colón. “¡Fue un orgullo y una satisfacción inolvidable! Lo hice con mucho amor y dedicación, esforzándome diariamente para obtener la mayor cantidad de funciones dentro y fuera del Teatro, y en giras al interior del país y en el extranjero.” La destacada coreógrafa remarca: “Siempre estuve cerca de los bailarines para atender sus necesidades y lograr un mejor funcionamiento del cuerpo de baile, tarea esencial en una compañía importante como lo es el ballet del Teatro Colón”.

La bailarina define la danza clásica como “libertad del espíritu, belleza, disciplina y exigencia a la hora de interpretar los distintos personajes que integran el repertorio”. Como consejo para las jóvenes que desean entrar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, indica que “es necesario que tengan aptitudes físicas y técnicas, musicalidad, tenacidad y constancia”, y señala, además, que deben tener en cuenta la gran responsabilidad, la dedicación y el estudio que requiere emprender la disciplina. “Es necesario entregar todo el potencial con el fin de lograr la perfección del movimiento y la técnica correspondiente, para así disfrutar y ser feliz cuando se sube al escenario”, destaca Rossetti.

Vanesa Etchazarreta y Boris Pereyra interpretando Don Quijote en el Teatro Gualeguaychú, en 2011. (Foto: Jorge Salto // Foto home: Carlos Villamayor)

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